En sus 345 páginas, he procurado explicar las intenciones de sus creadores, verdaderos artistas muchas veces anónimos, y descifrar las reglas por las que se guiaban durante su construcción. En su interior se incluyen 197 fotografías en color de los jardines que comentan, más de cuarenta, así como de otros. y de otros.
En mi blog he publicado otras entradas con información sobre el libro. En una de ellas se puede leer su índice y en otra sus datos completos. Además, para los interesados en la fotografía, aquí verán un montaje con algunas de las ilustraciones que aparecen en su interior.
A continuación inserto dos extractos del libro. El primero es la "Introducción", donde se explica qué tienen de especial los jardines japoneses. En el segundo, "Pasado, presente y futuro", se hace una corta recapitulación de lo que ha sido y puede ser la evolución del jardín en Japón.
Los jardines japoneses tienen una personalidad propia que
permite distinguirlos de los de cualquier otro país del planeta, sea este
occidental u oriental. No solo sus planteamientos, técnicas y resultados formales
se encuentran en las antípodas de sus coetáneos europeos, sino que sus ejemplos
más paradigmáticos también se distancian notablemente de sus primeros modelos
asiáticos.
La jardinería en Japón parte de ciertos presupuestos
culturales presentes en muchas de las manifestaciones artísticas niponas. Entre
otros aspectos, debe considerarse que ya desde el siglo xiii su rango se equiparó al de un arte
como la pintura. Por otro lado, su integración con la arquitectura ha sido
siempre tan profunda que, en la mayoría de los casos, difícilmente pueden entenderse
por separado una sin la otra. Esa es una de sus características más
definitorias.
Los jardines japoneses no se arrogan la capacidad para
encajar la naturaleza en esquemas geométricos, como hacen los europeos. No
existe en ellos la presunción de semejante dominio por parte del ser humano.
Son meros intermediarios entre el individuo y su entorno, símbolos de un
universo mítico y religioso, sobre el que invitan a meditar para encontrar la
esencia de una flor, de un árbol o de una piedra.
La jardinería en Japón ha evolucionado a lo largo de casi
dos milenios manteniendo ciertas ideas apenas alteradas. Sin embargo, eso no ha
impedido a sus creadores conseguir resultados formales muy diversos en los
espacios más variados. Algunos de ellos son sencillos patios en los que apenas
hay unas pocas rocas desperdigadas en un lecho de grava. Otros parecen simples
terrenos donde se ha dejado crecer la vegetación libremente. Pero en todos los
casos, nada tienen que ver con los parques renacentistas o barrocos europeos.
Debido a ello, los jardines japoneses suelen ser
refractarios a una rápida comprensión por parte del observador occidental. Poco
pueden decir al visitante desprevenido unas piedras sobre una capa de gravilla
o un terreno cubierto de musgo con un grupo de arbustos. Ante semejantes
panoramas su frustración aflora enseguida. Se precisa, primero, cierta dosis de
humildad; luego, algo de sensibilidad y, para acabar, un mínimo de información.
Las dos primeras cualidades se dan por supuestas, de la última intenta ocuparse
este trabajo: mostrar un lenguaje que habla de océanos, islas, montañas, lagos,
cascadas, ríos, grullas, tortugas; un verdadero idioma de símbolos. Conocer las
reglas que permitan descifrarlos puede ayudar, pero, como siempre, lo realmente
importante acontece cuando se olvidan y solo queda el sentimiento. En ese
momento, el placer estético brota a flor de piel sin cortapisas. Eso es lo que
se experimenta, lo aseguro, al sentarse en el tatami de una sala frente
a un jardín japonés. Si, además, se comparte la vivencia con poca gente,
tranquila y silenciosa, el goce está garantizado.
No hay duda de que algunos de los más hermosos jardines del planeta se
encuentran en Japón, y no son pocos. A pesar de guerras, incendios y
catástrofes naturales, todavía hoy pueden verse ejemplos centenarios de casi
todos los estilos en la antigua capital, Kioto. El suelo y clima de esa ciudad
aportan lo necesario. Las montañas y ríos vecinos proporcionan piedra y grava,
elementos imprescindibles para su construcción. Sus secos inviernos y veranos
lluviosos crean las condiciones óptimas para el crecimiento de árboles como el
ciruelo, el cerezo o el arce y arbustos como la camelia, la azalea o la glicinia.
