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martes, 3 de mayo de 2016

Constantes en la arquitectura japonesa, tradición y modernidad, I

La arquitectura japonesa, clasicismo y vanguardismo 
Inicio hoy una nueva serie consagrada a la arquitectura japonesa que será un poco ecléctica, me explicaré. En los siguientes artículos hablaré tanto de edificios antiguos con cientos de años de antigüedad como de otros modernos construidos en este siglo XXI.

El motivo de semejante cóctel no es más que mostrar que, a pesar de que las propuestas de los arquitectos japoneses actuales nos parezcan muy vanguardistas, sus edificios siguen siendo, en la mayoría de los casos, por un lado muy diferentes de los proyectados en otros países y por otro muy semejantes a los de su propia tradición constructiva, aunque a primera vista no lo aparenten.

Seguramente, ese es uno de los factores que han situado a la arquitectura del País del Sol Naciente en los puestos de honor de un hipotético pódium mundial.

En general, la idea que un occidental medio se ha formado de la arquitectura de Japón es una mezcla inconexa de imágenes de templos budistas, casas de té y edificios vanguardistas. Y la he calificado de inconexa porque si tiene la ocasión de contemplar algunos de los proyectos de los arquitectos japoneses actuales, posiblemente, no se le ocurrirá pensar que tienen algo que ver con esas mansiones de puertas de papel y suelos de tatami que han quedado grabadas en nuestro inconsciente merced a las películas de época de samurai.

Escuela de Ashikaga, prefectura de Tochigi, periodo Edo. Foto: J. Vives.

No obstante, si observamos con detenimiento las obras más célebres construidas en los últimos sesenta años en Japón, comprobaremos que, en primer lugar, casi siempre tienen algo que las diferencia de las occidentales y, en segundo, comparten ciertos rasgos con la arquitectura clásica japonesa. Comparemos la fluidez espacial del edificio que aparece en la fotografía anterior con el de la siguiente, una de las obras internacionalmente más célebres de arquitectos nipones actuales.

SANAA: Museo de Arte Contemporáneo para el siglo XXI, Kanazawa, 2004.
Foto: Wikimedia Commons.

Ese elemento intangible y diferenciador respecto a las construcciones occidentales en general, nace justamente de ciertos conceptos que han caracterizado la arquitectura japonesa de todos los tiempos, incluso la moderna. Algunos de ellos son aparentes y visibles; otros, incorpóreos e invisibles. Entre los primeros, incluiría la asimetría compositiva, la subdivisión o modulación y la naturalidad de los acabados. Entre los segundos, la indefinición espacial y la impermanencia o constante renovación.

Propongo que, a lo largo de esta nueva serie que inicio hoy, descubramos esos rasgos singulares de la arquitectura clásica del País del Sol Naciente, para luego intentar encontrarlos en algunos de los proyectos más emblemáticos construidos en los últimos decenios.

En los próximos meses, iré publicando, cada quince días, un artículo en el que intentaré comentar algunas de las características de la arquitectura japonesa en relación con las de la occidental y, en su caso, con las de la europea clásica. Hace ya tiempo, escribí dos entradas en este blog donde hablaba de ciertos rasgos recurrentes en los edificios de Japón, pero ahora voy a ampliar un poco más lo que dije allí. No obstante y por una vez, no voy a empezar por el principio, sino que directamente voy a dirigirme al siglo XX.

La arquitectura occidental del siglo XX
Los arquitectos europeos de principios de la pasada centuria se dedicaron a organizar y cuantificar metódicamente las características de la vivienda ideal para una familia media. Nacía el denominado movimiento funcionalista cuyo credo se planteaba una meta: crear residencias salubres para la creciente población urbana. Para ello, comenzaron a definirse las condiciones o parámetros que tenía que cumplir cualquier vivienda. Por ejemplo, las mínimas horas de sol que debía recibir diariamente, cuantas piezas había de tener en función de sus ocupantes, qué uso se asignaba a cada estancia, qué superficie le correspondía, etcétera.

