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martes, 1 de diciembre de 2015

Pintura moderna japonesa: la pintura yōga del periodo Taishō, I

La pintura japonesa de estilo occidental en el periodo Taishō, Kishida Ryūsei 
En los anteriores artículos comenté muy por encima el drástico cambio político y social que se produjo en Japón durante la segunda mitad del siglo XIX, así como la obra de artistas pioneros que se dedicaron a la pintura al óleo, una técnica prácticamente desconocida en el archipiélago nipón hasta esos años.

Tras aquellos tanteos iniciales, una segunda generación de pintores japoneses descubrió los innovadores movimientos artísticos que iban surgiendo durante los comienzos de la nueva centuria en Europa. Me estoy refiriendo al fauvismo, el cubismo, la abstracción o el dadaísmo. Eso ocurrió durante la segunda y tercera décadas del siglo XX.

Pues bien, en este artículo hablaré de los artistas que trabajaron en ese ambiente, todavía más innovador y rupturista que el que se había respirado en la anterior época Meiji. Vamos a entrar en el conocido como periodo Taishō.

El ambiente del periodo Taishō
Tras el fallecimiento del emperador Meiji, se inició un nuevo periodo histórico, denominado Taishō y que abarcó de 1912 a 1926. Centrándonos en los aspectos culturales, durante ese corto lapso de tiempo se extendió por las grandes ciudades de Japón una fiebre modernizadora entusiasta e imparable.

En la década de los veinte, no resultaba extraño ver en locales y cafeterías de Tokio a jóvenes con pantalones de pata de elefante y largas cabelleras escuchar ensimismados los primeros gramófonos donde sonaba música de jazz, o a muchachas de cabello corto fumar indolentemente al tiempo que saboreaban algún cóctel. En la ilustración siguiente vemos a una de esas chicas modernas de la época, las denominadas moga, vocablo nipón creado a partir de la expresión inglesa moderl girl.

Kobayakawa Kiyoshi: Alegre, de la serie Estilos de maquillaje moderno
1930, xilografía, 43x27 cm. Foto: Wikimedia Commons.

Como consecuencia del incesante incremento de emigrantes procedentes de núcleos rurales, las grandes ciudades de Osaka y Tokio crecieron de manera imparable. Sin embargo, en 1923, un terremoto asoló la capital. En pocos minutos desaparecieron dos terceras partes de sus edificios y fallecieron más de 140.000 personas. Pero una vez más, la gran urbe desplegó toda su energía, y con gran decisión y celeridad se construyeron los nuevos cimientos de la futura metrópolis.

La pintura del periodo Taishō
En lo que respecta a la pintura, los cambios no fueron ni menores ni menos radicales que los sociales. En concreto, el dadaísmo se puso de moda siguiendo la estela desenfadada y hedonista de Berlín, la inquieta capital germana. Pero no adelantemos acontecimientos.

En esta serie de artículos, voy a intentar exponer de manera lo más clara posible la vorágine artística de la época, aunque acepto que se trata de una misión imposible.

A principio del periodo Taishō, los artistas que regresaban a Japón después de haber residido en Europa varios años, sacudieron los cimientos de las tendencias pictóricas occidentales recién introducidas en su país. En ese momento, eran el fauvismo, el cubismo, el futurismo o el expresionismo los movimientos que estudiaban e intentaban imponer en el panorama nipón, siempre ávido de recuperar el tiempo perdido. La distancia entre las vanguardias europeas y japonesas se iba reduciendo claramente.

Lo que se respiraba en esa segunda década del siglo XX, no era más que el preludio de los movimientos verdaderamente radicales y vanguardistas que proliferarán en los años veinte. Pero vayamos por partes y veamos antes la obra de otros artistas no tan rompedores.

Kishida Ryūsei (1891-1929)
Kishida Ryūsei quizás sea el pintor del siglo XX más valorado en el mercado japonés. Desde muy pronto, Kishida estuvo influenciado por los impresionistas y postimpresionistas franceses, a los que estudió “a distancia” copiando de forma autodidacta reproducciones que encontraba en el estudio de Kuroda Seiki, donde había entrado a trabajar en 1908.

Como ejemplos de ese fase inicial de su carrera citaría su primer autorretrato, el de Bernard Leach (del quien hablé en uno de mis artículos sobre cerámica) y, sobre todo, su célebre Zanja en la colina que se muestra en la ilustración siguiente.

Kishida Ryūsei: Zanja en la colina, 1915, óleo sobre tela, 53x53 cm. 
Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio. Foto: Wikimedia Commons. 

Se trata de una obra de atrevido encuadre y en la que el protagonista de la composición es un polvoriento camino erosionado por surcos producidos por el agua. Una sólida valla de tono blancuzco contrasta con los dos colores dominantes, el azul del cielo y el ocre del terreno, una vereda que no podemos saber a dónde conduce.

Sin embargo, Kishida se encontró muy pronto incómodo con el empleo que hacía de unos avances pictóricos que se debían precisamente a una tradición, la europea, no solo muy alejada de la suya, sino de la que no se sentía con derecho para extraer beneficios en forma de estilos que supuestamente rompiesen con ella.

Como consecuencia de tales planteamientos, se exigió a sí mismo explorar un camino que los artistas de su país no habían recorrido aún, a diferencia de los europeos. Debía dirigirse hacia las raíces de la pintura del Viejo Continente. Poco a poco, estudió profundamente, primero, la obra de Goya, a continuación la de Rembrandt, luego la de Mantegna y sobre todo la de Durero, quien se convirtió en su paradigma a seguir.

Fruto de esa época es el retrato de 1916 que se muestra en la ilustración siguiente. En esta obra vemos un personaje representado con un realismo extremo y sosteniendo una casi escuálida flor en su mano derecha, una pose muy “dureriana”.

Kishida Ryūsei: Retrato de Koya Toshio, 1916, óleo sobre tela, 46x34 cm.
Museo Nacional de Tokio. Foto: Wikimedia Commons
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Tras esa etapa, en los años veinte, Kishida abandonó su obsesión realista y volvió su vista hacia el arte oriental y el chino clásico para estudiarlo profundamente. No obstante, su producción más celebrada de esa época parece poco deudora de su investigación de la tradición asiática. Me refiero a la serie de retratos de su hija Reiko que pintó a lo largo de una década, desde 1918, cuando solo tenía 5 años, hasta la muerte del artista. Uno de ellos es el de la ilustración siguiente.

Kishida Ryūsei: Reiko bailando, 1924, óleo sobre tela, 91x53 cm. 
Museo Ōhara de Kurashiki. Foto: Wikimedia Commons.

Durante sus últimos años, Kishida se vio obligado a vivir casi recluido en su residencia a causa de la tuberculosis. Hasta su fallecimiento a los 38 años, su única forma de practicar la pintura fue retratar a su entregada hija convertida en musa. En sus primeros retratos todavía es palpable la búsqueda de un cierto realismo y el gusto por contrastar sus suaves facciones con la textura de sus vestidos. Sin embargo, muy pronto comenzó a alterar las proporciones de la cabeza, manos y ojos de su modelo, un rasgo que se convirtió en recurrente en su etapa final.

En el próximo artículo continuaré este recorrido por la pintura del periodo Taishō hablando de un artista coetáneo de Kishida.