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martes, 7 de enero de 2014

Cerámica japonesa: el nacimiento de un estilo

Los orígenes de la cerámica japonesa
Tras los anteriores artículos introductorios, voy a comenzar hoy un corto recorrido por la historia de la cerámica japonesa con el que intentaré ofrecer una visión general y muy concisa de su evolución a lo largo de los siglos.

Todo empezó hace mucho, mucho tiempo. Hoy por hoy, las investigaciones arqueológicas demuestran que la cerámica más antigua del planeta es la japonesa. Sin embargo, en 2009 se descubrieron restos en China que podrían ser todavía anteriores. Centrándonos en el caso japonés, estamos hablando del entorno de unos 10.000 años antes de Cristo.

Dando un enorme salto y dejando para otro día el comentar la alfarería que se hacía en Japón con anterioridad al año 3000 a. C., la que nos ha llegado de esa época resulta sorprendente y de una elaboración y expresividad únicas. Con el transcurso de los siglos, las primitivas piezas de terracota fueron decorándose con incisiones producidas con objetos punzantes, impresiones realizadas con cuerdas o conchas marinas y, sobre todo, con “cordones” de arcilla. Poco a poco, la complejidad de esas ornamentaciones fue incrementándose hasta límites realmente asombrosos. La vasija de la foto siguiente es un ejemplo de ese tipo de cerámica de la época Jōmon (10.000 a.C.-300 a.C.).

Vasija, mediados del período Jōmon, terracota, 32 cm. 
Museo Nacional de Tokio. 
Foto en Gabriele Fahr-Becker: Arte Asiático. Könemamm, 1999. 

La exuberancia decorativa de piezas como la que aparece en la fotografía anterior hace suponer que su uso debía ser ritual. A pesar de que la originalidad de esa vasija pueda hacernos creer que se trata de un objeto único, no es así, pues terracotas con parecida ornamentación se exponen en diferentes museos de Japón. La modernidad de su expresionista decoración resulta sorprendente todavía hoy; sin embargo, la cerámica japonesa abandonó muy pronto ese camino. No será hasta el siglo XX cuando los alfareros nipones volverán su vista hacia ese tipo de recipientes prehistóricos para inspirarse en su fuerza y energía plásticas.

Debo aclarar que no comentaré en esta serie las figuras antropomórfica de terracota realizadas durante esos años prehistóricos, porque prefiero centrarme en la creación de vasijas y recipientes y dejar para otro momento el hablar de esos objetos escultóricos.

En los albores de nuestra era, esa forma de decoración flamígera desapareció totalmente de la cerámica japonesa para ser sustituida por otra, de estilo mucho más contenido, que insinuaba ya algunas de las características de la futura alfarería de Japón. Un ejemplo de ese nuevo enfoque se muestra en la fotografía siguiente.

Vasija, período Yayoi, s. I-II, terracota, 28 cm. Colección particular.
Foto en Stephen Addiss: How to Look at Japanese Art.
Harry N. Abrams, 1996.

Los alfareros japoneses del periodo Yayoi (300 a.C.–300 d.C.), del que data la vasija de la ilustración anterior, se decantaron por un tipo de decoración muy sencilla que solo consistía en leves incisiones o peinados. Por otro lado, la arcilla que empleaban ya era de mejor calidad, lo que les permitía modelar paredes más finas. Finalmente, descubrieron que el fuego de la hoguera donde realizaban la cocción generaba aleatoriamente unas manchas en la superficie de las piezas que les parecían muy atractivas. Todas esas características se aprecian en la vasija de la fotografía anterior. 

Pues bien, ese gusto por una decoración muy restringida y por los efectos imprevistos producidos durante la quema será una de las constantes de la cerámica japonesa. Una preferencia que se encuentra de una u otra forma en todas las artes plásticas de Japón.

La influencia china
Hasta el siglo IX, la influencia china en las manifestaciones artísticas japonesas fue no solo enorme, sino decisiva para el nacimiento de una cultura verdaderamente nipona. Lógicamente, la cerámica no podía ser diferente.

La pieza que se muestra en la siguiente fotografía es uno de los primeros ejemplos del empleo de esmalte para la impermeabilización de recipientes. Hay que recordar que hasta entonces todos los objetos habían sido porosos debido a su cocción a baja temperatura, es decir, eran lo que se denomina terracota. Con la aplicación de un revestimiento sobre las vasijas antes de proceder a su quema, se lograba hacerlas impermeables y se abrían enormes posibilidades decorativas.

Recipiente sansai, s. VIII, loza, 4 cm. Museo de Arte Suntory de Tokio.
Foto en Life and beauty. Form and desing for feast. Museo de Arte Suntory, 1999.

En realidad tales recipientes, como el de la fotografía anterior, se inspiraban en otros muy parecidos creados en China durante la dinastía Tang (618-907), una prueba más de la influencia que ejercía ese país en las artes de Japón.