Sin embargo, muy pronto se constató que también había que imbuir a esos espacios de algo más que los convirtiera en ambientes agradables y, si era posible, que los integrara en la naturaleza. A grandes trazos, eso era el movimiento organicista, una tendencia arquitectónica que pretendía superar los rígidos parámetros del funcionalismo radical dando un paso que fuera más allá de sus frías, racionales y mecanicistas cuantificaciones.

Curiosamente, durante la primera mitad del siglo XX, los acólitos de ambos movimientos descubrieron con asombro que muchas de sus ideas, y en especial esas últimas características, muy difíciles de medir, se encontraban magistralmente resueltas en los edificios japoneses.

Los primeros occidentales que descubrieron la arquitectura japonesa
El americano Frank Lloyd Wright (1867-1959) conoció directa aunque brevemente la arquitectura de Japón durante un viaje que realizó en 1905. En algunas de sus obras de esa época se aprecian reminiscencias de ciertos edificios del País del Sol Naciente, como puede verse al comparar las dos fotografías siguientes de uno de sus proyectos y del célebre Pabellón del Fénix en Uji, que comenté en este artículo.

Frank Lloyd Wright: la casa Avery Coonley,
Riverside, Illinois, 1908.
Foto de Fuente desconocida.
El pabellón de Fénix del Byōdō-in, Uji, 1053. Foto: folleto del templo.

En 1923, Wright inauguró el célebre Hotel Imperial de Tokio, un proyecto emblemático del arquitecto americano muy alabado por unos, pero no tanto por otros, como fue el caso de su colaborador Antonin Raymond (1888-1976), quien consideraba que era una obra muy poco adecuada para el ambiente japonés, tanto por sus materiales y acabados como por su estructura espacial. Por cierto, Raymond fue el primer arquitecto occidental que trabajó con despacho propio en Japón durante décadas, antes y después de la guerra, dejando una obra muy importante en su país de adopción.

Frank Lloyd Wright: el Hotel Imperial de Tokio, 1923. Foto: Wikimedia Commons.

El siguiente arquitecto occidental que descubrió y, sobre todo, que supo entender la singularidad de los edificios clásicos japoneses fue el alemán Bruno Taut (1880-1938), quien residió en Japón de 1933 a 1936. Gracias a su larga estancia pudo no solo conocer su cultura y monumentos, sino escribir un libro ya histórico: La casa y la vida japonesa, del que existe traducción española. Gracias a la obra de Bruno Taut, el mundo descubrió las excelencias de la Villa Imperial de Katsura en Kioto, el más emblemático y magistral paradigma de la arquitectura residencial nipona y a la que, hace meses, dediqué varios artículos en este blog.

Antes de llegar a Japón, en los años veinte del siglo pasado, Bruno Taut había realizado una enorme labor de modernización de la arquitectura europea con varios proyectos de edificios de apartamentos. En ellos se plasmaba todo el credo funcionalista: viviendas situadas en la naturaleza, buena ventilación e insolación en todas las habitaciones, adecuadas instalaciones de fontanería y electricidad, etcétera. Las dos fotografías siguientes muestran uno de esos conjuntos residenciales ideados por Taut en Berlín.

Bruno Taut: Vista aérea de la Urbanización de Hufeisensiedlung (de la Herradura), 1925.
Foto: Wikimedia Commons.

Bruno Taut: Vista aérea de la Urbanización de Hufeisensiedlung (de la Herradura), 1925.
Foto: Wikimedia Commons.

Pero volviendo a la arquitectura japonesa, hay que hacer notar que fue gracias precisamente a Bruno Taut que Occidente descubrió los valores más profundos de los edificios tradicionales nipones y en concreto de la mencionada residencia imperial de Katsura.

Taut constató asombrado que todos aquellos objetivos que se habían planteado los arquitectos más avanzados de Europa hacía pocas décadas, se habían alcanzado siglos antes en Japón. La ventilación cruzada de las estancias, la orientación más adecuada, la flexibilidad de uso de cada estancia, la calidez de los materiales y, sobre todo, la comunión con el exterior, con la naturaleza. Con todo eso se topó Taut cuando visitó la Villa Imperial de Katsura en Kioto en los años treinta del siglo pasado. Podemos imaginarnos su sorpresa cuando descubrió que los ideales que se planteaban los modernos arquitectos occidentales se habían materializado en Japón tres siglos antes, y además, de forma magistral.

