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martes, 31 de diciembre de 2013

Cerámica japonesa: su primer encuentro con Europa

La exportación de la cerámica japonesa a Europa
Después del artículo de la semana pasada, en el que expuse algunas singularidades de la cerámica japonesa, hoy me gustaría hablar de cómo llegaron a Europa las primeras porcelanas fabricadas en Japón.

Hasta 1543 el Viejo Continente no sabía de la existencia del País del Sol Naciente. Cincuenta años después del descubrimiento de América, fueron los portugueses los primeros occidentales en llegar al archipiélago nipón. El choque cultural que se produjo desde el primer momento fue enorme, tanto desde el punto de vista europeo como del nipón.

Los intercambios mercantiles entre ambas civilizaciones se iniciaron muy pronto. Las armas, tabaco y algunos tipos de alimentos, como los rebozados y el bizcocho, fueron las aportaciones ibéricas a Japón. La seda, laca y cerámica, las japonesas a Europa.

Si bien los portugueses, españoles e italianos parecían más interesados en cristianizar el país que en establecer relaciones comerciales, la situación cambió radicalmente cuando, en 1600, los holandeses llegaron al puerto de Nagasaki. Los neerlandeses, a diferencia de los latinos, se ocupaban más del comercio que de la religión, lo que les permitió, a partir de 1640, ser los únicos occidentales con permiso para acceder al puerto de Nagasaki. Desde esa fecha, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales se convirtió en el puente entre Japón y Europa, y eran sus barcos los que exportaban los productos del País del Sol Naciente que llegaban al Viejo Continente.

La primera cerámica extremo oriental que se conoció en Europa fue la de China, y eso fue mucho antes de que los portugueses descubrieran Japón. Como consecuencia de ello, los europeos de entonces consideraban que la porcelana de ese país era representativa de toda la asiática. Por eso, cuando a partir de mediados del siglo XVII se importaron desde Japón piezas con diseños semejantes, se supuso que pertenecían al mismo entorno cultural y estético.

Dado que los japoneses eran conscientes de que la porcelana china era muy apreciada por los europeos, pensaron que lo más adecuado desde el punto de vista comercial sería ofrecerles piezas de diseño y forma semejantes a las que ya conocían. Por ese motivo decidieron fabricar cerámica de estilo similar al de la china, muy bien aceptada entre la nobleza del Viejo Continente.


Jarra de Arita, c. 1660-1680, porcelana, 36 cm.
Museo de Arte Idemitsu de Tokio.

Foto en Christine Shimizu: La porcelaine japonaise.
Massin, 2002.

En la fotografía anterior se muestra una jarra como las fabricadas en Japón para el mercado europeo. Su motivo decorativo, de color azul bajo cobertura*, es un tema en el que aparecen personajes ataviados con vestimenta china en vez de japonesa.

*Cobertura o cubierta es la última capa de acabado de una pieza cerámica, generalmente un barniz transparente o, a veces, un esmalte de color.

Con la crisis política en China, consecuencia del cambio de la dinastía Ming a la Qing, se produjo una importante reducción de sus exportaciones, situación que favoreció a los japoneses, quienes en 1659 enviaron a Europa, a través de los holandeses, 50.000 piezas cerámicas. En 1712 esa cifra ascendió a 180.000.

Hasta esa fecha, en el Viejo Continente no se sabía cómo crear porcelana. Sin embargo, cuando hacia 1710 los alemanes empezaron a fabricarla, comenzó a reducirse su importación desde Japón, al mismo tiempo que la china iba ganando terreno a la japonesa debido a su menor precio. Eso último sucedió hacia 1750.

Plato imari, 1690-1710, porcelana, 22 cm.
Museo de la Cerámica de la prefectura de Arita.
 
Foto en Shimura Goro: The Story of Imari.
The Symbols and Mysteries of Antique Japanese Porcelain
.
Ten Speed Press, 2008.

Abro un paréntesis para comentar la pieza de la fotografía anterior. La elaborada decoración de peonías y lirios de ese plato le otorga una elegante prestancia, mientras que su asimetría y el amplio fondo blanco, rasgos característicos del arte japonés, le convierten en una pieza singular dentro de la producción nipona destinada al mercado europeo. Cierro el paréntesis y sigo con el relato.

