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martes, 10 de febrero de 2015

Pintura japonesa: la escuela Kanō, II

La escuela Kanō de pintura japonesa: Kanō Eitoku, primera parte
Después del artículo anterior de introducción a la pintura japonesa ejecutada sobre puertas correderas, hoy hablaré de Kanō Eitoku, el más brillante representante de la escuela Kanō.

Kanō Eitoku (1543-1590)
Kanō Eitoku, nieto de Motonobu, fue uno de los artistas más célebres y requeridos de su época. Su fama hizo que se le encargara la decoración de las paredes y puertas de suntuosos castillos como el de Azuchi, construido por Oda Nobunaga (1534-1582), y el de Osaka, levantado por orden de Toyotomi Hideyoshi (1537-1598).

El virtuoso estilo de Eitoku se convirtió en el paradigma del espíritu del periodo Momoyama (1573-1603). Trazos contundentes, colores vivos, fondos dorados, composiciones asimétricas, elementos gigantescos; todo se pensaba para lograr el efecto más suntuoso e impresionante posible, algo muy acorde con el gusto y preferencias de clientes como los mencionados Nobunaga y Hideyoshi.

La obra de Eitoku encarnaba los ideales de los dos grandes señores de la guerra, y su manera de hacer la mantuvieron sus sucesores a lo largo de todos los gobiernos de los shōgun Tokugawa, hasta casi finales del siglo XIX; aunque, eso sí, perdiendo poco a poco fuerza e inspiración frente a otras corrientes artísticas.

Una de las aportaciones que se atribuyen a Eitoku fue la utilización de láminas de oro como fondo de sus pinturas, un elemento que sin duda debió colmar las ansias de notoriedad de sus clientes. Con ese recurso, sus puertas correderas y biombos se poblaron de nubes doradas que ocultaban zonas del paisaje y enmarcaban diferentes escenas a modo de viñetas.

La etérea nieblilla gris de las pinturas de tinta china se veía sustituida por unas resplandecientes nubes de oro. Con las obras de Eitoku, la penumbra en los interiores de los palacios y mansiones de la época se desvanecía tenuemente con la trémula luz de las candelas vibrando sobre la áurea superficie de biombos o puertas.

Se creaba así un ambiente sofisticado y distante que satisfacía los deseos de superioridad de los grandes señores. En tal escenario, sus egregias figuras envueltas en vistosos atuendos se convertían en verdaderos símbolos de autoridad, inaccesible e inapelable; aunque, permítaseme desmitificar un poco mis excesos interpretativos, de poco sirvió toda esa parafernalia a Nobunaga y Hideyoshi, porque sus fortalezas, así como todas sus extravagancias y lujos, quedaron muy pronto reducidos a cenizas por sus enemigos: sic transit gloria mundi, un aforismo católico que bien podría ser budista.

Mucho se ha hablado de que el motivo de recurrir al empleo de grandes superficies de oro en las pinturas del periodo Momoyama, no era otro que el aumentar la ténue iluminación de las estancias en los castillos y palacios de la época, precisamente gracias a su efecto especular sobre la escasa luz que producían las lámparas y candelas.

Sin embargo, en mi opinión, eso no fue más que un resultado no directamente buscado por los Kanō, aunque no puedo negar que con esa solución se creaba un ambiente muy sugerente. En general, los artistas no suelen considerar prioritario a la hora de plantear sus obras el satisfacer necesidades meramente funcionales, como puede ser la iluminación de una sala. Más bien, lo que tienen en mente es encontrar soluciones que aporten algo nuevo, que sean realmente innovadoras. 

Las pinturas en Jūko-in
Siendo todavía muy joven, poco más de veinte años, Eitoku colaboró con su padre Shōei (1519-1592) en la decoración de las puertas correderas de la vivienda del prior de Jūko-in, un templo perteneciente al gran complejo monástico de Daitoku-ji en Kioto.