Finalmente, el agua nunca escasea.
Pero los jardines japoneses son mucho más que simple
vegetación. En Japón, unas sencillas rocas pueden ser un jardín. Las piedras
han adquirido en el archipiélago nipón un rango inimaginable en Occidente.
Primero, se convirtieron en símbolos religiosos; luego, en metáforas de
cascadas, montañas, islas y animales, incluso en paráfrasis del paraíso. Todo
el universo cabe en ellas. Su tamaño, forma, textura y color son algunas
cualidades de las que parten los escultores para crear su obra. De igual modo,
las rocas de los jardines japoneses también
tienen su autor: la propia naturaleza, el artista supremo que con su
imprevisible voluntad nos ofrece los más inverosímiles objetos. Ahí radica su
capacidad simbólica.
Para concluir, solo deseo comentar que el lector comprobará
que muy a menudo hablo de ciertas características de los edificios. No pocas
veces me he tenido que contener en mis razonamientos para no convertir este
trabajo en un texto de arquitectura en vez de jardinería. El motivo no es otro
que la perfecta fusión que existe entre ambas especialidades en el Japón
tradicional. No se puede hablar de una sin hacerlo de la otra. Si así se
hiciera, se renunciaría a la comprensión y disfrute de esa perfecta comunión
espacial y espiritual que se intenta descubrir con estas líneas.
El origen de los jardines japoneses habría que buscarlo en
los espacios cubiertos de guijarros, generalmente ubicados en zonas boscosas,
donde se celebraban ceremonias dedicadas a divinidades vinculadas con la
naturaleza. Con el tiempo, esa forma de señalar un terreno sagrado se adoptó en
los recintos sintoístas para diferenciar y deslindar su tabernáculo del mundo
profano. Un ejemplo perfecto de ese planteamiento se encuentra en el santuario
de Ise-jingū.
El arraigo de ese tipo de espacios sacros fue muy anterior a
la introducción del budismo en Japón y al nacimiento de su nobleza,
descendiente de las primitivas castas familiares que dominaron el país hasta el
siglo vii. Debido a ello, el
estamento religioso y el mundo de la corte pudieron aprovechar esas ancestrales
costumbres reinterpretándolas para crear sus respectivas zonas simbólicas y
representativas. El patio del recinto oeste del templo de Hōryū-ji sería una
muestra de tales lugares.
En la época Heian se consolidó un
ambiente social que posibilitó la aparición de una refinada aristocracia que
vivía absorta en su mundo y aislada del pueblo. Uno de sus exquisitos entretenimientos
era pasear por sus jardines, muy a menudo proyectados por los propios cortesanos.
En ellos se intentaba emular la naturaleza construyendo
estanques y colinas y distribuyendo piedras y plantas. A finales de ese periodo, un tipo muy similar de
parque sirvió para crear parábolas del idílico paraíso budista. Tal es el caso
del pabellón del Byōdō-in.
Con la introducción de la austera escuela zen durante
los años kamakura, los monjes tomaron
el relevo de la nobleza en la creación de jardines. Su nuevo enfoque,
obviamente menos mundano,
cristalizó en la época siguiente con una fuerza insospechada.
En la era Muromachi, una élite ilustrada de bonzos zen
ideó un tipo de espacio en el que las piedras y la grava se convertían en las
verdaderas protagonistas de su ambiente. Utilizando rocas, gravilla y unos pocos arbustos, sus
composiciones mostraban imágenes
abstractas que muchas veces se interpretaban como paisajes con montañas, ríos y
lagos. Fue en esos años cuando surgió Ryōan-ji, paradigma indiscutido de
los jardines secos.
Durante el periodo Momoyama, nació un gusto por la
magnificencia y lo pomposo desconocido hasta entonces en Japón. Los palacios,
repletos de puertas, paredes y biombos dorados, se rodeaban de parques igual de
grandilocuentes. La
abundancia de elementos empleados y la exageración en la forma de usarlos daban
como resultado complejas y, a veces, barrocas composiciones de rocas y
arbustos. Nijō-jō es un claro exponente de ese ambiente de lujo y
extravagancia. En contrapartida y casi simultáneamente, apareció el pequeño y
modesto jardín de té, un recoleto escenario que intentaba contrarrestar esos
excesos de boato y excentricidad.
