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martes, 10 de marzo de 2020

Rasgos y recurrencias en el arte japonés, IV

La sugerencia en las artes japonesas, I
En el anterior artículo hablé de la asimetría en la jardinería y arquitectura japonesas y hoy lo haré de otro rasgo que si nos fijamos ya se apreciaba en las obras que comenté entonces. Me refiero a la sugerencia.

La sugerencia en la pintura japonesa
La imaginación es uno de los sentidos más estimulados por todas las artes de Japón. La indeterminación y renuncia a un exceso de precisión que ahogue la poesía han sido algunas de las bases en que se ha sustentado desde siempre la labor del artista nipón, mucho más inclinado a insinuar que a definir.

Uno de los recursos más empleados en la pintura japonesa para aludir poéticamente a lo que se quiere representar es el ocultar zonas del paisaje e incluso parte del sujeto o elemento protagonista de la composición. Para comentar esta técnica me referiré al biombo Ciprés japonés de Kanō Eitoku (1543-1590) que aparece en la siguiente ilustración.

Kanō Eitoku: Ciprés japonés, c. 1580, tinta, color y oro sobre papel, 170x462 cm.
Museo Nacional de Tokio. Foto: Wikimedia Commons

Esta obra es un biombo de ocho paneles cuyas medidas, más de cuatro metros de largo, la convierten en una imagen con un poder envolvente innegable. Si se contempla desde la distancia adecuada todo nuestro campo visual queda cubierto por su fondo dorado; aunque habrá quien diga, y con razón, que no es esa necesariamente la mejor forma de ver la célebre obra de Eitoku.

En esa pintura también se observa que unas enormes nubes doradas cubren casi todo el soporte. Apenas se aprecia un tramo de un riachuelo y unas rocas. Eitoku únicamente insinúa cómo debe ser el entorno e invita al observador a recrear su propio paisaje imaginario.

Pero el autor todavía utiliza otro recurso para estimular aún más su imaginación. Corta abruptamente la figura del protagonista de la pintura, el árbol. No se vislumbra nada de su copa, solo una parte de su tronco, escasamente su arranque del terreno y unas pocas ramas, las cuales se extienden horizontalmente pareciendo indicar que existe un espacio más allá de lo que muestra el biombo.

Ese mismo planteamiento se da en la obra de Hasegawa Tōhaku (1539-1610) que aparece en la siguiente ilustración. El retorcido tronco del árbol queda cortado por la izquierda, mientras que  una rama se extiende horizontalmente quizás señalando a algo fuera de la pintura. 

Ese grado de indefinición es aún mayor si nos fijamos que en la esquina inferior aparece solo la base de otro árbol del cual el pintor ha decidido no enseñarnos nada más. Incluso la nota de color verde de dos bambúes también queda cortada abruptamente. 

Quizás Hasegawa quería que nos fijáramos únicamente en las flores y los pájaros que dan título a su obra, a pesar de su reducido tamaño. Podíamos pensar que nos quiere hacer ver que la pequeñez de las cosas no hace que tengan menos importancia.

Hasegawa Tōhaku: Pájaros y flores, c. 1570, tinta y color sobre papel, 150x359 cm. 
Myōkaku-ji, Mitsu, prefectura de Okayama. Foto: Wikimedia Commons

En las dos obras anteriores, el encuadre se ha elegido para no mostrar todo el árbol. La ocultación parcial de su tronco genera un alto grado de sugerencia que permite al observador configurar su personal paisaje imaginario cuando completa mentalmente lo que ve.

Esa peculiar forma de enmarcar las escenas, cortando abruptamente los principales elementos de su composición, es una de las señas de identidad del arte plástico nipón de todos los tiempos y uno de los recursos pictóricos que los impresionistas franceses descubrieron con asombro en los grabados japoneses que llegaron a París en la segunda mitad del siglo XIX. 

Uno de esos artistas galos fue Edgar Degas, quien en especial en sus pasteles de bailarinas, como el de la siguiente ilustración, no dudó en aplicar esa idea y cortar "sin piedad" sus cuerpos, incluso el de la solista. Con ello imprimía una sensación de espontaneidad y movimiento muy adecuada al tema. 

Edgar Degas: Ballet visto desde un palco, pastel, 75x51 cm, 1885.
Museo de Arte de Filadelfia. Foto: Wikimedai Cmmons.

¿Nos hemos dado cuenta de que la perspectiva de la obra de Degas se crea con la superposición de los planos de los tres "temas" del cuadro?: la espectadora, la solista y el cuerpo de baile. Las tintas son casi planas y no utiliza ni la perspectiva geométrica ni la aérea. Exactamente igual que los japoneses.

La fotografía siguiente es de una de las más célebres pinturas de Hasegawa Tōhaku y una obra maestra del arte japonés de todos los tiempos. Se trata de una pareja de biombos que abarcan entre los dos la friolera de casi siete metros de ancho.

Hasegawa Tōhaku: Pinos en la niebla, tinta  sobre papel, biombo izquierdo,155x347 cm  final s. XVI. 
Museo Nacional de Tokio. Foto: Wikimedia Commons.
Hasegawa Tōhaku: Pinos en la niebla, tinta  sobre papel, biombo derecho,155x347 cm, final s. XVI. 
Museo Nacional de Tokio. Foto: Wikimedia Commons.
































Con solo tinta china, sin empleo de color alguno y “ocupando” muy poca de la superficie de los biombos, Hasegawa crea una pintura donde reina la sugerencia. En cada mampara, se distinguen bien dos pinos, mientras que los demás apenas son visibles tras una niebla que casi puede palparse. Mediante sutiles gradaciones de la tinta, el artista transmite magistralmente esa sensación de ambiente húmedo que produce la niebla, la que oculta el bosque de pinos.

En la ilustración siguiente vemos ese mismo tipo de ambiente saturado de humedad y casi misterioso, pero recreado por Claude Monet casi trescientos años más tarde. Sin embargo, sin restarle ningún mérito, el francés rebajó un escalón el nivel de sugerencia que existe en la obra de Hasegawa y no renunció a utilizar una paleta de un etéreo cromatismo igualmente sutil y sugerente. ¿Cuál de las dos visiones preferimos, la del japonés o la del galo? ¿En cuál de ellas nuestra imaginación se ve más estimulada?

Claude Monet: El puente de Charing Cross, óleo, 65x80 cm, 1899.  Foto: Museo Thyssen-Bornemisza. 

Para acabar solo comentar que la dimensión fuertemente apaisada de los biombos japoneses también ejerció en los impresionistas franceses una fascinación cuyo paradigma más conocido es la serie de Claude Monet titulada genéricamente Los nenúfares o en francés Les nymphéas.

Muchas de las obras de esa serie tienen una dimensión horizontal muy marcada. De todas ellas he elegido para la siguiente ilustración la que se exhibe en la Orangeri de París, con sus impresionantes seis metros de largo.

Claude Monet: Los nenúfares, óleo, 219x602 cm, c. 1925. Museo de L'Orangerie, París.
 Foto: Wikimedia Commons.

Creo que los dos biombos que he elegido para el artículo de hoy muestran bastante bien cuál era el enfoque del que partían los pintores japoneses clásicos para componer sus obras. Aquella asimetría que comenté al principio de esta serie la combinaron con su deseo de solo sugerir parte de lo que veían para que quien contemplara su obra recreara con su imaginación el tema haciéndolo suyo.

En el siguiente artículo que publicaré dentro de unos días seguiré hablando de la sugerencia, pero esta vez en la jardinería.

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