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martes, 17 de febrero de 2015

Pintura japonesa: la escuela Kanō, III

La escuela Kanō de pintura japonesa: Kanō Eitoku, segunda parte
Después del artículo de la semana pasada sobre las pinturas de Kanō Eitoku en el templo de Jukō-in, hoy hablaré de tres espléndidos biombos creados por este autor.

La madurez de Kanō Eitoku
Una de las obras más conocidas de Eitoku es el gigantesco biombo titulado Ciprés japonés. De esta pintura hay que remarcar que inicialmente se ejecutó sobre cuatro puertas correderas, de ahí proviene su gran dimensión, más de cuatro metros y medio frente a los tres y medio que suelen tener las mamparas. Por otro lado, debo aclarar que la no coincidencia de los dos tramos de la rama horizontal que cruza los paneles centrales no es un defecto de la ilustración siguiente, sino consecuencia precisamente de ese trasvase de formato.

Kanō Eitoku: Ciprés japonés, c. 1580, tinta, color y oro sobre papel, 170x462 cm.
Museo Nacional de Tokio. Foto: Wikimedia Commons.

Sin lugar a dudas, el gran protagonista de esta obra, como se aprecia en la fotografía anterior, es el enorme árbol que le da título. Por cierto, hay que hacer notar que el ciprés en Japón no se parece en nada al europeo. Su nombre en japonés es hinoki y su madera es muy utilizada en la construcción de edificios representativos, como templos y escenarios de teatro nō, por ser muy resistente a la humedad y apenas tener vetas y nudos.

Pero volvamos al biombo de Eitoku. El gigantesco tamaño de su ciprés que aparenta ser aún mucho mayor debido a que solo podemos ver parcialmente su tronco y ramas, el flamante fondo de oro que oculta gran parte del paisaje y el contrapunto del azul de un arroyo apenas visible son elementos de la composición puestos al servicio de una concepción grandiosa y refulgente que es la plasmación perfecta del brillante espíritu de la época Momoyama (1573-1603).

Estamos ante otro hito de la pintura japonesa. Gran parte de las características de todo el arte nipón se concentran en este majestuoso biombo. El fondo de láminas de oro con aspecto de nubes que solo dejan ver parte del paisaje, el árbol que no se muestra en su totalidad, las ramas horizontales con quiebros inverosímiles, el protagonista de la composición que pugna por salir del encuadre, la horizontalidad de muchos elementos, y podría seguir enumerando muchas más. Aunque solo hubiera creado esta obra, Eitoku ya habría pasado a la historia del arte japonés.

Una vez más recomiendo acceder a la página de los museos nacionales de Japón para poder disfrutar de una reproducción de esta obra en altísima definición y con una herramienta que permite acercarse a pocos centímetros de la superficie y desplazarnos a todo su ancho y largo simplemente moviendo el ratón. Este es su enlace.

Leones chinos
El león es un animal mitológico, muy representado en el arte chino, que simboliza el valor y la fuerza. En Japón nunca existieron felinos y por ese motivo los pintores solo los conocían a través de referencias.

El biombo de Eitoku, que muestro en la siguiente ilustración, es una obra de plena madurez de unas dimensiones majestuosas. Los biombos de seis paneles suelen tener una longitud de unos 3,50 metros, pero casi nunca alcanzan los 4,50 como en este caso. No hay duda de que Eitoku tomó una decisión muy meditada para plasmar un tema con el que deseaba crear un gran efecto. El león, como el tigre, expresa poder y coraje y aunque en la pintura japonesa es mucho más frecuente representar tigres entre bambúes, aquí Eitoku se decantó por plasmar únicamente dos leones sobre un fondo dorado.

Kanō Eitoku: Leones chinos, c. 1580, tinta, color y oro sobre papel, 222x452 cm.
Colección de la Casa Imperial. Foto: Wikimedia Commons.

Eitoku empleó en los felinos los colores blanco, ocre y un sorprendente verde que destacan sobre un esplendoroso fondo dorado. Los dos leones se miran mientras caminan atravesando casi todos los paneles del biombo. La pata delantera derecha de uno de ellos se levanta dejando que la pezuña se relaje, tal y como ocurre en la realidad, un detalle que muestra la capacidad de observación y meticulosidad de Eitoku.

El poder de los dos animales queda resaltado gracias al uniforme fondo dorado a modo de una enorme nube, tras la cual solo aparecen unos peñascos delineados con pinceladas diagonales y marcadas aristas. Una minúscula rama surge inesperadamente por el extremo izquierdo de la composición.

Es muy posible que esta impresionante obra formase parte de una pareja de biombos en la que este ocuparía el lado derecho, algo que parece sugerir la fina rama que he comentado y se aprecia en la esquina superior izquierda. Si fuese así, los dos leones se dirigirían hacia la mampara izquierda, donde solo se puede especular qué habría dibujado Eitoku.