Para cada una de las tres habitaciones del lado sur de dicho edificio, los Kanō eligieron un tema diferente. En la sala este se representaron las conocidas como Ocho vistas de los ríos Hsiao y Hsiang, atribuidas al padre de Eitoku, Shōei, y realizadas solo con tinta china. A pesar de su título, esas vistas eran en realidad un paisaje imaginario de origen chino que los artistas japoneses interpretaron innumerables veces a lo largo de los siglos. Las otras dos estancias fueron trabajo de Eitoku; en la oeste, el tema elegido fue el de Los cuatro talentos, y en la central, el de Flores y pájaros de las cuatro estaciones.

Para mi comentario, me voy a centrar en los fusuma de la sala central y para que se pueda tener una idea del conjunto de los tres paramentos de correderas en los que Eitoku realizó su obra, voy a insertar ilustraciones en las aparecen todas ellas. Esas fotografías se han obtenido de la plataforma StudyBlue de la Universidad de Wisconsin-Madison en Estados Unidos.

Kanō Eitoku: Flores y pájaros de las cuatro estaciones, lado norte, c. 1566, tinta y oro sobre papel,
 176x142 y 176x74 cm cada hoja. Jukō-in, Daitoku-ji, Kioto. Foto: StudyBlue.

La fotografía anterior muestra los ocho paneles del lado norte de la estancia central. Tras ellos se ubican un altar e imágenes budistas, dado que esa sala se destinaba a ceremonias y rituales. Cuando se celebraba algún rito religioso, se abrían las cuatro hojas centrales, más estrechas que las laterales, para descubrir el mencionado altar. Esa toma fotográfica se realizó dando la espalda al jardín, situado en el sur.

Con esa primera ilustración ya nos podemos dar una idea del enorme despliegue pictórico que se desarrolla en los tres paramentos en los que se distribuyen dieciséis fusuma que suman una longitud que supera los dieciocho metros. En esta obra, la pincelada del joven Eitoku todavía debe mucho a Sesshū, aunque el tamaño de los elementos de su composición y el tenue dorado del fondo producen un resultado que empieza a distanciarse claramente de su modelo.

Veamos ahora los paramentos laterales. La fotografía siguiente muestra a la izquierda tres de las cuatro hojas de las puertas del lado oeste y a la derecha, las del lado norte ya vistas en la anterior ilustración.

Kanō Eitoku: Flores y pájaros de las cuatro estaciones, lados oeste y norte, c. 1566, tinta y oro sobre papel, 176x142 y 176x74 cm cada hoja. Jukō-in, Daitoku-ji, Kioto. Foto: StudyBlue.

Para acabar con estas vistas generales y antes de ver algunos detalles, veamos ahora el lado este. La toma de la ilustración siguiente se realizó retirando las puertas del lado oeste que acabamos de ver. El montante calado que aparece en la parte alta es la guía superior de esas hojas que se han desmontado. Los tatami en primer plano corresponden a la sala adyacente a la central, donde Eitoku ejecutó su obra Los cuatro talentos que he mencionado al principio, pero que no comento aquí.

El lado norte aparece a la izquierda de la foto, al fondo se ven los cuatro paneles del lado este y a la derecha, apenas visibles, se encuentran las puertas correderas por las que se accede al jardín.

Kanō Eitoku: Flores y pájaros de las cuatro estaciones, lados norte y este, c. 1566, tinta y oro sobre papel, 176x142 y 176x74 cm cada hoja. Jukō-in, Daitoku-ji, Kioto. Foto: StudyBlue.

Vamos a ver ahora con un poco más de detalle esta obra de Eitoku en la sala central de la residencia del prior de Jūko-in, como ya he dicho, un templo perteneciente al gran complejo budista de Daitoku-ji en Kioto, un lugar donde se custodian innumerables tesoros artísticos.

