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martes, 27 de enero de 2015

Pintura japonesa: las escuelas Tosa y Kanō

Las escuelas Tosa y Kanō en la pintura japonesa
Continúo mis artículos sobre pintura japonesa enlazando con la anterior serie que dediqué a la ejecutada con tinta china y que finalicé la semana pasada. Como contraste respecto a la contención cromática de las obras que comenté en ese momento, hoy hablaré de un tipo de composiciones donde el color jugó un papel fundamental.

Aunque la pintura japonesa monocroma de tinta china fue una de las grandes aportaciones del periodo Muromachi (1333-1573), la antigua tradición colorística del estilo yamato-e no se perdió durante esos años, sino que su continuidad quedó asegurada gracias a las innovaciones aportadas por dos estirpes de artistas que crearon las denominada escuelas Tosa y Kanō.

De esa forma, junto con la monocromática sumi-e, ya comentada en este blog, coexistieron otros dos tipos de pintura en los que el color era protagonista: la ya mencionada yamato-e, representada por la obra de la escuela Tosa, y la kanga, personificada por la escuela Kanō. Mientras los Tosa se inspiraban en temas de la tradición japonesa, los Kanō solían elegir asuntos más proximos a la cultura china.

La escuela Tosa
La escuela Tosa estaba formada por miembros de esa familia que trabajaron como pintores al servicio de la corte imperial de Kioto. Su actividad se inició a principios del siglo XIV, cuando comenzaron a realizar retratos de diferentes shōgun. El más importante artista de esa estirpe fue Tosa Mitsunobu (1469?-1525?) quien se hizo muy famoso como retratista de aristócratas y militares. Su obra abarcó desde pequeños formatos como abanicos o pinturas en rollos hasta biombos y fusuma.

Como ya he dicho, el arte de los Tosa mantenía los presupuestos de la yamato-e: temas basados en asuntos históricos o literarios japoneses y una técnica apoyada en un perfilado muy preciso de las figuras y objetos que encerraba manchas planas de color.

Tosa Mitsunobu: fragmento del primer rollo de Kiyomizu-dera engi emaki, c.1520, tinta y color sobre papel, 40x804 cm, Museo Nacional de Tokio. Foto: Wikimedia Commons.

La fotografía anterior muestra un detalle del primero de los tres rollos de Mitsunobu que relatan la leyenda sobre los orígenes del templo de Kiyomizu-dera. La obra completa consta de un total de 33 escenas y varias caligrafías de notable extensión que describen la fundación de ese famosísimo monasterio de Kioto. En todos los rollos, los fragmentos pintados se alternan con su correspondiente texto, algo muy frecuente en los primeros emakimono del periodo Kamakura como vimos en su día, pero que posteriormente se fue abandonando en aras de una mayor continuidad narrativa. La ilustración siguiente es un detalle de la zona derecha de la anterior.


Tosa Mitsunobu: detalle del primer rollo de Kiyomizu-dera engi emaki, c.1520, tinta y color sobre papel, 40x804 cm, Museo Nacional de Tokio. Foto: Wikimedia Commons.

En esta obra se aprecia el importante papel que desempeña el color, otro de los rasgos de la pintura de estilo yamato-e que los primeros integrantes de la escuela Tosa mantuvieron en su producción.

La escuela Kanō
Al mismo tiempo que la escuela Tosa, a mediados del periodo Muromachi, surgió otra estirpe de pintores alrededor de Kanō Masanobu (c. 1434-1530) y su hijo Kanō Motonobu (1476-1559) que dio origen a la denominada escuela Kanō, una institución que se mantuvo en primera línea hasta finales del siglo XIX.

En sus comienzos, Masanobu y Motonobu, igual que sus predecesores Shūbun y Sesshū, no dudaron en inspirarse en modelos continentales, por lo que inicialmente se les incluyó en la denominada pintura de estilo chino, o en japonés kara-e, calificativo que se aplicaba a las obras monocromáticas de Shūbun y Sesshū. Sin embargo, como veremos enseguida, sus sucesores se distanciaron muy pronto de esos presupuestos, por lo que se acuñó el vocablo kanga para distinguir su producción de la de aquellos maestros.

Kanō Masanobu y su hijo Kanō Motonobu fueron los artífices de un taller pictórico cuyas obras, si bien se calificaban como de pintura de estilo chino, se convirtieron en paradigmas de lo japonés. Los fusuma y biombos creados por artistas de esa estirpe inundaron los templos, residencias y castillos de todo Japón.

De varios de los representantes más reconocidos de la escuela Kanō iré hablando a lo largo de los siguientes artículos, pero ahora haré simplemente algunos comentarios de sus inicios.

La escuela Kanō explotó creativamente gracias a los encargos de señores feudales que recurrían a sus talleres para decorar los interiores de sus villas o castillos. Para satisfacer el gusto de esa clase social, muy poderosa pero de nivel cultural muy por debajo de la educada aristocracia, los Kanō utilizaron un estilo de brillantes colores, figuras gigantescas y fondos dorados que parecía satisfacer los deseos de notoriedad de sus clientes y aunaba una contundencia heredera del robusto trazo de Sesshū y el color de la tradición yamato-e, precisamente la que seguía la escuela Tosa.

Sin embargo, lo que de verdad diferenciaba a los Kanō de los creadores como Shūbun, Sesshū y sus correligionarios era su profesionalidad y, sobre todo, su especialización en la pintura, único arte que practicaban. Hasta entonces, casi todos los pintores eran sacerdotes budistas, como los dos mencionados, que se comportaban como aficionados, pues tanto pintaban unos fusuma o biombos como creaban un jardín o escribían un poema, por los que no precisaban cobrar ningún estipendio para subsistir. 

En vez de centrarse exclusivamente en un sentimiento poético como en el caso de Shūbun o de una visión introspectiva como en el de Sesshū, los Kanō eligieron incorporar lo sensorial a las concepciones de sus predecesores. De esa forma lograron fusionar aquellos planteamientos con el suyo para crear pictóricamente un entorno más real.

Una de las características más evidentes en la producción de los Kanō era su interés en los objetos más que en el espacio, en la corporeidad más que en la atmósfera, algo que los diferenciaba de otros artistas que mantuvieron la tradición del trazo ligero, fresco y casi transparente nacido con la monocromática pintura de tinta china o sumi-e.

La escuela Kanō se ha etiquetado como ecléctica por sus brillantes colores, sus meticulosos detalles y su realismo, características que la convirtieron en idónea como ornamento de interiores. Sin embargo, yo creo que su arte va mucho más allá de ese calificativo, casi siempre utilizado como demérito. Todo eso lo iremos viendo próximos artículos.

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