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martes, 23 de julio de 2013

El jardín japonés: el jardín seco o kare sansui, II

Los dos jardines de Saihō-ji
Como prometí la semana pasada, voy a hablar hoy de un jardín seco japonés, creado por Musō Soseki, que representó un hito en la evolución de esa tipología también conocida como kare sansui (puede verse junto: karesansui). Me estoy refiriendo al de Saihō-ji en Kioto, un templo situado en unos terrenos que habían albergado una congregación budista de la secta de La Tierra Pura con un jardín que pretendía evocar el Paraíso Occidental, como los de Byōdō-in o Jōruri-ji que comenté respectivamente los días 25 de junio (verlo aquí) y 2 de julio (verlo aquí).

Cuando se construyó Saihō-ji, Japón vivía uno de los momentos de mayor creatividad en la historia de su jardinería. Me estoy refiriendo al periodo Muromachi (1333-1573), una época de inusitado nivel en todas las especialidades artísticas.

Durante esas centurias las artes japonesas eran comparables a las que florecían en la Italia renacentista, aunque con una diferencia: mientras en las repúblicas transalpinas la escultura estaba a la misma altura que el resto de las artes, en Japón la espléndida calidad de la estatuaria del periodo Kamakura no volvió a encontrarse hasta bien entrado el siglo XX (ya he dicho que tendré que hablar de la escultura japonesa en algún momento).

Sin embargo, la jardinería nipona alcanzó por estos años un nivel que, permítaseme la osadía, estaba muy por encima de la italiana o cualquier otro país europeo. Reconozco que alguien pensará que esa afirmación es discutible, pero creo que quedará demostrada a lo largo de los artículos que iré escribiendo sobre este tema en días sucesivos.

Zona inferior de Saihō-ji
Pero volvamos al tema que nos ocupa. En 1339, Musō Soseki  recibió el encargo de reorganizar el recinto de un antiguo templo para adaptarlo a la congregación zen de Saihō-ji. Su labor consistió en ordenar  la construcción de algunos edificios y reformar parcialmente el jardín. El terreno donde se asentaba el templo constaba de dos áreas muy diferenciadas: una zona inferior, sensiblemente plana y con un estanque, y otra superior que ocupaba un montículo al que se accedía por un empinado sendero. Como ocurre con otros jardines relacionados con Musō, no existen pruebas de que realmente diseñara el de Saihō-ji en su totalidad, solo hay unanimidad en reconocerle la autoría de la zona alta.

Saihō-ji, jardín inferior, siglo XIV, Kioto. Foto: J. Vives.

La zona inferior de Saihō-ji es la que ha otorgado el nombre popular de Koke-dera al templo, debido a la gruesa capa de musgo que cubre todo su terreno. Koke significa musgo y dera es uno de los sufijos empleados para significar que se trata de un templo budista.

El aspecto de jardín del paraíso que debía de tener en sus orígenes se mantuvo solo parcialmente, dado que no existe ningún edificio en las orillas de su estanque. En sus tranquilas aguas se distribuyen discretamente varias islas de tamaño diverso, puentes que las unen y algunas piedras, no muchas. Pero lo que domina el conjunto y le otorga su singular atmósfera es por un lado el esplendoroso musgo que se desparrama por absolutamente toda esa zona y la tenue luz que se filtra por entre los árboles. Esos dos elementos son los principales responsables de un ambiente que me atrevo a calificar de feérico, casi irreal.

Saihō-ji, jardín inferior, siglo XIV, Kioto.
Foto: J. Vives.
Saihō-ji, jardín inferior, siglo XIV, Kioto.
Foto: J. Vives.

El sendero que bordea el lago permite disfrutar tranquilamente de un paseo por su entorno umbrío y misterioso. Los rayos de sol apenas pueden atravesar el denso follaje. La tonalidad verde del exuberante musgo que cubre piedras y puentes lo inunda todo. En otoño, aparece el rojo de las hojas de arce, primero en lo alto, luego, muy pronto, en el suelo, como si abrigaran al húmedo musgo que las acoge complacido.

Aunque esta zona no es un jardín seco, no me he resistido a comentarla mínimamente. Pasear por Saihō-ji se convierte una experiencia inolvidable. Cada visita es diferente, y todas quedan grabadas en nuestra memoria, para siempre.

Zona superior de Saihō-ji
Donde nos espera un verdadero jardín seco, eso sí, quizás algo difícil de descubrir a primera vista si no estamos atentos, es en la zona alta del recinto, a la que accedemos por un camino escalonado. No existe aquí el mullido manto de musgo visto al comienzo de nuestro paseo, la penumbra no es tan cerrada y, como ocurre muchas veces en los jardines japoneses, no parece que la mano del hombre haya intervenido en este trozo de terreno bajo los árboles.

Saihō-ji, jardín superior, siglo XIV, Kioto. Foto: J. Vives.

La fotografía anterior muestra el comprensible deseo que tenemos de, una vez llegado al final del empinado camino, buscar entre los árboles la zona de jardín que acabamos de visitar ahí abajo. Eso hace que, en un primer momento, no nos fijemos dónde nos encontramos. No parece haber nada especial.

Saihō-ji, jardín inferior, siglo XIV, Kioto.
Foto: J. Vives.
Sin embargo, volviendo la vista hacia atrás y olvidándonos por un momento de la deífica visión que tuvimos en el jardín de musgo, detectamos la presencia de un grupo de rocas. Son piedras de tamaño considerable. No hay signos de que provengan de una zona pedregosa de los alrededores. La mayoría están tumbadas. Ahora descubrimos que las piedras aparentan venir de lo alto. Son como un alud que hubiese rodado pendiente abajo hasta detenerse a nuestros pies, donde el terreno es ya más plano.

Sí, es una verdadera catarata de piedras, una “catarata seca”. ¡Qué capacidad de sugerir la fuerza de la naturaleza!, ¡qué sorprendente espectáculo! Nunca antes hubiésemos pensado que unas rocas pudiesen provocar sensaciones tan parecidas a las de un gigantesco salto de agua. ¿Será nuestra imaginación?

No, no lo es. Musō creó en Saihō-ji algo realmente nuevo. Hasta entonces nadie había creado nada igual. Sin utilizar ni una gota de agua, Musō distribuyó grandes rocas para rememorar no solo la presencia física de una cascada, sino el estruendo de su caída. Ciertamente esa decisión nos hace pensar, y eso era lo que deseaba Musō Soseki. Para todo monje zen la meditación formaba parte de las prácticas a realizar diariamente.

Saihō-ji, jardín inferior, siglo XIV, Kioto. Foto: J. Vives.

Gracias a la lección de Musō en Saihō-ji, esa forma de utilizar piedras como elementos fundamentales de la composición de un jardín se convirtió en un nuevo método para afrontar su creación. Durante el periodo Muromachi se construyeron gran cantidad de jardines secos por todo Japón y especialmente en Kioto; unos grandes, otros minúsculos, pero todos aprovechando el poder de sugestión de las rocas, algo que se mantendrá en la jardinería japonesa hasta nuestros días.

Es posible que en Saihō-ji hayamos descubierto la belleza del musgo, el frescor de la penumbra, el olor de las hojas caídas, la fuerza de las rocas o la energía de la naturaleza. Si es así habremos conseguido entreabrir ya una de las puertas del paraíso de los jardines japoneses.

El próximo día hablaré del más famoso jardín seco de Japón: Ryōan-ji. Hasta entonces, pensad en Saihō-ji.