Dado que en la obra actual no aparece ninguna planta que permita tener una referencia estacional, es muy posible que en el biombo perdido hubiese algún árbol y también peonías, plantas tradicionalmente asociadas con los leones. Las peonías siempre tuvieron en China y también en Japón gran predicamento como símbolo de abundancia y riqueza, por lo que frecuentemente se representaban junto con leones, dado que la fuerza de estos los convertía en defensores perfectos de lugares estratégicos y de gran valor. En el entorno de los samuráis las peonías eran un reflejo de su forma de vida, efímera pero hermosa.

Rakuchū rakugai-zu
Voy a comentar ahora un tipo de obra pictórica que a los occidentales primero suele sorprender; luego, desconcertar, y finalmente, desesperar. Estos efectos a menudo provocan un claro desinterés incluso entre los especialistas y, como consecuencia, el que se dejen de lado en la mayoría de estudios sobre pintura japonesa. Me refiero a los biombos titulados genéricamente Rakuchū rakugai-zu, que traducido es algo así como Vistas de dentro y fuera de la capital. Raku era el nombre literario por el que se solía aludir a Kioto en el siglo XVII, cuando era la capital de Japón.

Ese tipo de pinturas se ejecutaron desde el periodo Muromachi (s. XIV) hasta el Edo (s. XIX) y no puedo negar que la primera vez que contemplé una de ellas en un museo tampoco me despertó mucho interés, un efecto que difícilmente puede revertirse a través de los libros, y me explicaré por qué.

Si existe algún tipo de pintura japonesa difícil de interpretar a través de una reproducción en una publicación, es el de los biombos titulados Vistas de dentro y fuera de la capital. Incluso observarlos al natural, expuestos en las enormes vitrinas de los museos nipones, resulta también problemático. El apreciar a simple vista las docenas de escenas en que se dividen sus más de diez metros cuadrados de superficie con sus ondulantes nubes doradas es como mínimo difícil, a menos que se tenga a mano unos binoculares de bolsillo, algo que yo siempre recomiendo a todo amante del arte que viaje.

Kanō Eitoku: Vistas de dentro y fuera de la capital, c. 1570,
tinta, color y oro sobre papel, biombo izquierdo 160x365 cm.
Museo Uesugi, Yonezaka.
Foto: Wikimedia Commons.

Kanō Eitoku: Vistas de dentro y fuera de la capital, c. 1570,
tinta, color y oro sobre papel, biombo derecho 160x365 cm.
Museo Uesugi, Yonezaka.
 Foto: Wikimedia Commons.



































Creo que viendo las dos fotografías anteriores se entenderá dónde radica el problema. Nos enfrentamos ante dos enormes biombos que abarcan siete metros de ancho y en los que parece haberse realizado un collage con docenas de pequeñas pinturas en las que se representan escenas diferentes que tienen lugar en distintos lugares de la ciudad. Rápidamente constamos que esa enorme cantidad de información concentrada en una obra resulta, al menos, apabullante. 

A pesar de ello, voy a intentar sortear ese problema incluyendo en la ilustración siguiente un detalle donde se aprecian algunos de esos momentos o actividades que se llevaban a cabo en Kioto y que en este tipo de obras se diferenciaban separándolas mediante nubes doradas como si fueran viñetas de un cómic.

Kanō Eitoku: Vistas de dentro y fuera de la capital, c. 1570,
tinta, color y oro sobre papel, detalle del biombo izquierdo.
Museo Uesugi, Yonezaka.
 Foto: Wikimedia Commons.

En el detalle del biombo izquierdo que se muestra en la ilustración anterior vemos a la derecha de los edificios con tejados negros, una procesión con un palanquino. En la parte alta, el edificio de tejas de color ocre entre los árboles es la mansión de los Hosokawa, uno de los grandes clanes de la época. Como podemos ver, este tipo de pinturas son verdaderos cuadros costumbristas que han servido a historiadores y sociólogos para investigar muchos aspectos de la vida en la antigua capital japonesa.

En casi todos los casos, las Vistas de dentro y fuera de la capital eran biombos en los que se representaba de forma muy fidedigna edificios y diferentes barrios de Kioto en donde se celebraban tanto fiestas populares como las cotidianas actividades de los artesanos, comerciantes y pueblo llano. Del centenar de obras de este tipo que se han conservado, la gran mayoría surgieron de los talleres de los Kanō. La primera referencia que se tiene de una pintura con ese título es de un biombo de Kanō Mitsunobu (1476-1559). No confundir este artista con Tosa Mitsunobu, de quien mostré un par de biombos en el primer artículo de esta serie.

En general, las Vistas de dentro y fuera de la capital son pinturas de un gran valor histórico por la precisión con que se reflejaron en ellas no solo las calles y edificios de la capital, sino los utensilios empleados por artesanos y las costumbres de la gente. Una particularidad de este tipo de obras es que siempre eran panorámicas a vista de pájaro que se subdividían en múltiples escenas mediante las sempiternas nubes doradas. Si recordamos, ese mismo sistema de representación lo vimos en el antiguo Genji monogatari emaki que comenté en este artículo.

Para no hacer excesivamente largo este artículo, la semana próxima continuaré hablando de este biombo y mostraré con un poco más de detalle sus "viñetas".