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martes, 26 de noviembre de 2013

Escultura japonesa: escultura budista, IV

La escultura japonesa del siglo VIII, periodo Nara, tercera parte
Después del paréntesis técnico de la semana anterior, reanudo el recorrido por la escultura budista japonesa del siglo VIII volviendo a Hōryū-ji, un templo que ya empieza a sernos familiar. Lo hemos visitado para ver sus edificios, para ver sus estatuas de bronce y madera y ahora volvemos para contemplar una serie de imágenes que se modelaron con arcilla.

Las imágenes en la puerta central de Hōryū-ji
Si recordamos nuestra primera visita a Hōryū, cuando entramos en su recinto oeste para comentar su arquitectura, al atravesar su puerta central mencioné que en sus dos nichos laterales había sendas esculturas de los vigilantes del templo. Henos de nuevo aquí para fijarnos detenidamente en ellos.

Uno de los niō: Misshaku Kongō, 711,
 arcilla, 379 cm. Hōryū-ji. Foto: J. Vives. 
Uno de los niō: Naraen Kongō, 711,
arcilla, 379 cm. Hōryū-ji. Foto: J. Vives. 






















Los enormes guardianes de Hōryū-ji, realizados en arcilla, miden casi cuatro metros de altura. Naraen Kongō, con la boca cerrada y el cuerpo azul, se coloca en el oeste. Su brazo izquierdo lo extiende con el puño cerrado, mientras que la mano diestra la abre con energía. Simboliza la fuerza latente. Misshaku Kongō, con la boca abierta y el cuerpo rojo, se sitúa en el este. Su brazo derecho lo dirige hacia el suelo abriendo los dedos de la mano, mientras que el izquierdo sostiene un largo cayado, que aquí se ha perdido. Simboliza la fuerza dinámica.

Debido a que ambas esculturas se encuentran al exterior, no solo su color se ha desvanecido, sino que sus partes inferiores se han visto muy afectadas por las inclemencias del tiempo. Se sabe que en la época Kamakura se realizó una restauración de notable entidad y que a lo largo de los siglos se han reparado varias veces.

De las estatuas de los guardianes que vemos actualmente en Hōryū-ji, solo las cabezas datan del siglo VIII. El torso y brazos deben mucho al estilo imperante durante el periodo Kamakura, del que hablaré dentro de dos semanas, por lo que seguramente son fruto de una reinterpretación del original realizado por artistas de esa época.

Las imágenes en la pagoda de Hōryū-ji
En el interior de la pagoda de Hōryū-ji, el pilar central se revistió con cuatro muros de arcilla a modo de un decorado teatral. En cada una de ellos se realizó una composición de pequeñas figuras, de 30 a 50 cm de altura, que representaban escenas de la historia budista: la muerte de Buda, el reparto de sus reliquias, el coloquio entre Monju y Yuima y el paraíso de Miroku; esta última actualmente en mal estado de conservación.

La entrada de Buda en el nirvana, 711, arcilla, 30-50 cm. 
Pagoda de Hōryū-ji. Foto: folleto del templo.

La fotografía anterior reproduce una parte de la escena denominada “entrada de Buda en el nirvana”. En el centro, el dorado cuerpo de Shaka aparece recostado en un estrado. Le rodean sus discípulos gimiendo de dolor con los puños cerrados. La expresión de esas figuras es estremecedora. El patetismo del momento queda subrayado con el tratamiento de los torsos desnudos de muchos personajes, en los que se marca claramente su casi esquelética anatomía. A lo lejos, entre las rocas del decorado, también aparecen pequeñas imágenes de personas que acuden al entierro y cuyo tamaño es menor que el de las situadas en primer plano para crear el adecuado efecto de perspectiva.

Coloquio entre Yuima y Monju, 711, 
arcilla, 50 cm aprox. Pagoda de Hōryū-ji.
Foto en Mizuno Seiichi: Asuka Buddhist Art: Horyu-ji. Heibonsha, 1976.

La fotografía anterior es un detalle de otra escena de la historia budista que relata un famoso diálogo entre dos santos, Monju y Yuima, rodeados de fieles que escuchan concentrados sus palabras. En la parte superior izquierda de la ilustración vemos a Monju, quien acaba de oír la prédica de Yuima (que no aparece en la foto) y está a punto de replicarle con la mano diestra alzada. En la zona derecha, entre las nubes, levita un bosatsu.

Las imágenes en el Yumedono de Hōryū-ji
Voy a presentar ahora una imagen custodiada en el Yumedono, no tanto por sus méritos artísticos, que los tiene, como porque me interesa compararla con otra que comentaré justo a continuación.

