En el artículo de hace quince días vimos las más antiguas pinturas
japonesas que se conservan, todas anteriores al siglo IX. Hoy entraremos ya en
el siglo X y siguiente, lapso en el que se asentaron muchas de las
características del arte japonés.
Debo remarcar que este encasillamiento entre fechas que utilizo en las
etiquetas y en los títulos de mis textos debe tomarse con mucha
precaución, pues, como comprobará el lector, en muchos casos no encajan las
obras que comento con el lapso de siglos indicado. Mi intención solo ha sido situar
mínimamente las obras y los movimientos artísticos en un entorno temporal
concreto, algo que reconozco es una labor condenada al fracaso.
La pintura de los siglos X y XI
Como en casi toda su cultura, y como vimos en
el anterior artículo, la pintura de Japón inició el camino hacia su propia
identidad partiendo de modelos chinos y coreanos. Con la llegada de la elegante aristocracia y sus exquisitos gustos, apareció un estilo de
pintura que reflejaba el refinado gusto de la corte de la nueva capital, Kioto.
La evolución del estilo nipón se encaminó, poco a poco y con las debidas
excepciones, hacia el predominio de la línea y las superficies planas.