Con el inicio de la época Edo y el final de las guerras
civiles, la paz permitió que las artes vivieran un periodo de esplendor en todo
el país. Durante la nueva era y lejos del poder central, los señores feudales
construyeron gigantescos parques por los que gustaban de pasear contemplando el
paso de las estaciones. Como ejemplo de esa tipología se podría mencionar a Ritsurin-kōen.
Sin embargo, al margen de esa reducida élite, estaba
naciendo una moderna clase urbana, emprendedora y hedonista, que encontraba en
las xilografías polícromas y en el teatro kabuki
un tipo de entretenimiento más espectacular y festivo que el de las clases
dominantes. A pesar de su incipiente pujanza económica, la estrechez de los
solares en las ciudades, donde esos dinámicos comerciantes edificaban sus
residencias, no permitía rodearlas con amplios espacios para construir colinas
y lagos. No obstante, esa limitación no les hizo renunciar a todo lo que podía
ofrecer una zona ajardinada, aunque fuera minúscula, en contacto íntimo con la
vivienda. La solución consistió simplemente en aprovechar los patios interiores
y zaguanes de los inmuebles. En esos reducidos ambientes, umbríos y frescos en
verano, los artesanos jardineros continuaron desarrollando un oficio que a lo
largo de los siglos no habían dejado de perfeccionar y depurar en templos y
mansiones. En el fondo, el
concepto no era nuevo porque durante el periodo Heian ya existían espacios
semejantes entre los pasillos y pabellones de los palacios.
Cuando Japón entró en contacto directo con Occidente, en la segunda mitad del siglo xix, se estaba padeciendo un estancamiento creativo en la mayoría de las artes. La repetición de fórmulas ya agotadas las había conducido a un callejón sin salida. En las décadas previas y posteriores al cambio de centuria, con la explosión de la euforia modernizadora se produjo un doble efecto. Por un lado, se arrinconaron las tradiciones milenarias, a las que se tildaba de obsoletas; y por otro, se logró superar la crisis mediante el vehemente aprendizaje de todo lo occidental. La única excepción fue la jardinería, una especialidad que no consiguió adaptarse a los nuevos tiempos ni integrarse en ese ímpetu renovador. Pocos jardines construidos durante esos años podían competir en calidad con los de épocas anteriores. Quizás solo los de Murin-an o Heian-jingū.
A principios de la década de los treinta del siglo xx, estalló en Japón un virulento
expansionismo militar que se había estado incubando desde comienzos de la
centuria. Todo ese decenio se convirtió en un camino hacia lo imposible que desembocó en
la fatídica contienda mundial y, tras la derrota, en una lenta y dolorosa
recuperación que duró más de diez años. En el lapso que discurre desde el inicio del siglo hasta 1945, solo
puede mencionarse la construcción de un gran jardín: el musculoso ejercicio de
Shigemori en el recinto de Tōfuku-ji, una regia flor en el desierto.
A finales de los cincuenta, después de haber estudiado la cultura y arte
occidentales, los japoneses volvían a dirigir la vista hacia sus tradiciones
más valiosas. El resultado no se hizo esperar y en los foros internacionales
comenzaron a surgir, en todos los campos, innovadoras propuestas provenientes
del País del Sol Naciente. En concreto, los arquitectos asombraron al mundo con
sus imaginativos y vanguardistas proyectos que, además, tenían un inconfundible
aroma nipón. Fueron ellos los que, en un principio, parecían llevar las riendas
del cambio que necesitaba la jardinería de Japón. Luego, abierto ya el camino,
regresaron a escena los especialistas.
En la sede
del Gobierno de la Prefectura de Kagawa en Takamatsu, en 1958, Tange Kenzō empleó por
primera vez en un jardín grandes
rocas en las que aparecía claramente la huella del hombre o, mejor dicho, de la
máquina. Nunca antes se habían visto piedras con aristas tan cortantes, casi
hirientes. Otro hito fundamental se produjo en 1964, cuando Shigemori utilizó
gravas de varios colores en Ryōgin-an, un templo asociado al monasterio
de Tōfuku-ji en Kioto. Se
superaba con ello el tradicional monocromatismo de los jardines secos y su
asociación con las pinturas de tinta china. Con ambos personajes se reafirmaba
y consolidaba la figura del artista que idea y proyecta su obra, y se superaba
la borrosa imagen del artesano, experto en su construcción pero anónimo. Con
ese cambio se pretendía que se reconociese la función del autor, se considerara
la independencia de su labor artística respecto de la técnica y se diferenciara
su trabajo intelectual de la ejecución práctica.
