Daishin-in cuenta con un recoleto jardín seco muy tranquilo y cuya composición se distingue claramente de otras por su sencillez. Su diseño es obra del gran maestro Nakane Kinsaku (1917-1995).Twittear Seguir a @JavierVivesRego
Daishin-in cuenta con un recoleto jardín seco muy tranquilo y cuya composición se distingue claramente de otras por su sencillez. Su diseño es obra del gran maestro Nakane Kinsaku (1917-1995).Hace dos semanas dejamos el tema de la pintura japonesa en
las obras en rollo y en concreto hablando del Heiji monogatari emaki. Hoy entraremos
ya en una de las épocas de mayor renovación y esplendor del arte japonés: los
siglos del XIV al XVI.
Durante el periodo Muromachi (1333-1573) surgió en Japón un nuevo estilo de pintura que utilizaba casi exclusivamente la tinta china, llamada en japonés sumi, y en la que solo en algunas ocasiones se aplicaban unos pequeños toques de color. Las obras realizadas con sumi se denominan sumi-e, término más o menos sinónimo de suiboku-ga.
Para más información sobre el sumi-e
El 9 de diciembre de 2014 publiqué el primer artículo de una serie de siete sobre la pintura con tinta china que enlazaba con otro en el que se mencionaba su relación con el budismo zen. Este enlace abre una pestaña independiente con esa primera entrada.
En esos años, el budismo zen estaba perfectamente asentado en Japón y ya era costumbre que los monjes de esa escuela importaran pinturas chinas para estudiarlas. De acuerdo con su doctrina, el intentar describir la naturaleza, tema por el que sentían una especial inclinación, estaba condenado al fracaso si solo se buscaba su reproducción exacta, por elaborada que fuera. En consecuencia, prefirieron sugerir antes que representar, abandonaron los colores empleados en épocas anteriores, se decantaron hacia el monocromatismo que proporcionaba la tinta china y sustituyeron los temas religiosos por los relacionados con el paisaje, las flores y plantas y las aves.
Dos precursores
La siguiente ilustración es un retrato de un monje zen llamado Daido Ichii (1292-1370) realizado por un correligionario y discípulo de nombre Minchō (1352-1431). A pesar de su reducido tamaño, esa obra es un buen precedente de lo que será la futura sumi-e creada por religiosos zen. Los trazos quebrados de las rocas adelantan los que años más tarde utilizará Sesshū. El ciervo aparece tratado con una suave veladura que da volumen a su cuerpo.
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| Atribuido a Minchō: Daido Ichii, tinta sobre papel, 47,0x16,2 cm, periodo Muromachi, 1394. Museo Nacional de Nara. Foto: web del museo |
En el anterior artículo hablamos de la pintura budista realizada en el periodo Heian (794-1185). Hoy lo haremos de la pintura en rollo, un tipo de pintura creada en la siguiente época, la Kamakura (1185-1333).
La pintura de los siglos XII y XIII
Poco a poco, las características de la pintura japonesa se irán
distanciando de los modelos continentales para crear un estilo propio. Sus
rasgos podrían resumirse en estos:
·
Uso de la perspectiva axonométrica, no de la
cónica.
·
Empleo de tintas planas, no del sombreado.
·
Protagonismo de la naturaleza, no del ser humano.
·
Ocultamiento parcial del entorno, sugerencia.
·
Importancia del vacío.
·
Asimetría.
La editorial Satori acaba de publicar un libro con sendas traducciones, directas del japonés, de dos obras maestras del teatro nō y kabuki tituladas, respectivamente, Kantan y Kanjinchō. Su título es Japón a escena. Teatro nō y kabuki. La traducción de ambas piezas se encargó a Mariló Rodríguez del Alisal, una reconocida antropóloga y pionera en España de la enseñanza del japonés. Mi contribución en el libro ha sido simplemente añadir unas pequeñas introducciones a ambos géneros y obras, e incluir un glosario y una bibliografía.
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| Portada de Japón a escena, publicado por Satori Ediciones. |
En el artículo de hace quince días vimos las más antiguas pinturas japonesas que se conservan, todas anteriores al siglo IX. Hoy entraremos ya en el siglo X y siguiente, lapso en el que se asentaron muchas de las características del arte japonés.