Como indica el título dado al conjunto de pinturas de esta estancia, en ellas se pretende reflejar el paso de las estaciones, un tema recurrente en el arte japonés. El ciclo estacional lo comenzó Eitoku, en las puertas del lado este, con una escena primaveral que gira alrededor de un enorme ciruelo que extiende sus ramas por las cuatro hojas correderas. El torrente que aparece en los dos paneles de la izquierda recorre toda la composición, atravesando la cara norte hasta llegar a las últimas hojas del lado oeste. La fotografía siguiente muestra las cuatro puertas del lado este.

Las cuatro hojas del lado este de la sala central de Jukō-in, tinta y oro sobre papel, 176x142 cm cada hoja. Foto: Wikimedia Commons. 

En los fusuma de la foto anterior observamos la característica forma del retorcido y gigantesco ciruelo (árbol que florece muy a principios de primavera) cuyas raíces parecen reventar el suelo para echarse a andar. Esa energía vital recorre sus ramas y las hace extenderse por todos los paneles de este lado.

Veamos ahora lo que sucede en el paramento norte. Aquí Eitoku representa una escena veraniega que enlaza con las dos laterales gracias al mencionado torrente que nace a los pies del ciruelo. La ilustración siguiente muestra una de las parejas de correderas más estrechas, las situadas en la zona central, entre los dos pilares de madera. Véase también la primera foto de este artículo.

Dos hojas del lado norte de la sala central de Jukō-in, tinta y oro sobre papel, 
176x74 cm cada hoja. Foto: Wikimedia Commons.

Observamos aquí una grulla que parece conversar con una rama del pino representado en las dos hojas de la izquierda (verlo en la primera ilustración) y que había desaparecido por la parte alta de la puerta tras una nube dorada. Una vez más, una rama atraviesa todos los paneles equilibrando el peso del grueso tronco de su árbol. La fragilidad y esbeltez de la grulla contrastan con la robustez y corpulencia del pino, parábolas de dignidad y solidez.

En el rincón entre las puertas del lado norte y oeste nacen sendos pinos de raíces como garras y de los que no se acaba de ver su copa, su escala lo impide. Con ellos se crea la transición del verano al otoño, la estación reflejada en el paramento oeste. La siguiente ilustración muestra los dos paneles de la derecha del conjunto de cuatro de ese lado.

Dos hojas del lado oeste de la sala central de Jukō-in, 
tinta y oro sobre papel, 176x142 cm cada hoja. Foto: Wikimedia Commons.

En la puerta de la ilustración anterior, una grulla picotea el suelo bajo un retorcido pino; cada uno de ellos se encuentra en una hoja. El grueso tronco del árbol se inclina como si quisiera proteger al ave. Ambos son símbolos de longevidad. La composición del panel derecho apenas deja espacio libre. Las raíces del pino surgen del suelo con trazos semejantes a los de las montañas lejanas. Una rama atraviesa horizontalmente la composición, desapareciendo por momentos por la parte alta y acabando en la siguiente hoja (no aparece en esta foto, pero sí más arriba, en la segunda de este artículo).

En las dos puertas situadas a la izquierda de la anterior, en la esquina oeste-sur de la sala (de la que no ofrezco ilustración), la composición es más ligera. En primer plano crecen unos hibiscos otoñales. El fondo suavemente dorado crea un melancólico ambiente. Solo hay unas pocas ramas y unos pájaros. Un pato entre cañas al borde de un arroyo gira su cabeza mientras otro con el pico abierto parece saludar a un tercero que se aproxima volando. En las ramas que se inclinan sobre las aguas pía una minúscula ave.

Con esta magistral obra Eitoku demostró su enorme capacidad creadora. Las pinturas sobre fusuma ya nunca más fueron como antes. Se habían abierto las puertas que descubrían el deslumbrante arte de la era Momoyama, al que el mismo Eitoku aportará obras paradigmáticas.

Bien, como veo que mi desmedida capacidad para “enrollarme” ha sido la culpable de que este artículo sea ya bastante largo, y como me gustaría seguir hablando de Eitoku, voy a dejar para la semana próxima el final de este tema. Así pues, lo siento pero habrá que esperar.