Me estoy refiriendo al retrato del monje Gyōshin, una estatua de laca seca creada en los años de mayor esplendor de esa técnica. La obra se realizó una vez fallecido el bonzo y nos lo presenta en posición de loto, sosteniendo una vara, a punto de abrir la boca y con los extremos de cejas y ojos muy levantados fijando la vista de forma casi severa.

El monje Gyōshin, segunda mitad del s. VIII, 
laca seca hueca, 90 cm. Yumedono de Hōryū-ji. 
Foto en Mizuno Seiichi: Asuka Buddhist Art: Horyu-ji. Heibonsha, 1976.

No se puede negar que en esta magnífica estatua su autor consiguió un retrato de un realismo muy efectivo. Si nos fijamos con detalle en la fotografía anterior, Gyōshin parece estar a punto de aleccionarnos, casi de reprendernos; algo no muy frecuente en la estatuaria budista de monjes célebres, casi siempre representados como personas tranquilas y benevolentes. En este caso no es así y todos los detalles, como el prominente cráneo y las grandes orejas, parecen ser fruto de una estricta fidelidad al modelo y el deseo de retratar su verdadera personalidad. Como dije, ahora mismo veremos otro retrato de un bonzo que es la otra cara de la moneda.

Las imágenes de Tōshōdai-ji
Voy a comentar brevemente algunas imágenes de otro de los grandes templos de la ciudad de Nara: Tōshōdai-ji, una congregación fundada en el año 759 por un bonzo chino de nombre Ganjin (688-763). Precisamente, de este personaje se custodia en dicho monasterio la escultura a la que me refería en el párrafo anterior y que voy a comentar ya mismo.

Permítaseme la licencia de presentar la estatua del mencionado monje Ganjin antes que las imágenes de dioses budistas también custodiadas en Tōshōdai-ji.

El retrato de Ganjin en Tōshōdai-ji
Las peripecias que padeció Ganjin hasta arribar a Nara desde su China natal duraron años, a lo largo de los cuales sufrió naufragios, prisión e incluso la pérdida de la vista. A pesar de esto último, el papel que desempeñó no solo fundando Tōshōdai-ji, sino expandiendo la doctrina budista por Japón fue enorme, por lo que se le considera uno de los personajes claves de la historia de esa religión en el País del Sol Naciente.

En su viaje, Ganjin estuvo acompañado por varios correligionarios de su país, entre los cuales sin duda había algunos escultores, muy necesarios para crear las imágenes que la liturgia budista precisaba durante su expansión por el archipiélago nipón. Su retrato debió de ser obra de alguno de esos compatriotas y muy probablemente se ejecutó poco antes de que falleciera, con lo que sería casi coetáneo del de Gyōshin que he comentado anteriormente. Ganjin se nos presenta con los ojos cerrados y las manos en la posición de meditación.
  
El monje Ganjin, c. 763, laca seca hueca policromada, 80 cm. 
Tōshōdai-ji, Nara. Foto: folleto del templo. 

Compárense las fotografías anteriores de ambos monjes. Gyōshin parece posar ante nosotros, su talante resulta severo, casi desconsiderado. No hay nada en él parecido a la nobleza y serenidad de Ganjin, cuya paz interior se contagia a quien le contempla. Su sencillez, calor humano y capacidad de comunicarse con nosotros a través de su introspección es casi palpable. Sin duda alguna, estamos ante otra de las obras maestras de la estatuaria japonesa de todos los tiempos, una escultura que ciertamente logra conmover a quien la contempla.

Después de este pequeño paréntesis, y confiando que los dioses budistas sean benévolos conmigo, voy a comentar, ahora sí, un par de impresionantes divinidades expuestas en el pabellón dorado de Tōshōdai-ji.

Imágenes en el pabellón dorado de Tōshōdai-ji
El pabellón dorado de Tōshōdai-ji es un modélico ejemplo de arquitectura budista del siglo VIII que custodia un impresionante conjunto de estatuas de las que voy a comentar únicamente un par de ellas. La primera será la imagen central, el conocido como Rushana butsu.

Rushana butsu
El Rushana butsu de Tōshōdai-ji es una imponente escultura de más de tres metros de laca seca hueca, tras la que aparece un enorme halo con cientos de pequeños budas tallados en círculos dorados. La imagen se representa sentada sobre una flor de loto esculpida en un rústico pedestal de madera de casi dos metros de altura y en el que en cada uno de sus pétalos se ha tallado una figura de Buda. En esa base existe una inscripción con los nombres de un escultor, un lacador y un aprendiz, hecho que demuestra la importancia que se concedía en esos años a los maestros de la laca.

Debo explicar que, en realidad y a pesar de la posición de sus manos, estamos frente a un Dainichi nyorai, del que di sus características más generales los días 15 de octubre y 22 de octubre. Lo que no comenté entonces fue que su nombre y atributos podían variar según las sectas e incluso de si representaba uno u otro nivel de personificación divina.