A partir de esas fechas, muchos arquitectos comenzaron a colaborar con maestros jardineros en la creación de los jardines de sus edificios. Su situación era incumbencia de los primeros; el diseño, de los segundos, y la ejecución, de artesanos, eso sí, siempre de una cualificación excepcional.
Presente
El
prototipo de jardín seco es quizás el que mejor se ha adaptado a la modernidad
y a los planteamientos más radicales. Muchos son los ejemplos. En 1991, Masuno
Shunmyō utiliza en la Embajada de
Canadá en Tokio hirientes rocas que rememoran los glaciares del país
norteamericano. En 1996, Watanabe Makoto Sei instala en el Museo K. de
Tokio un sofisticado sistema de mástiles de fibra de carbono, con diodos en sus
extremos, que se balancean con el viento sobre una ondulante superficie de
granito negro y teja.
Pero la
renovación también se ha producido en otras tipologías. En 1995, Kanō Tomohiro coloca, en vez de piedras,
bloques tallados de cristal macizo en un estanque de la Casa agua-vidrio en
Atami. En el 2000, Kuma Kengo finaliza el Museo de la Piedra
en Nasu, donde, con una delgada lámina de agua y pasarelas en zigzag que
conducen a sus salas, crea un paisaje irreal que rememora los empedrados y
pabellones de los jardines de paseo clásicos. En todos esos ejemplos, a pesar
de las innovaciones, se ha mantenido un sutil pero efectivo contacto con los
principios de la jardinería clásica, siempre dispuestos a nutrir las ideas de
los artistas imaginativos.
A
principios del tercer milenio, los nuevos materiales, los sorprendentes
sistemas de iluminación y la informática ya forman parte del vocabulario
cotidiano que utilizan los jóvenes maestros. Son «instrumentos» inéditos que
entonan una «música» sorprendente. La piedra quebrada y desbastada, que rompe
radicalmente con la tradición, es uno de ellos, aunque nacido hace ya más de media
centuria. Como también lo son el vidrio, los plásticos, el acero inoxidable, la
fibra de carbono y los diodos.
Sin
embargo, los modernos jardines japoneses, a pesar de la aparente desconexión de
su milenaria herencia, siempre muestran una singular presencia, una
sensibilidad característica y un aroma inconfundible. Las
propuestas niponas revelan un espíritu creador capaz de lo más innovador,
aunque utilice un lenguaje tradicional, y de lo más tradicional a pesar de
emplear una sintaxis innovadora. Porque un jardín en Japón, por pequeño,
moderno o abstracto que sea, nunca deja de evocar y festejar a la propia
naturaleza, única y eterna fuente inspiradora.
Futuro
Esas
son las constantes que sin ninguna duda se mantendrán en el futuro. Son como
los cimientos de una catedral comenzada hace milenios pero aún inacabada.
Tienen la suficiente consistencia para soportar tecnologías y materiales todavía
desconocidos, porque así lo han demostrado a lo largo de siglos de continuos
cambios, y no condicionarán el porvenir, sino que lo sustentarán sin coartar
las, hoy, inimaginables ideas que nacerán de los nuevos tiempos y artistas.
Los jardines japoneses del futuro seguirán siendo inconfundibles, singulares y fuente inagotable de uno de los placeres más refinados y sencillos de este mundo: disfrutar de la simple contemplación de su paisaje. Un paisaje artificial, sí, pero que siempre intentará rememorar la esencia de nuestro entorno, la de una naturaleza que parece cada día más lejana. Esa seguirá siendo la función de todo jardín en el País del Sol Naciente: acercarnos al universo, integrarnos mentalmente en él. Una experiencia que nos aproximará a la práctica diaria del monje zen, la misma que realizaron sus antecesores, los creadores de una de las formas de arte más singulares y depuradas que continúa siendo admirada en el resto del planeta.