Lo moderno en la arquitectura tradicional japonesa
La importancia de los edificios de Katsura ha quedado acreditada por haber sido objeto de admiración incondicional no solo de los integrantes del funcionalismo u organicismo arquitectónico de la primera mitad de la pasada centuria, sino también de los más iconoclastas valedores del denominado movimiento postmodernista, surgido a finales de los años setenta y que en los ochenta se extendió por todo el planeta.

Bruno Taut fue el primer occidental que descubrió y, sobre todo, analizó profundamente los valores arquitectónicos de Katsura. Incluso se los hizo ver a los mismos japoneses, pues por esos años, mediados de los treinta del siglo XX, eran muy pocos los ensayos realizados por académicos nipones sobre la Villa Imperial. Ya he dicho que Taut residió en Japón de 1933 a 1936, un largo periodo que le permitió estudiar y comprender la arquitectura japonesa como ningún occidental lo había hecho hasta esa fecha, aunque ya existían algunos precedentes como el de Ralph Adam Cram con su Impressions of Japanese Architecture and the Allied Arts de 1905 o el trabajo pionero de Edward S. Morse Japanese Homes and their Surroundings de 1886.

El segundo europeo en quedarse literalmente “pasmado” ante Katsura fue otro maestro de la primera mitad del siglo XX, el arquitecto alemán Walter Gropius (1883-1969). En 1954, Gropius fue invitado a Japón con motivo de una exposición de su obra en el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio. Durante su estancia, pudo visitar diversos lugares y monumentos del país acompañado de colegas japoneses, uno de ellos fue Katsura. Entre los personajes que le sirvieron de guía se encontraba Tange Kenzō (1913-2005), quien todavía no era conocido internacionalmente. A Tange Kenzō le dediqué en su día una serie en este blog.

En esa década de los cincuenta, el fotógrafo Ishimoto Yasuhirō (1921-2012) llegó a decir que “Katsura era mondrianesca”. Tal era la modernidad que veía en su palacio. La fotografía siguiente, realizada por Ishimoto en 1954, muestra perfectamente cómo vio entonces el edificio de la residencia imperial de Katsura y cómo, con su trabajo, nos transmitía sus sensaciones y en concreto ese ver a Mondrian en cada rincón de Katsura.

Detalle de la fachada del edificio residencial de la 
Villa Imperial de Katsura, 1663, Kioto. 
Foto de Ishimoto Yasuhirō en Tange Kenzō y Walter Gropius: 
Katsura: Tradition and Creation in Japanese Architecture
New Haven, Yale University Press, 1960.

Contemplando la fotografía anterior, y comparándola con la siguiente reproducción de un cuadro de Mondrian, se entiende perfectamente que Ishimoto, en 1954, quedara impresionado por el sorprendente parentesco de Katsura con el espíritu neoplasticista. Sin embargo, y sin quitarle la razón en absoluto, ¡faltaría más!, debo decir que no toda Katsura era, o es, mondrianesca, pero esa es otra cuestión.

Piet Mondrian: Composición II con dos líneas negras,
óleo sobre tela, 51x50 cm, 1930. Museo Stedelijk Van Abbe,
Eidhoven, Holanda. Foto: Wikimedia Commons.

A partir del descubrimiento de esos y otros aspectos modernos de la residencia de la Villa Imperial de Katsura, poco a poco, europeos y americanos reconocieron los valores de la arquitectura clásica japonesa. De eso han pasado ya unos ochenta años, si contamos desde la visita de Taut en los treinta, y unos sesenta si partimos de la de Gropius en 1954.

Hoy, en pleno siglo XXI, la arquitectura más actual de Japón ha alcanzado un prestigio internacional indiscutible. Profesionales y académicos de todo el planeta sitúan a sus creadores en lo más alto del panorama mundial. Posiblemente eso sea debido a su tan especial tradición constructiva, la cual hizo posible, junto con otros factores culturales no menos importantes, que adquiriera características tan singulares. Algunas de ellas las intentaré mostrar en los siguientes artículos de esta serie.

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