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martes, 10 de diciembre de 2013

Escultura japonesa: escultura budista, VI

La escultura japonesa de los siglos XIII y XIV, periodo Kamakura, primera parte
Finiquitada la época Heian, que comenté la semana pasada, el periodo Kamakura (1185-1333) supuso un cambio radical en la cultura japonesa. Tras el establecimiento del gobierno del primer shōgun en esa ciudad, el poder real se desplazó de la corte de Kioto a la ciudad de Kamakura. Con el estilo de vida de los austeros samurai, se forjó una atmósfera, muy diferente de la que había reinado en la época Heian, que logró impregnar profundamente la sociedad y las artes de Japón.

El hecho que provocó la explosión creativa de la escultura del periodo Kamakura, fue el gran incendio que en el año 1180 devastó la ciudad de Nara como consecuencia de la guerra entre clanes rivales. Tras el desastre, los templos de Tōdai-ji y Kōfuku-ji debieron acometer importantes trabajos de reconstrucción que permitieron a los artistas de la época crear algunas de las más significativas obras de toda la estatuaria japonesa.

Por otro lado, ese gran aumento de la demanda forzó un cambio en la organización de los talleres que producían las imágenes budistas. Si hasta finales del siglo XII gran parte de los escultores habían sido monjes que residían en los monasterios, ahora los creadores comenzaban a independizarse de las congregaciones religiosas.

Uno de los mayores responsables de ese cambio artístico y organizativo fue Unkei (c. 1150-1223). Unkei era hijo de Kōkei (activo c. 1180), un reconocido personaje que formaba parte del gremio de escultores, denominados genéricamente busshi por centrar su trabajo en estatuas budistas. Alrededor de ambos surgieron los más importantes artistas de la talla de los siglos XIII y XIV.

La escuela Kei
La escultura del periodo Kamakura quedó marcada por la actividad de la denominada escuela Kei, apelativo que se le otorgó debido a que la mayoría de sus representantes tenían ese ideograma en su nombre, es decir, pertenecían a la familia de Unkei. La escuela Kei, nacida en la antigua Kioto, alcanzó uno de sus más importantes momentos creativos durante los siglos XIII y XIV.

Uno de los rasgos más característicos de la estatuaria budista de esos años fue su realismo. La serenidad de las tallas creadas en el periodo Heian dejó paso a un tipo de naturalismo que buscaba plasmar los nuevos ideales de una clase gobernante imbuida de espíritu severo y militar.

Unkei y Kaikei
El mencionado Unkei, autor junto con su colaborador Kaikei (¿- c.1226) de algunos de los paradigmas de la escultura japonesa, tuvo la oportunidad en las postrimerías del siglo XII de reparar las imágenes del mandala escultórico de Tō-ji en Kioto que comenté en el artículo anterior. Eso le permitió conocer y estudiar directamente esas obras maestras, madurar su concepción artística y perfeccionar la organización de su taller.

Los guardianes en la puerta sur de Tōdai-ji
Para empezar a entrar en materia voy a hablar de dos de las esculturas más impresionantes surgidas de los talleres de la escuela Kei. Me estoy refiriendo a los guardianes apostados en la puerta sur (nandaimon) de Tōdai-ji, en la ciudad Nara.

Esas gigantescas estatuas se finalizaron en 1203 y su autoría se otorga conjuntamente a Unkei y Kaikei. La colaboración entre los dos artistas llegó a ser tan perfecta que han resultado infructuosas las investigaciones para averiguar qué imagen esculpió cada uno de ellos. Seguramente, más que el fruto de la labor directa y exclusiva de una sola persona, fue el producto de un taller muy bien dirigido por ambos. Por otro lado, la técnica de múltiples bloques de madera empleada en la ejecución de las estatuas, de la que inserté una ilustración en el artículo anterior, se adecuaba perfectamente al trabajo en equipo.

A lo largo de los siglos se han llevado a cabo varias restauraciones de esas dos esculturas, la última en 1989, pero su pintura y dorado han desaparecido casi totalmente, algo que no resta ni un ápice del efecto que producen en los visitantes del templo, quienes al atravesar su viejo portón se sienten materialmente empequeñecidos ante su imponente presencia.

Las fotografías siguientes de ambas imágenes se realizaron antes de esa restauración y se incluyen en el libro de Nishikawa Kyōrarō y Emily Sano: The Great Age of Japanese Buddhist Sculpture AD 600-1300. University of Washington Press, 1982.

