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martes, 3 de noviembre de 2015

Pintura moderna japonesa: la pintura yōga del periodo Meiji, IV

La pintura japonesa de estilo occidental en el periodo Meiji, Kuroda Seiki 
Continúo hoy los comentarios que inicié en el anterior artículo sobre los precursores de la pintura moderna japonesa de estilo occidental, y lo haré presentando a un artista frecuentemente emparentado con Asai Chū, de quien hablé hace quince días. Me refiero a Kuroda Seiki.  

Kuroda Seiki (1866-1924)
Kuroda Seiki fue uno de los personajes más influyentes en la pintura japonesa de estilo occidental de principios del siglo XX. Aunque nacido en el seno de una familia de samurai, como Asai Chū, Kuroda fue adoptado por su tío, un importante político del periodo Meiji. Esa acomodada situación le permitió viajar a París para estudiar derecho con solo dieciocho años. Sin embargo, los proyectos familiares se truncaron cuando los compatriotas que encontró en la capital gala le convencieron para que abandonara los libros de leyes y se dedicara a la pintura.

Su estancia en la capital gala duró diez años, durante los cuales Kuroda frecuentó el Louvre, tomó apuntes al aire libre y descubrió el mundo de los impresionistas. Cuando en 1893 regresó a Japón, abrió una academia de pintura y tres años más tarde ingresó como profesor en la Escuela de Bellas Artes de Tokio, desde donde ejerció una decisiva influencia en las jóvenes generaciones.

La obra de Kuroda puede calificarse de ecléctica, es decir, mientras empleaba la técnica occidental del óleo, no tenía ningún reparo, a diferencia de Asai, en retratar personajes en kimono o ambientes tradicionales nipones, eso sí, siempre con un cromatismo ligero y transparente. Un ejemplo de esas características es la obra de la ilustración siguiente, una de las primeras que ejecutó recién llegado de Francia.

Kuroda Seiki: Maiko, 1893, óleo sobre tela, 53x45 cm. Museo Nacional de Tokio. 
Foto: Wikimedia Commons.

La paleta de Kuroda se mostró desde el principio mucho más clara que la de los alumnos de Fontanesi, de quien Asai había sido también discípulo. Esa disparidad hizo que muy pronto se diferenciaran sus respectivos estilos: el de los seguidores de Fontanesi y el de los de Kuroda. De los primeros se decía que pertenecían a la escuela denominada yani-ha, debido al color terroso de sus obras, semejante a la resina (yani). A los segundos se encuadraba en la escuela murasaki-ha, por dominar en sus cuadros los tonos violetas (murasaki).

Kuroda Seiki: La siesta, 1894, óleo sobre tela, 50x61 cm. Kuroda Memorial Hall de Tokio.
Foto: Wikimedia Commons

La obra de la ilustración anterior la realizó Kuroda durante el verano de 1894 en Kamakura, lugar donde residía y en el que se encontraba a menudo con otros pintores para recorrer los alrededores y tomar apuntes en la mejor tradición del plein air francés. En este óleo, el artista japonés consiguió con sus marcadas pinceladas capturar la vibración de los rayos de sol cuando se filtran a través del follaje de los árboles y se proyectan sobre una joven adormilada en la hierba una tarde de estío.

El óleo titulado En el borde del lago, que se muestra en la siguiente ilustración, es uno de los más célebres de Kuroda y también de la pintura japonesa finisecular, aunque para no provocar desavenencias entre los tradicionalistas debería decir de la de estilo occidental.

Kuroda Seiki: En el borde del lago, 1897, óleo sobre tela, 68x83 cm. Kuroda Memorial Hall de Tokio. 
Foto: Wikimedia Commons.

Ese cuadro lo pintó Kuroda durante una estancia en Hakone, un lugar muy popular por su paisaje y aguas termales. La joven queda descentrada claramente en el encuadre, su atuendo está en perfecta sintonía con la atmósfera veraniega y el paisaje se convierte casi en un fondo que apenas distrae la atención. Rasgos, todos, emparentados con las maneras clásicas japonesas, pero que tras su descubrimiento por los impresionistas franceses ya no resultaba tan claro a qué tradición respondían.

Kuroda Seiki: Un día soleado, 1897, óleo sobre tela, 50x61 cm. Museo de Arte de la Prefectura de Aichi. 
Foto: Wikimedia Commons.

El óleo de la ilustración anterior retrata un característico paisaje rural japonés con una factura más suelta y desenfadada que en el célebre En el borde del lago. Es casi un apunte al aire libre, un método que Kuroda aprendió y practicó asiduamente durante su estancia en Francia.

Con esto concluyo este corto artículo. Dentro de dos semanas veremos la obra de otro artista del periodo Meiji.