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martes, 22 de septiembre de 2015

Pintura moderna japonesa: la pintura yōga del periodo Meiji, I

La pintura japonesa de estilo occidental en el periodo Meiji, introducción 
Comienzo hoy la publicación de la primera serie que dedico a la pintura moderna japonesa. Mi idea es que, poco a poco, vaya publicando artículos consagrados a los diferentes movimientos artísticos que surgieron en Japón a partir de mediados del siglo XIX, es decir, desde el periodo Meiji (1868-1912) hasta llegar a nuestros días.

De momento, esta serie tratará únicamente de la pintura japonesa de estilo occidental entre 1868 y 1945, y constará de dieciséis entregas. Eso es lo que tengo previsto. Como comenté en la anterior serie dedicada al ukiyo-e, he decidido que mis artículos aparezcan cada catorce días y no cada siete como hasta ahora. De esa forma, todos iremos un poco más relajados. Así pues, sin más preámbulos, voy a entrar ya en materia.

Pintura de estilo occidental y pintura de estilo japonés
Los cuadros de artistas japoneses que utilizan técnicas occidentales, fundamentalmente el óleo, aunque también cuando representan temas figurativos y emplean la perspectiva y el claroscuro, se denominan pintura yōga. En esta serie solo voy a hablar de este tipo, pero más adelante confío dedicar otros artículos a la de estilo japonés, es decir, a la llamada nihonga. Ambos vocablos se crearon en el siglo XIX para diferenciar la producción de los artistas que en esa época decidieron seguir la vía del arte europeo frente a la de los que continuaban empleando métodos y temas tradicionales japoneses.

Como ya es costumbre en este blog, realizaré un recorrido sensiblemente cronológico. Por eso comienzo por el periodo Meiji, pues mi anterior serie consagrada a la pintura trataba de las obras realizadas en la época Edo (1603-1868).

La apertura de fronteras
Antes de hablar del arte moderno japonés, creo conveniente hacerlo mínimamente de lo que suele llamarse modernización u occidentalización de Japón. Para los interesados en conocer en detalle ese proceso les recomiendo que acudan a las publicaciones que existen sobre el tema. Leer un libro siempre aporta mucho más de lo que puede ofrecer un blog.

Por recomendar solo un par, yo mencionaría el de W. G. Beasley: La restauración Meiji, de Satori Ediciones. En él se explican los acontecimientos políticos y sociales de esa época. El segundo sería el de Ian Buruma La creación de Japón, 1853-1964, de la editorial Mondadori, quien plantea un enfoque diferente en un texto más reducido.

Todo comenzó el 8 de julio de 1853, cuando cuatro navíos estadounidenses, dos de ellos a vapor y todos comandados por el comodoro Matthew Calbraith Perry, anclaron en el puerto de Uraga, en la bahía de Tokio. Creo que podemos imaginarnos el estupor que su llegada debió producir en los lugareños. La ilustración siguiente es de un retrato de Perry.


Artista anónimo: Retrato de Perry, xilografía, 37x25 cm, 1854. 
La inscripción reza: Kita amerika jinbutsu, en horizontal de 
derecha a izquierda, Peruri zō, en vertical de arriba abajo.
 Traducido: “Un personaje norteamericano: retrato de Perry”. 
Foto: Wikimedia Commons.

Tras un primer contacto en el que no pudieron entenderse, finalmente, gracias a que uno de los japoneses que se acercaron en barca a los navíos extranjeros hablaba holandés y que entre los marineros americanos había alguien que también entendía ese idioma, Perry pudo concertar un día para entregar una carta del presidente de los Estados Unidos en un acto protocolario donde ambas partes intentaron impresionar al contrario con sus mejores galas. Sin embargo, no hay duda de que la imponente presencia y el poderío armamentístico de la comitiva extranjera deslumbraron a los japoneses. El grabado de la ilustración siguiente muestra ese encuentro entre ambas delegaciones.


William Heine: Recibimiento de Perry en Yokohama en 1854, litografía, c. 1855.
Foto: Wikimedia Commons. 

La misión de Perry era conseguir que Japón abriese sus fronteras para establecer relaciones comerciales entre ambos países y permitir que los barcos de Estados Unidos pudieran repostar en puertos del archipiélago nipón. Al año siguiente, Perry regresó para firmar el tratado que deseaba entre ambos países. A partir de ese momento, Rusia, Francia, Holanda y Gran Bretaña siguieron los mismos pasos y solicitaron semejantes pactos con Japón. La apertura a Occidente era imparable.