Debo remarcar que este encasillamiento entre fechas que utilizo en las etiquetas y en los títulos de mis textos debe tomarse con mucha precaución, pues, como comprobará el lector, en muchos casos no encajan las obras que comento con el lapso de siglos indicado. Mi intención solo ha sido situar mínimamente las obras y los movimientos artísticos en un entorno temporal concreto, algo que reconozco es una labor condenada al fracaso.
La pintura de los siglos X y XI
Como en casi toda su cultura, y como vimos en el anterior artículo, la pintura de Japón inició el camino hacia su propia identidad partiendo de modelos chinos y coreanos. Con la llegada de la elegante aristocracia y sus exquisitos gustos, apareció un estilo de pintura que reflejaba el refinado gusto de la corte de la nueva capital, Kioto. La evolución del estilo nipón se encaminó, poco a poco y con las debidas excepciones, hacia el predominio de la línea y las superficies planas.
El anterior artículo concluimos el apartado consagrado a la jardinería y hoy entraremos en el dedicado a la pintura japonesa. Empezaremos dando una rápida ojeada a
las obras más antiguas que se conservan: las realizadas en los túmulos
funerarios que comenzaron a construirse en el periodo Kofun y que siguieron
haciéndose hasta el siglo VIII, cuando la incineración budista comenzó a
extenderse.
La pintura hasta el siglo VIII
Pintura
en túmulos
Cuando en 1956 se descubrió el túmulo de
Takehara en la prefectura de Fukuoka, en su interior se encontraron arneses,
armas, y adornos de varios tipos además de varias pinturas murales. Los temas
de todas ellas son de origen continental con imágenes de dragones, guardianes
celestes y caballos pintados sobre la piedra sin desbastar.
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| Pintura mural, final del
periodo Kofun, s. VI. Túmulo de Takehara, Miyawaka, prefectura de Fukuoka. Foto: web de la ciudad de Miyakawa. |
El anterior artículo se dedicó a un solo jardín moderno, el del Museo de Arte Adachi, y hoy haremos algo parecido consagrando este a un solo autor: Masuno Shunmyō (1953-), uno de los más relevantes maestros jardineros del siglo XXI y quien en la última década del pasado siglo creó una serie de obras que lo han convertido en quizás el más internacional de todos los grandes especialistas japoneses que trabajaron en el último cuarto del siglo XX y siguen haciéndolo en el XXI.
Los jardines de 1990 a nuestros
días
Masuno Shunmyō, es monje zen, un
hecho que marca todas sus obras ya desde su primera aproximación al lugar. Esta es
una máxima que aprendió de su maestro: “si no conoces el lugar, no puedes
diseñar el jardín.” Su carrera como creador de jardines la inició en 1982, una
actividad que siempre ha compatibilizado con la de monje del templo de Kenkō-ji en Yokohama.
Para Masuno, su labor como creador de jardines forma parte de la
disciplina zen. En este sentido, hay que dejar claro que, bajo esa
óptica, un jardín zen es solo aquel que ha diseñado, creado y construido
una persona practicante del zen de manera disciplinada, continuada y
metódica.
Esa premisa no se tiene en cuenta en
Occidente, e incluso también en Japón, cuando se describe a
determinados jardines como zen. Para saber qué obra de arte puede
calificarse de zen o no, me remito al histórico
libro de Hisamatsu
Shin’ichi (1889-1980) Zen and the Fine Arts, publicado en Tokio por
Kodansha en 1958 en japonés y en 1971 en inglés
Embajada
de Canadá en Tokio
En los primeros años de su carrera, Masuno diseñó una de sus obras más emblemáticas: el jardín para la Embajada de Canadá en Tokio, en el que demostró su manera de trabajar con las rocas. Su obra se sitúa en la planta cuarta del edificio y, como muchos jardines clásicos de templos budistas, se desarrolla alrededor de las estancias situadas en ese nivel. Véase la siguiente ilustración.
En el anterior artículo se comentaron dos jardines diseñados por Shigemori Mirei, el primer gran maestro de la modernidad en la jardinería de Japón. Con él, esta especialidad artística se puso al mismo nivel que la pintura o arquitectura. Hoy dedicaremos esta entrada, la penúltima de este apartado dedicado a la jardinería, al que se considera el jardín más importante del siglo XX.