Unkei y Kaikei: Naraen kongō
1203,  madera, 8,50 m. Tōdai-ji, Nara. 
Unkei y Kaikei: Misshaku kongō
 1203, madera, 8,50 m. Tōdai-ji, Nara. 



Los dos guardianes de Tōdai-ji, de más de ocho metros de altura, son la cima de la representación escultórica de los clásicos niō japoneses. Su fuerza y energía están plasmadas mediante un rotundo esculpido tanto de su incisiva expresión facial como de su tensa musculatura de cuerpo y piernas. La anatomía de ambas imágenes no resulta nada exagerada a pesar de su volumen y más bien parece haberse transformado en una formidable armadura.
  
Sus cuerpos, apoyados sobre una pierna, quedan perfectamente asentados, pero dispuestos a moverse en cualquier instante. La estola y la posición de los brazos muestran la tensión del momento. Las cejas arqueadas son una señal de su determinación en actuar si fuera preciso. Cuando los contemplamos, la comparación con los guardianes de Hōryū-ji que vimos hace unas semanas parece inevitable, aunque en ella siempre sale vencedor el poderío que emana de la pareja de Tōdai-ji.

Los retratos en el Hōkuen-dō de Kōfuku-ji
Durante los últimos años de su vida, Unkei colaboró intensivamente en los trabajos de reconstrucción del templo de Kōfuku-ji en Nara y en concreto en la talla de nueve esculturas para un pabellón octogonal denominado Hōkuen-dō. Lamentablemente, solo tres de ellas han llegado hasta nuestros días: un Miroku bosatsu y unos retratos de dos monjes. Su autoría suele atribuirse al taller de Unkei, aunque algunos estudiosos lo hacen al propio Unkei.

En otro pabellón octogonal de Kōfuku-ji, el Nan’en-dō, se exponen unas imágenes que talló hacia 1189 el padre de Unkei, Kōkei: una estatua de Kannon, seis de patriarcas budistas y cuatro guardianes celestes. Aunque son obras de gran calidad, creo que todas fueron claramente superadas por las de su hijo que comento a continuación.

En el interior del mencionado Hōkuen-dō actualmente se muestran cinco imágenes, de las cuales solo tres son obra del taller de Unkei o, como piensan no pocos especialistas, del mismo maestro: la central de Miroku bosatsu y las de dos monjes indios del siglo V conocidos en Japón como Muchaku y Sesshin. La figura de Miroku, a pesar de su perfección técnica, en mi modesta opinión, no alcanza el poder comunicativo de los retratos de los dos bonzos que la flanquean y que voy a presentar sin más dilación.

Las siguientes fotografías de ambas imágenes pertenecen al catálogo de la exposición Nara, trésors boudhiques du Japon ancien. Le temple du Kōfuku-ji. Galeries Nationales du Grand Palais, 1996.

Retrato de Muchaku, c. 1212,
madera pintada, 194 cm.
Hōkuen-dō, Kōfuku-ji, Nara.
Retrato de Sesshin, c. 1212,
madera pintada, 186 cm.
Hōkuen-dō, Kōfuku-ji, Nara.









































Las únicas partes visibles del cuerpo de los dos monjes son la cara y las manos, ambas perfiladas delicadamente. El suave acabado de sus facciones y los cristales incrustados en los ojos contribuyen enormemente a su expresión facial. La vestimenta de ambos adquiere un protagonismo notable gracias a las amplias bocamangas y a los pliegues de unas túnicas de peso casi palpable. La combinación de todos esos elementos confiere a las dos imágenes un carácter humano y sereno, muy alejado del distante porte de algunas divinidades budistas, por ejemplo de los guardianes comentados más arriba. Ambos monjes personifican la bondad como pocas veces se ha visto en la escultura japonesa de retratos.

El trío de obras en el Hōkuen-dō son no solo el último legado que nos dejó Unkei, o su taller, sino otra de las cumbres de la imaginería del periodo Kamakura, que es como decir de toda la estatuaria nipona.

Los sucesores de Unkei
La segunda generación de la escuela Kei la formaron los hijos de Unkei y de entre ellos el más reconocido fue Tankei (1173-1256).

Tankei participó muy activamente en la restauración de obras de Nara cuando todavía estaba bajo las órdenes de Unkei. Sin embargo, cuando en 1249 quedó destruido el famoso Sanjūsangen-dō de Kioto, intervino como maestro encargado de la restauración de su enorme panteón de imágenes.

Pero me parece, que dada la entidad de lo que se esconde en ese edificio, es mejor aplazar su visita hasta el martes próximo. Así pues, preparémonos para una impresionante experiencia escultórica.