En este caso la mano derecha no agarra el índice izquierdo, sino que la alza juntando el dedo anular con el pulgar, un mudra con el que da su bienvenida a los fieles que han alcanzado un determinado nivel de perfección.

Rushana butsu o solo Rushana es el nombre que otorga a esta imagen una de las sectas budistas más importantes de Japón, la tendai. Pero como ya he dicho en innumerables ocasiones, no deberíamos perdernos en complejas disquisiciones doctrinales, sino intentar impregnarnos del perfume que emanan estatuas como esta, sin duda ejecutadas por artistas como la copa de un pino.

Rushana butsu, segunda mitad s. VIII, 
laca seca  hueca dorada, 305 cm. 
Tōshōdai-ji. Foto: folleto del templo.

Rushana butsu mantiene sus rasgados ojos entreabiertos. Su boca, suavemente cerrada, es pequeña pero de labios muy marcados, algo que se aprecia cuando se contempla de perfil. La articulación de los dedos es muy realista gracias a las varillas metálicas en su interior, un recurso técnico que expliqué en el artículo anterior. Como mandan los cánones, la túnica cubre solo parcialmente el hombro derecho y sus pliegues caen formando una suave curva que rompe la simetría. Todos esos rasgos no hacen más que demostrar la notable destreza alcanzada en el modelado de la laca seca durante el siglo VIII.

Pero al margen de la técnica escultórica, lo importante es lo que se consigue con ella, o mejor dicho, lo que un artista logra cuando, después de dominarla absolutamente, la olvida y supera en aras de la expresividad, comunicabilidad, o como queramos llamarlo. Ante esta estatua, en la penumbra, percibimos su pacífica mirada a través de sus ojos casi cerrados. Sus manos, extremadamente delicadas, nos invitan a que le acompañemos. Su presencia resulta reconfortante, algo que confío empiece a sentir el lector ante algunas de las imágenes budistas que voy mostrando.

Esta obra monumental, situada en el centro del pabellón dorado de Tōshōdai-ji, está flanqueada por otras dos imágenes también de gran tamaño, Senjū Kannon y Yakushi nyorai, con las que forma una tríada ante la cual se disponen seis guardianes divinos de menor altura.

Senjū Kannon
A la diestra de la estatua comentada se encuentra otra enorme escultura dorada de más de cinco metros de alto; es Senjū Kannon, el Kannon de los mil brazos, una escultura modelada en laca seca sobre un núcleo de madera.

La mayoría de las representaciones de Senjū Kannon, a pesar de su nombre y por obvios motivos, solo tienen 40 brazos. Sin embargo, en este caso, además de ese número preceptivo de tamaño adecuado, la imagen tiene centenares de pequeños brazos que nacen de sus costados y que suman los mil que le acuerda la iconografía budista. 

A pesar de lo inverosímil de la presencia de tal cantidad de miembros, la apariencia natural de la estatua no queda afectada y gracias a su apretada distribución se convierten en un gigantesco halo que produce un envolvente efecto plástico y también dramático.

Senjū Kannon, segunda mitad s. VIII, laca seca sobre madera dorada, 
536 cm. Tōshōdai-ji, Nara. Foto: folleto del templo.

Cada uno de los 40 brazos de tamaño “natural” sostiene un objeto diferente como atributo de su labor. Por ejemplo, vemos joyas, un arco, una espada, un espejo, una flor de loto, una rama de sauce, un tridente, un cofre de sutras, un palacio, una rueda dorada, una concha marina y así hasta cuarenta, todos con una simbología concreta. Aunque muchos de ellos se fueron perdiendo con los años y se sustituyeron en sucesivas restauraciones, otros son originales.

La presencia de Senjū Kannon, con sus centenares de brazos y diez cabezas en la corona, resulta impresionante, pero no inquietante como podría suponerse. Las dos parejas de brazos principales, una juntando las manos para rezar y la inferior en la posición de meditación, contribuyen a que desde su altura nos reconforte con sus ubicuos poderes.

No existe aquí la dulce serenidad que exterioriza Rushana butsu, pero en cambio complementa perfectamente esa virtud con su interiorizada actitud, representada por el tercer ojo que apenas de distingue en su frente.

Hoy hemos visitado dos templos de la prefectura de Nara, Hōryū-ji y Tōshōdai-ji, que reúnen en su patrimonio paradigmáticas muestras de arte escultórico japonés del siglo VIII. Han quedado en el tintero muchas imágenes de un enorme nivel artístico, pero como dijo Azorín: lo bueno si breve dos veces bueno.

El martes próximo hablaré de la escultura budista del siguiente periodo, el Heian.