Los jardines de 1955 a 1990
El
jardín del Museo e Arte Adachi
En 1970, Nakane Kinsaku (1917-1995) diseñó el enorme jardín del Museo de Arte Adachi que se ha convertido en una obra maestra que mantiene la gran tradición japonesa de grandes jardines de paseo del periodo Edo desde los imperiales Katsura y Shugaku-in, ambos comentados en este curso en el artículo 42, hasta los parques de señores feudales como Kōraku-en y Ritsurin-kōen, también reseñados en esta serie (artículo 43).
Entre otros muchos jardines que Nakane Kinsaku diseñó
en Japón merecen citarse el de Yokō-en el templo de Taizō-in en Kioto o el del Museo de Artesanía Popular Sanuki (Sanuki
mingeikan) de Ritsurin-kōen o el que creó
en 1988 en el Museo de Bellas Artes de Boston como homenaje a Okakura Tenshin
(Kakuzō), (1886-1913), autor del famosísimo El libro del té. En su
trabajo de Boston, Nakane volvió a hacer posible que el jardín pudiera
contemplarse desde una ventana del segundo piso de la pinacoteca bostoniana,
como había hecho dieciocho años antes en el de Adachi.
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| Nakane Kinsaku: el jardín Yokō-en
en el templo de Taizō-in, Myōshin-ji, Kioto,1966. Foto: Javier Vives. |
El próximo día 28 de febrero a las 17:50 ofreceré una conferencia, titulada La arquitectura de papel de Shigeru Ban, en el Centro Artístico de Bueño de Ribera de Arriba en Asturias con motivo de la tercera edición de Japón en la Ribera. Las jornadas se desarrollarán alrededor del tema El papel japonés washi y más artes y se celebrarán los días 27 y 28 de febrero de este año 2026.
En el anterior artículo hablamos de dos jardines de paseo construidos
en los siglos XVII y XVIII. Hoy lo haremos de un par de los creados en
el siglo XX. En esta entrada no se comentará el gran jardín de paseo de
Heian-jingū, inaugurado en 1895 ni el mucho menor de Murin-an, ambos en Kioto y
también del mismo autor, Ogawa Jihei (1860-1933). A los interesados en tener más información de ellos les remito
a mi libro Historia y Arte del jardín japonés y a mi blog Jardines de Japón.
Los jardines del siglo XX hasta 1955
Durante el primer tercio del siglo XX,
la jardinería en Japón se encontraba en un punto muerto. Una alarmante
falta de ideas condujo a un estancamiento inevitable. A diferencia de lo que
ocurría con la pintura y la arquitectura o incluso en menor grado con la
escultura, los japoneses no encontraban en la jardinería occidental apenas nada
que mereciera la pena importar, con la excepción de ciertas especies vegetales
desconocidas en Japón.
Sin embargo, ante semejante panorama apareció una figura que
revolucionó la especialidad: Shigemori Mirei (1896-1975). Cuando en los años
treinta resultaba imposible encontrar trabajo, Shigemori se dedicó a estudiar
en profundidad los jardines clásicos de su país, algo que le permitió crear una
nueva sintaxis diferente de la tradicional, pero que no renunciaba a los
principios ancestrales del arte de la jardinería.
El primer
jardín del siglo XX que renovó esa especialidad poniéndola a la
altura de la pintura o arquitectura fue una obra de Shigemori: el jardín seco
del templo de Tōfuku en Kioto.
El jardín de Tōfuku-ji
En 1939, Shigemori diseñó sendos jardines secos frente a las cuatro fachadas de la residencia del abad del templo de Tōfuku-ji en Kioto. En cada uno de ellos utilizó un tema diferente. En el mayor de todos, situado en el lado sur, empleó dos elementos y dos colores: cinco grupos de oscuras rocas y cinco montículos de verde musgo situados en el extremo del gran patio, hacia donde parece que se desplaza la procesión de esas rocas.
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| Shigemori Mirei: el jardín sur de Tōfuku-ji, 1939, Kioto. Foto: Javier Vives. |
Hace dos semanas vimos los dos grandes jardines imperiales de Kioto y
hoy hablaremos de otros dos promovidos por grandes señores feudales. En los
años edo (1603-1868), cuando Japón entró en un largo periodo de paz, los
señores feudales, liberados de los gastos que habían representado en épocas
anteriores las guerras entre clanes, podían competir entre sí edificando grandes
jardines que exhibían como muestra de su pedigrí cultural.
