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martes, 3 de marzo de 2015

Pintura japonesa: la escuela Kanō V

La escuela Kanō de pintura japonesa: Kanō Sanraku
Continúo hoy el recorrido por la escuela Kanō de pintura japonesa. Después de hablar el martes pasado de Eitoku, hoy lo haré de Kanō Sanraku (1559-1635). En realidad, Sanraku era hijo de un militar de rango medio servidor de Hideyoshi, quien al descubrir su talento le recomendó para que se le aceptara en el taller de Eitoku. Más tarde, Sanraku adoptó el apellido de la ilustre familia de artistas.

El saber hacer de Sanraku le convirtió en un perfecto sucesor de Eitoku y un inspirado continuador de una obra que encarnaba como ninguna otra el ambiente de lujo y esplendor del periodo Momoyama (1573-1603). En 1592, Hideyoshi le encargó la decoración de uno de los emblemáticos castillos de la época, el de Fushimi, en el sur de Kioto.

En la obra de Sanraku las nubes doradas se convierten en idóneos fondos para sus coloridas flores y enormes árboles que nunca se muestran totalmente. Si nos acercamos lo suficiente, en algunos de sus biombos observaremos cierto relieve en los pétalos o incluso en la superficie de oro. Ese efecto se conseguía aplicando gofun, un polvo obtenido al triturar conchas marinas, un producto muy utilizado por los artistas japoneses para crear cierta textura en sus pinturas. Pero veamos ya tres obras representativas del quehacer de Sanraku y su taller.

Ciruelos
En el templo de Daikaku-ji en Kioto, Sanraku decoró las puertas correderas de uno de sus edificios principales con una serie de pinturas de enorme impacto visual y basadas en el clásico tema de flores y plantas. En la fotografía siguiente se reproduce un juego de cuatro puertas correderas (fusuma). Su tema central son dos ciruelos en flor.

Kanō Sanraku: Ciruelo, 1620, tinta, color y oro sobre papel, 184x99 cm cada hoja.
Daikaku-ji, Kioto. Foto: Wikimedia Commons.

La asimétrica composición sitúa los arranques de ambos árboles en las hojas de la izquierda, haciendo que uno de ellos desaparezca inmediatamente de su marco para continuar más allá del pilar que lo separa de las puertas vecinas. Pero el ciruelo protagonista de esta zona tampoco es visible totalmente, sino que su curvado tronco y su copa desaparecen muy pronto entre nubes doradas. Solo vemos dos pájaros: uno sobre una rama en el panel derecho, y otro sobre una roca en la hoja izquierda.

Las ramas de los dos árboles, puntuadas por los primeros capullos rojizos, se dirigen horizontalmente hacia la derecha, un recurso compositivo empleado para equilibrar el conjunto, pero que a mí siempre me produce la impresión de que desean escapar del encuadre al que les ha sometido en pintor, quizás en busca de algo situado más allá.

Como suele ser usual en la pintura japonesa de estos años, los elementos en primer plano se sitúan en la zona baja, mientras que la superior queda cubierta totalmente por doradas nubes que crean un fondo uniforme sobre el que destacan ramas, flores y aves.

Peonías
En otra sala del mismo edificio, Sanraku decoró las puertas de tres de sus lados con un despliegue de enormes peonías que generan un refrescante ambiente primaveral. Hablé de la simbología de esa flor en uno de los artículos consagrados a Kanō Eitoku. Como es usual en estos casos, la composición global de la obra no se deja interrumpir por los finos marcos lacados en negro de cada hoja. Ni siquiera los pilares, de unos veinte centímetros, pueden evitar que las ramas y flores los atraviesen para indicar claramente que el desarrollo pictórico fluye por todas las “paredes-puertas” sin solución de continuidad.

En la ilustración siguiente se ofrece una vista parcial de esa sala. En ella puede apreciarse la "discontinuidad" que producen los marcos de las puertas correderas y los pilares de madera. Obsérvese que las hojas del lado izquierdo son más anchas que las del derecho, ello es debido a la mayor separación de los pilares.

Kanō Sanraku: Ciruelo, 1620, tinta, color y oro sobre papel, 184x99 cm cada hoja. 
Daikaku-ji, en depósito en Museo Nacional de Kioto. Foto: Fuente desconocida.

En las fotos siguientes se reproducen dos de los fusuma de uno de los lados de la sala mencionada. Aunque aquí aparecen independientemente, en su emplazamiento original quedan separados solo por una esbelta columna de madera. En la vista de la sala de la ilustración anterior, son los dos conjuntos de la derecha, aunque del más extremo solo son visibles una hoja y media de otra . 