Como consecuencia de la aparición de centros productores de porcelana, primero en Alemania y luego en otros países, entre 1750 y 1850 la cerámica nipona tuvo muy poca presencia en Europa. En esa época, la que llegaba a los palacios del Viejo Continente era fundamentalmente china o filipina, aunque no solo a través de los holandeses, sino también de ingleses y franceses, por esos años ya presentes en Asia, además de los ibéricos.

Voy a intentar sintetizar en un cuadro la evolución de las exportaciones de porcelanas chinas y japonesas a Europa.

1350: primeras exportaciones de porcelana china a Europa
1644: crisis en China y reducción de sus exportaciones a Europa
1659: envío de 50.000 piezas de porcelana japonesa a Europa
1684: reinicio de la exportación de porcelana china a Europa
1710: fabricación de la primera porcelana en Meissen
1712: envío de 180.000 piezas de porcelana japonesa a Europa
1750: reducción drástica de las exportaciones de Japón a Europa

En 1853 se produjo un hecho trascendental. Japón que en 1640 había cerrado sus fronteras drásticamente, permitiendo la entrada únicamente a los neerlandeses, y solo en el puerto de Nagasaki, las tuvo que abrir presionado por los barcos y cañones americanos. Como consecuencia, se produjo una nueva ola de productos japoneses que llegaban a Europa y esta vez también a Norteamérica.

A partir de ese momento, comenzó el descubrimiento del arte de Japón por parte de Occidente. Sus grabados policromos fueron las primeras obras cien por cien japonesas que admiraron los artistas y coleccionistas europeos y americanos. No solo no había en ellos ninguna mixtificación para satisfacer el gusto europeo de la clase pudiente, sino que en muchos aspectos resultaban radicalmente innovadores para los inquietos pintores franceses de esos años, quienes no dudaron en realizar copias en óleo de muchos de ellos.

Las exposiciones universales de la época hicieron el resto. En sus recintos se empezaron a mostrar productos artísticos del antiguo Japón en edificios construidos en estilo tradicional y rodeados de exóticos jardines. El japonismo se puso de moda y muy pronto aparecieron movimientos como el art nouveau, el modernismo o el art deco que no podían negar la influencia del arte nipón.

Miyagawa Kōzan I: florero, periodo Meiji, porcelana, 29 cm. 
Galería Fying Cranes Antiques, Nueva York.
Foto en Nancy N. Schiffer: Japanese Porcelain 1800-1950.
Schiffer Publishing, 1999.

En la vasija de porcelana de la fotografía anterior, creada por el ceramista Miyagawa Kōzan I (1842-1916), se aprecia el perfil del inconfundible Fuji, el símbolo de Japón más conocido en todo el planeta. El motivo decorativo de esta pieza, con la imagen del volcán destacando por encima de unas montañas de aspecto chinesco que surgen de entre la niebla, la convierte en un producto idóneo para el mercado occidental.

Llegado a este punto, hay que remarcar que la porcelana japonesa que se conocía en Europa y América hasta casi finales del siglo XIX, nada tenía que ver con la cerámica que se vendía y empleaba en Japón. Es más, su estilo se encontraba en las antípodas de lo que era familiar a los japoneses.  Como consecuencia de ello, en Occidente apenas nada se conocía de la verdadera y original producción alfarera nipona.

Fue un profesor americano, Ernest Fenollosa (1853-1908), y un rico mecenas, William Sturgis Bigelow (1850-1926), quienes con la colaboración de un joven japonés, Okakura Kazukō (1862-1913), autor del famoso El libro del té, lograron crear la que, todavía hoy, es la colección de arte japonés, cerámica incluida, más importante de todo Occidente en el Museo de Bellas Artes de Boston. En Europa otros voluntariosos coleccionistas ingleses, franceses, alemanes e italianos también se distinguieron por su interés por el verdadero arte nipón, pero ninguno de ellos pudo compararse con los americanos.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos qué y cómo es realmente la verdadera cerámica japonesa, esa que digo no tiene nada que ver con la occidental. Pues bien para verlo y sobre todo para entender cómo nació, debería empezar por el principio. Pero eso lo dejo para el artículo que publicaré el próximo martes. Tendremos que viajar muchos, muchos siglos atrás.