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martes, 13 de enero de 2015

Pintura japonesa de tinta china: la sumi-e ,VI

La pintura japonesa de tinta china: los artistas de la sumi-e, Shūbun
Después de haber visto la semana pasada la obra de los pioneros de la pintura de tinta china en Japón, hoy hablaré de uno de los grandes: Shūbun.

Los artistas japoneses, recordemos que todos ellos monjes ilustrados, aprendieron su oficio a partir de numerosas pinturas que, a finales del siglo XIV, se importaron de China a través de los grandes monasterios budistas de Kioto. Entre ellas había paisajes monocromos de Li Tang (XI-XII), Ma Yuan (XII-XIII) y Xia Gui (XII-XIII), de quienes algún día tendré que presentar mínimamente para que descubramos las fuentes del arte pictórico nipón. Pero hoy nos centraremos en Shūbun.

Shūbun Tenshō
Shūbun Tenshō (activo 1445-50) fue un monje zen que estudió en el templo de Shōkoku-ji de Kioto con Josetsu, promotor en Japón del estudio de las pinturas paisajísticas chinas de la dinastía Song (960-1279) y de quien hablé en el artículo anterior.

Atribuida a Shūbun: Monje leyendo en su cabaña en
un bosque de bambúes
, mediados s. XV,
tinta y color sobre papel, 135x33 cm con caligrafías.
Museo Nacional de Tokio. Foto: Wikimedia Commons.


 Foto: Wikimedia Commons.
Shūbun estudió y asimiló el estilo chino a través de su maestro, el mencionado Josetsu, gracias a lo cual pudo hacer de puente entre la pintura de estilo chino y la verdadera escuela japonesa de sumi-e representada por Sesshū, alumno suyo y del que hablaré en el siguiente artículo. Gracias a un grupo de artistas como él, en menos de cien años Japón pudo ponerse a la altura de sus modelos chinos; eso sí, tratando el paisaje de manera menos idílica y más cotidiana. 

La fotografía anterior y la de la derecha son de una misma obra atribuida a Shūbun. En esta última aparece completa con la pintura, cinco poemas y un texto a modo de introducción o preludio realizados por un calígrafo diferente. La primera ilustración encuadra únicamente la pintura y el aforismo más cercano. Esa es la reproducción que suele mostrarse en la mayoría de los textos sobre pintura japonesa.

Centrándonos en el paisaje, sus trazos más densos definen una diagonal. En la zona alta unos picos lejanos aparecen envueltos por la niebla. En el centro, apenas se vislumbra una cabaña entre bambúes con alguien dentro que está leyendo. Dos retorcidos árboles se inclinan sobre un precipicio. En la parte inferior y a la izquierda, dos personas se dirigen hacia el bosque.

En esta obra, a pesar de la pequeña dimensión de la pintura propiamente dicha, menos de 40x50 cm, y los escasos toques de color, actualmente muy apagados, Shūbun logró crear una notable sensación de espacio y amplitud. Era una forma de representar el paisaje que todavía se mantenía fiel a los modelos chinos monocromos. 

Atribuida a Shūbun: Kanzan y Jittoku
s. XV, tinta sobre papel, 100x37 cm. 
Museo Nacional de Tokio. 
Foto: Wikimedia Commons.
La siguiente foto, a la izquierda, reproduce otra obra atribuida a Shūbun que retrata dos excéntricos monjes chinos de la dinastía Tang (618-907) que, tanto en China como en Japón, tradicionalmente se han representado uno con un rollo, Kanzan, y otro una escoba, Jittoku. Ambos eran personajes iconoclastas que con sus actos aparentemente irracionales ponían en entredicho prejuicios de todo tipo. Uno de sus emblemas era una escoba con la que barrer las falsas creencias, fútiles vanidades y querencias materiales de sus coetáneos. 