La modernización de Japón
La presencia de extranjeros en el archipiélago nipón, no hizo más que acelerar el gran cambio social que ya se estaba fraguando en el país. Por esos años, parte de la clase dirigente japonesa ya cuestionaba el estricto régimen implantado por el gobierno del shōgun. Pero la nueva situación generó una serie de tensiones entre los partidarios de la apertura de Japón hacia Occidente y los contrarios a ella que aceleraron las trascendentales transformaciones que iba a experimentar el país en poco tiempo.

Todos esos cambios quedaban simbolizados por la figura del nuevo emperador Meiji (1852-1912), quien dio nombre a sus años de reinado y a ese proceso modernizador: el periodo Meiji y la restauración Meiji, respectivamente.

Uchida Kuichi: retrato del emperador Meiji, 1873. Foto: Wikimedia Commons.

No es mi intención hacer un relato histórico de esa época en Japón, pero creo que es importante hacer notar que si bien esos cambios sociales y políticos experimentados en el último tercio del siglo XIX resultaron sorprendentes por su amplitud y profundidad. Los que se produjeron en el ámbito de las artes no les fueron a la zaga.

La pintura en el periodo Meiji
Los artistas japoneses no se quedaron al margen del frenesí renovador que se extendía por todo el país y, una vez abiertas las fronteras, viajaron a Europa para conocer de primera mano tanto el arte clásico del Viejo Continente como las nuevas tendencias. Muchos de ellos permanecieron en Francia o Alemania varios años, durante los cuales intentaron quemar etapas en su aprendizaje.

Hay que tener presente que durante más de 200 años Japón mantuvo un aislamiento casi absoluto respecto del mundo exterior. A lo largo de dos siglos, su única relación con Europa la mantuvo a través de la Compañía Holandesa de la Indias Orientales, a cuyos tripulantes se les tenía confinados en una minúscula isla artificial en el puerto de Nagasaki, ciudad muy alejada de los grandes centros urbanos como Kioto, Osaka o Tokio. En la ilustración siguiente se representa ese minúsculo islote cuya mayor dimensión solo tenía ciento veinticinco metros.

Plano de la isla de Dejima en Nagasaki, 1824-1825. Foto: Wikimedia Commons.

Tras esas dos centurias de reclusión, resultaba lógico que casi ningún japonés tuviera conocimiento de la historia social y cultural europea y que la visión de un cuadro italiano o francés le resultara no solo sorprendente, sino incluso casi incomprensible. La vestimenta de los personajes, la forma de los edificios y por supuesto los temas históricos o mitológicos que se trataban en las obras occidentales resultaban totalmente indescifrables para un japonés.

Pero aún hay más, con la perspectiva geométrica, el dominio del claroscuro y la amplia paleta cromática que se lograba con los pigmentos al óleo se conseguían unos resultados sorprendentes por su increíble realismo. Algo que nunca antes habían visto los primeros artistas nipones que pudieron contemplar directamente obras europeas cuando viajaron al Viejo Continente.

La pintura de estilo occidental frente a la de estilo japonés
Pues bien, esos incipientes y entusiastas contactos con la pintura occidental, tan diferente de la que se había realizado en Japón hasta entonces, si exceptuamos las escasas obras ejecutadas durante la presencia de los misioneros latinos en los siglos XVI y XVII, tuvieron un efecto casi esquizofrénico, si se me permite esta licencia seguramente excesiva.

Me refiero a que las diferencias en los sistemas de aprendizaje, planteamientos artísticos, recursos pictóricos, medios técnicos y resultados, entre lo que podríamos llamar pintura “clásica” europea y de la pintura “tradicional” japonesa, eran tan radicales que condujeron a una división clara entre los artistas que decidían consagrarse a una u otra forma de expresión.

A partir de ese momento, se crearon dos vocablos para definir cuál era el tipo de pintura que practicaba un artista japonés. Se denominó yōga a las obras que utilizaban técnicas europeas, mientras que si empleaban métodos y temas japoneses se calificaban como nihonga

Takahashi Yuichi: Enoshima, 1877, óleo sobre tela, 47x74 cm. Museo de Arte Moderno de Kamakurala. 
Foto: Wikimedia Commons.

La ilustración anterior muestra un óleo de uno de los pioneros de esa técnica, de la denominada pintura yōga. Pero para no hacer demasiado largo esta entrada, prefiero dejar para el siguiente artículo, dentro de dos semanas, el hablar de este y otros artistas precursores de ese nuevo hacer pictórico japonés.

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