Kanō Sanraku: Ciruelo, 1620, tinta, color y oro sobre papel, 184x99 cm cada hoja. 
Daikaku-ji, en depósito en Museo Nacional de Kioto. Foto: Wikimedia Commons.








Kanō Sanraku: Ciruelo, 1620, tinta, color y oro sobre papel, 184x99 cm cada hoja. 
Daikaku-ji, en depósito en Museo Nacional de Kioto. Foto: Wikimedia Commons.


























Elementos como el pilar, los marcos de las hojas correderas o incluso los tiradores rehundidos, ajenos a la obra pictórica propiamente dicha, no deben distraer la apreciación de una composición envolvente y muy sugestiva, pues son teóricamente invisibles. Las únicas protagonistas en toda la estancia son las enormes peonías.

En los dos conjuntos de puertas correderas, Sanraku presenta los racimos de flores primero, en las hojas de la derecha, asentándolas en su parte inferior y a continuación, en las de la izquierda, aislándolas en el centro, como si flotasen en una atmósfera dorada. El contraste entre el verde y blanco de las plantas y el omnipresente fondo áureo logra un primaveral y refrescante efecto que invita a recorrer todas las paredes, en realidad puertas, de la gran sala.

Tigres y dragones
Los tigres y dragones son animales míticos y signos del zodíaco chino. Los rasgos que se asocian al tigre en China resultan lógicos para nosotros los occidentales: valor, astucia, fuerza. Sin embargo, los que se atribuyen al dragón, pueden sernos algo más extraños: sosiego, benevolencia, calma.

En Japón, el dragón suele representarse como un híbrido de varios animales con garras de ave, cuernos en la cabeza y cuerpo de serpiente. Es un ser indulgente y noble que otorga prosperidad y protege a los hombres de los demonios. Puede volar y vive en el cielo, ríos, lagos o mares.

Es decir, tigres y dragones son dos animales que representan temperamentos opuestos o, mejor dicho, complementarios: el dinamismo frente a la tranquilidad. Por otro lado, el bambú simboliza resistencia y longevidad, por cuanto es el único árbol (en Japón puede ser tan alto como un árbol) que puede resistir el paso de un tifón.

Pues bien, tigres, bambúes y dragones aparecen frecuentemente en el arte japonés y también en la obra de Sanraku, como la que muestra la ilustración siguiente.

Kanō Sanraku: Tigres y dragones, c. 1633, tinta, color y oro sobre papel,
biombo izquierdo, 178-357 cm. 
Tenkyū-in, Myōshin-ji, Kioto. Foto: Wikimedia Commons.






  
Kanō Sanraku: Tigres y dragones, c. 1633, tinta, color y oro sobre papel,
biombo derecho, 178-357 cm. 
Tenkyū-in, Myōshin-ji, Kioto. Foto: Wikimedia Commons.

Se trata de dos biombos donde ambos animales aparecen mirándose, pero sin entrar ninguno de ellos en el territorio del otro, su propia mampara. En el panel izquierdo, los cuerpos de los felinos se recortan nítidamente sobre el fondo dorado. Casi fuera del encuadre, el viento mueve las hojas que cuelgan de unos gruesos bambúes.

En la zona central del conjunto, cabalgando entre los dos biombos, aparecen unas pocas plantas y unas rocas. Son los elementos que dejan claro la continuidad de la composición. Del otro extremo inferior de la mampara derecha surgen parte de un tronco envejecido y una escuálida rama de un ciruelo. Curiosamente, esta parece emular al largo bigote del dragón que vuela por encima de ella.

El tigre y el leopardo adoptan posturas diferentes. El primero parece huir del dragón que asoma en el cielo entre remolinos. De nuevo el vacuo fondo dorado domina la composición, muy dinámica del lado de los felinos, como corresponde a su carácter, y más calmada, aunque con no menos energía, del lado del dragón.

Podría seguir hablando de otros artistas de la escuela Kanō y presentar obras que salieron de sus talleres en los siglos XVIII y XIX, pero creo que es mejor dejar algo para otro día. Los “atracones” nunca son buenos.

Así pues, con esto doy por finalizada esta primera entrega sobre la escuela Kanō. El martes próximo comentaré la obra de un artista independiente cuya singular producción compitió en fama y calidad con la de los talleres Kanō y en concreto con la de Eitoku.