Si bien existen pruebas de que la caligrafía de esta obra la realizó un monje zen de Daitoku-ji en Kioto, no se tiene la certeza de que las figuras las ejecutara Shūbun.

Además de pinturas de pequeño formato como las que hemos visto, hay constancia de que Shūbun también creó composiciones de gran tamaño para lujosas residencias. En ellas desplegaba toda su maestría, tanto cuando representaba paisajes cercanos con flores y pájaros, un tema recurrente en el arte japonés, como si plasmaba amplias perspectivas de ríos, bosques y montañas lejanas. Lamentablemente, ninguna de ellas ha llegado hasta nuestros días.

Sin embargo, existen algunos biombos que se han atribuido razonablemente a su pincel, seguramente con la colaboración de sus discípulos. Las fotografías siguientes reproducen un par de ellos. Intentemos imaginarnos que estamos frente a esa pareja de mamparas y situados a unos dos o tres metros de distancia. Desde esa posición, sus más de siete metros de anchura superan claramente nuestro campo visual.

Se abre ante nosotros un impresionante despliegue paisajístico cuya dimensión yo muchas veces califico, quizás un poco frívolamente, como “cinemascópica”. Sin embargo, a pesar de su enorme escala, se trata de una verdadera sumi-e con una factura de extraordinaria sutileza y donde los suaves toques de color pasan casi desapercibidos. 

Ya he comentado en otras ocasiones que en las obras formadas por dos biombos, la composición de un paisaje se desarrolla de derecha a izquierda, creando un relato temporal que se organiza mediante la representación de árboles y plantas cuyo follaje o floración indican inequívocamente la estación del año. Es otra forma de recordarnos la transitoriedad de todo lo que nos rodea.

En algunos casos, la composición prescinde de señalar el paso del tiempo, es decir de las estaciones, para concentrarse en evocar paisajes imaginarios en los que el hombre apenas aparece o, si lo hace, queda empequeñecido por la imponente presencia de la naturaleza. 

Atribuido a Shūbun: Paisaje de las cuatro estaciones, siglo XV, tinta y color sobre papel,
biombo izquierdo de 150x355 cm. 
Museo Nacional de Tokio. Fotos: Wikimedia Commons.


Atribuido a Shūbun: Paisaje de las cuatro estaciones, siglo XV, tinta y color sobre papel,
biombo derecho de 150x355 cm. 
Museo Nacional de Tokio. Fotos: Wikimedia Commons.






























Los biombos anteriores se incluyen en este último grupo. Vemos montañas lejanas que surgen de la bruma, cabañas desperdigadas entre los árboles donde conversan personajes ataviados elegantemente, pescadores en sus botes, granjeros con sus animales, acarreando bultos o en las más variadas labores, cascadas que surgen de agrestes riscos, árboles retorcidos por el viento.

Supongo que el avispado lector habrá detectado ya en esta obra que los elementos de su composición dejan un espacio casi vacío en el centro, es decir, en la zona derecha de la mampara izquierda y en la izquierda de la derecha, un rasgo que se aprecia en muchas pinturas ejecutadas sobre biombos o puertas correderas. Ese gusto por dejar el espacio central casi vacío y concentrar los elementos principales de la composición en los laterales puede rastrearse en casi toda la pintura japonesa.

De todas formas, si no ha caído en ese detalle, no debe preocuparse, porque sin duda ha sido debido a que no he podido colocar las dos fotos de los biombos una al lado de otra, tal y como se exponen siempre en los museos japoneses. Si lo hubiera hecho así, se habrían visto de un tamaño minúsculo. Por ese motivo, he insertado las fotos una debajo de otra y alineada una a la derecha y otra a la izquierda, para al menos insinuar su situación correcta. Confío que de esa manera el lector podrá imaginar mejor el efecto deseado por el autor.

Con esto doy por finalizado este artículo sobre Shūbun, el martes próximo hablaré de otro artista excepcional. Hasta entonces.