Los jardines feudales
Muchos de los elementos que se utilizaban en ellos, como los lagos, islas, puentes, colinas o pabellones de té se empleaban siguiendo los modelos de las villas de Katsura y Shugaku-in. El despliegue formal de todos esos componentes parecía no tener límites. En determinados lugares, aunque no tan profusamente como en el anterior periodo Momoyama, se utilizaban rocas y peñascos, la mayoría con una simbología no religiosa relacionada con el estatus del promotor del jardín. En otros se empleaban piletas, piedras y guijarros como en los jardines de té. Finalmente, el podado proporcionaba a los arbustos un claro valor escultórico.
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| El jardín Sukkei-en, Hiroshima, s. XVII. Foto: Javier Vives. |
En la anterior entrada de hace quince días hablamos de los jardines zen y hoy lo
haremos de los denominados jardines de paseo o grandes parques.
Igual que otros artículos de este curso, este tampoco será exhaustivo, pues mi idea es no repetir lo que ya comenté en este mismo blog hace años. Por eso, en este y en los siguientes artículos iré colocando enlaces que llevarán a esas entradas anteriores.
Además, el índice que aparece a la derecha de la pantalla, el apartado ARTÍCULOS POR TEMAS, sirve para acceder a todos los artículos dedicados a los jardines que se han publicado hasta hoy mismo, convenientemente ordenados por fecha desde la más reciente a la más antigua.
En este apartado del curso solo comentaré cuatro de los jardines de paseo construidos en el periodo Edo (1603-1868). Hoy, el de las villas imperiales de Katsura y Shugaku-in en Kioto, y dentro de quince días, el de Ritsurin-kōen en Takamatsu y el de Kōraku-en en Okayama.
El
jardín de la villa imperial de Katsura
La villa de Katsura es el indiscutible paradigma de la arquitectura y
jardinería japonesas de todos los tiempos. Sus orígenes se remontan hacia 1615,
cuando el príncipe
Hachijō Toshihito (1579-1629) encargó algunas tareas de mejora en una finca,
propiedad de la casa imperial, situada en el oeste de Kioto. La
totalidad de los trabajos se finalizaron en 1663.
La villa imperial de Katsura, tanto sus edificios como su gran jardín de unas diez hectáreas, fue la primera y más completa materialización a gran escala de los preceptos y estética derivados de la ceremonia de té. Katsura es uno de los ejemplos de la influencia que tuvo esa práctica en las artes japonesas. En una larga serie dedicada a la ceremonia de té publicada en 2021, ya vimos ese influjo y las relaciones de ese singular rito con las artes japonesas. Este enlace lleva a su primera entrega.
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| Dibujo del jardín de
Katsura, Kioto, s. XVII. Ilustración: David y Michiko Young: The Art of the Japanese Garden. Tokio: Tuttle, 2005. |
En el anterior artículo hablamos de los jardines del periodo Heian (794-1185) y sus dos tipologías: los que hemos
denominado aristocráticos y los del paraíso. Hoy entraremos en una fase posterior en la que se aplicaron nuevos planteamientos que permitieron crear los jardines
más genuinamente japoneses: los jardines secos.
Los jardines secos
A finales del periodo Heian, las dos familias más poderosas del país
se enfrentaron durante años en cruentas guerras que concluyeron con la victoria
definitiva del clan de los Minamoto y la instauración de un nuevo sistema de
gobierno militar encabezado por el denominado shōgun, quien en ese
momento decidió trasladar su cuartel general a la ciudad de Kamakura, lejos de Kioto.
También a finales del siglo XII surgió una nueva escuela budista que
ejerció una notable influencia tanto en el entorno castrense y feudal como en todas las artes, incluida la jardinería. Era el zen, cuyos primeros pasos los dio
precisamente en Kamakura donde se había asentado el nuevo régimen castrense.
El maridaje entre la filosofía zen y el espíritu samurai fue inesperado. Desde un principio, sus ascéticas prácticas complacieron a la clase militar. La meditación del bonzo se parecía a la concentración del guerrero antes del combate. Su insistencia en la ejecución diaria de las labores más humildes evocaba el sencillo trabajo del soldado. Su recordatorio de la fugacidad de todas las cosas de este mundo fortalecía la idea que tenía el samurai de su efímera existencia, tan frágil como la flor de un cerezo.
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Práctica
del sazen en la posición que adopta la escuela sōtō. Foto de fuente
desconocida. |