Sin embargo, esos inicios decorativos y policromos tampoco tuvieron continuidad en la cerámica japonesa. Como veremos a lo largo de estos artículos, los alfareros nipones prefirieron los colores obtenidos exclusivamente de forma natural, gracias a la acción del fuego durante la cocción de las piezas, en vez de los que se podían lograr con la aplicación de pigmentos. Su gusto huía de los excesivos efectos cromáticos y se inclinaba hacia las sutiles variaciones en el tono de un único color.

Con ello se ponía de manifiesto que si bien en un principio los modelos chinos habían servido de inspiración tanto formal como técnica, con los años, los japoneses prefirieron distanciarse de una estética que no les satisfacía. La simetría y brillantez de los objetos del gran país continental demostraban una pericia envidiable, pero su estética les resultaba, en el fondo, poco atrayente.

Pues bien, vamos a ver ahora cómo surgieron las características más representativas de la cerámica japonesa. Insisto en que eran completamente diferentes de las que tenían las piezas exportadas de Japón a Europa que comenté en el artículo anterior. Precisamente a partir de estas últimas se forjó nuestra idea de la cerámica nipona, sin duda muy alejada de la real. Ese malentendido todavía se mantiene hoy en gran medida.

El vitrificado natural
En cierto momento, allá por los siglos VIII y IX, los alfareros japoneses descubrieron que cuando superaban en sus hornos los 1000 o 1100 grados se producía accidentalmente un vitrificado muy característico.

Lo que observaron fue que ese efecto se conseguía cuando las cenizas que volaban por el interior del horno se precipitaban sobre la superficie de las piezas, produciendo una especie de acabado de aspecto vítreo que las impermeabilizaba. Como el resultado les resultaba muy atractivo, decidieron provocar ese fenómeno de forma voluntaria controlando mínimamente el proceso. Un buen ejemplo de ello es la vasija de la siguiente fotografía.

Vasija sanage, s. IX, gres, 23 cm. Museo de Cerámica de la prefectura de Aichi.
Foto en Yakimono. 4000 Years of Japanese Ceramics. Hawaii Academy of Arts, 2005.

La pieza de la ilustración anterior procede de los hornos de Sanage y está catalogada como Importante Bien Cultural. Precisamente los artesanos de esa población fueron los primeros en provocar “de forma voluntaria” la vitrificación de sus vasijas. Con lo de “forma voluntaria” me refiero a que buscaban resultados diferentes, siempre imprevisibles y aleatorios, variando las condiciones en el interior del horno e incluso empleando diversos tipos de madera. El tono claro de su cuerpo y el verdoso del vidriado eran característicos de la cerámica tardía de Sanage.

Los lagrimeos, cráteres y gránulos en el cuerpo de esos recipientes les otorgaban una presencia humilde y sencilla; a la vez que se mantenía una tradición que se remontaba a los inicios de la era cristiana, es decir, hasta el periodo Yayoi, del que comenté una pieza al principio de este artículo, y que consistía en rechazar cualquier tipo de revestimiento que ocultara la naturaleza de la arcilla, producto natural por excelencia.

Vasija tokoname, s. XII, gres 50 cm. Museo de Arte Idemitsu de Tokio.
Foto en Christine Shimizu: Le grès japonais.
Massin, 2001.

En la vasija de Tokoname de la fotografía anterior pueden distinguirse algunas de las características de la cerámica medieval japonesa:

  • una sola tonalidad general que varía sutilmente sin cambios bruscos,
  • una textura muy marcada donde aparecen restos de las cenizas que han salpicado la superficie de la vasija, en este caso en su hombro,
  • lagrimeos producidos por la fusión parcial del recubrimiento de cenizas, en el centro de la fotografía.

 Pues bien, esos acabados irregulares y esas texturas rugosas serán algunas de las marcas de identidad de la cerámica japonesa a lo largo de toda su historia, incluso en nuestros días.

Vistas estas dos últimas vasijas, el lector seguramente ya empezará a entender cuáles eran las intenciones de los ceramistas japoneses y cuáles eran los aspectos plásticos que tanto valoraban. Pues bien, si es así se encontrará en una estupenda posición para deleitarse no solo con la cerámica de Japón, sino con todo su arte.

Puedo afirmar que quien disfrute de la cálida y sencilla belleza de un recipiente medieval japonés, podrá emocionarse con cualquier manifestación artística nipona. Esta aseveración no es más que una manera de resaltar que las artes del País del Sol Naciente, todas ellas, tienen algo en común que refleja el gusto de sus gentes por ciertos aspectos formales o visuales. Precisamente, comenté algunos de ellos al final del primer artículo de esta serie.

En la entrega del martes próximo avanzaremos un poco más en la historia de la cerámica en Japón.