En el artículo de hace quince días vimos las más antiguas pinturas japonesas que se conservan, todas anteriores al siglo IX. Hoy entraremos ya en el siglo X y siguiente, lapso en el que se asentaron muchas de las características del arte japonés.
Debo remarcar que este encasillamiento entre fechas que utilizo en las etiquetas y en los títulos de mis textos debe tomarse con mucha precaución, pues, como comprobará el lector, en muchos casos no encajan las obras que comento con el lapso de siglos indicado. Mi intención solo ha sido situar mínimamente las obras y los movimientos artísticos en un entorno temporal concreto, algo que reconozco es una labor condenada al fracaso.
La pintura de los siglos X y XI
Como en casi toda su cultura, y como vimos en el anterior artículo, la pintura de Japón inició el camino hacia su propia identidad partiendo de modelos chinos y coreanos. Con la llegada de la elegante aristocracia y sus exquisitos gustos, apareció un estilo de pintura que reflejaba el refinado gusto de la corte de la nueva capital, Kioto. La evolución del estilo nipón se encaminó, poco a poco y con las debidas excepciones, hacia el predominio de la línea y las superficies planas.
En esa época, el budismo ya se había implantado en Japón y empezaba a
expandirse por todo el país. Con la aparición de las escuelas shingon
y tendai, el creciente número de divinidades que proponían exigía una
iconografía acorde con su culto.
Más información sobre las religiones en Japón
En diciembre de 2024 y dentro de este curso, publiqué el primero de cinco artículos dedicados al entorno religioso de Japón. Este enlace lleva a esa entrada.
En la pintura que promocionaban dichas órdenes, denominadas esotéricas
en contraposición a la escuela de La Tierra Pura calificada de exotérica, la policromía
desempeñaba un importante papel, como queda de manifiesto en las diferentes
versiones del dios Fudō en las que se utilizaron de un modo expresionista
colores primarios, o en los mandala, cuyo laberíntico esquema compositivo se
apoyaba en un sutil despliegue de color.
La iconografía de Fudō lo representa, sentado o de pie, rodeado de
llamas y sosteniendo una cuerda en una mano y una espada en la otra. El fuego
simboliza la sabiduría que permite el progreso del espíritu y destruye sus
debilidades. Con la espada combate a las fuerzas del mal y con la soga conduce
a los seres humanos hacia la salvación.
Su fiera apariencia, tan frecuente en ciertas deidades budistas, no es más que la plasmación de su determinación en ayudar a los creyentes. Tres interesantes pinturas de esa divinidad son: el Fudō rojo de Myōō-in conservado en Kōya-san, el Fudō azul que custodia el templo de Shōren-in en Kioto y el Fudō amarillo que se encuentra en el de Manshū-in también en la misma ciudad.
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| Fudō rojo, color sobre seda, 180,4x59,6 cm, ss. VIII-IX. Myōō-in, Kongōbu-ji, Kōya-san, prefectura de Wakayama. Foto: Wikimedia Commons. |
En la anterior ilustración, vemos al Fudō rojo de Kōya-san sentado con solo una pierna cruzada. Su mirada de reojo, boca cerrada, un colmillo hacia arriba y otro hacia abajo parecen indicar un cierto recelo. Uno de sus acólitos muestra idéntica mirada y posición de sus caninos.
En la siguiente ilustración, el Fudō azul de Shōren-in mantiene la misma mirada y orientación de los colmillos como el de Kōya-san; sin embargo, adopta la posición de loto completa. Sus dos acólitos mantienen las mismas actitudes que el anterior: uno vigilando y otro rezando.
El Fudō azul de Manshū-in resulta más mayestático e imponente que los
anteriores gracias a su corpulencia delineada de manera contundente, a su
posición en pie y a los dorados complementos en su atuendo de tonos cálidos. Sus
ojos abiertos y sus prominentes colmillos refuerzan ese efecto.
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| Fudō amarillo, color sobre seda, 168,2x80,3 cm, s. XII, copia de un modelo de 838. Manshū-in, Kioto. Foto: Wikimedia Commons. |
Una de las obras más representativas de la pintura budista de la primera época es la Entrada de Buda en el Nirvana que se conserva en el templo de Kongōbu-ji, en el monte Kōya. Creada sobre seda y en gran formato, trata un tema que estuvo muy en boga a finales del periodo Heian: el entierro del Buda histórico, cuya figura se representa de un tamaño claramente mayor que el de los personajes que lo rodean. Las pinturas con ese tema se denominan en Japón nehan-zu.
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| Atribuido a Fujiwara
Motomitsu (¿1091-1152?): Entrada de Buda
en el Nirvana, color sobre seda, 266,2x270,9 cm, 1086. Kongōbu-ji, Kōya-san, prefectura de Wakayama. Foto: Wikimedia Commons. |
Otra de las formas artísticas más características del budismo esotérico son los mandala. No voy a entrar aquí en el origen hindú y chino de los mandala ni en su compleja interpretación. En Japón, suelen ser pinturas en las que se sitúan diferentes divinidades rodeadas de elementos de culto creando una especie de laberinto simbólico de los dioses que reinan en el universo budista que ayuda a la meditación. Si nos centramos en las órdenes esotéricas, es decir, en las escuelas shingon y tendai, hay un par de mandala de finales del siglo IX muy representativos de su doctrina. Son los denominados Mandala del diamante y Mandala de la matriz.
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| Mandala
del diamante, color sobre seda, 182,9x154,0 cm, 899. Kyōōgokoku-ji (Tō-ji), Kioto. Foto: Wikimedia Commons. |
En Japón, los mandalas a menudo parten de una compleja geometría con numerosos estratos en los que se sitúan representaciones de diferentes divinidades que se consideran manifestaciones de la existencia de Dainichi, quien suele ocupar el centro del conjunto. En casos especiales esa composición simbólica va más allá de las dos dimensiones y se materializa en un grupo de esculturas.
Más información sobre los mandala tridimensionales
El 3 de diciembre de 2013 publiqué en este blog un artículo en el que se comentaba un ejemplo de mandala escultórico. Este es su enlace.
Si bien, en un principio, la historia y vida de
Buda se reflejaban en pinturas narrativas, los mandalas preferían representar
simultáneamente gran cantidad de divinidades mediante esquemas circulares que
estructuraban la composición. Era la forma de reflejar la concepción del
universo desde el punto de vista budista.
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| Mandala
de la matriz, color sobre seda, 182,9x154,0 cm, 899. Kyōōgokoku-ji (Tō-ji), Kioto. Foto: Wikimedia Commons. |
Por su parte, la escuela amidista de La Tierra Pura dio origen a los lienzos llamados raigō-zu. Según esa orden, raigō es la venida de Amida a la tierra, generalmente acompañado de una cohorte de bosatsu, para guiar a los creyentes hasta el paraíso.
Una pintura de este tipo, que representa a Amida y veinticinco bosatsu en diferentes actitudes festivas, se conserva en el museo de Kongōbu-ji en Kōya-san. Su autor, el monje Eshin Sōzu (942-1017) creó una composición apoyada en una gran envolvente curvilínea que enmarca a unas figuras, a su vez, perfiladas con trazos ondulados. Mientras los atuendos de los bosatsu están puntuados por toques rojos, azules y verdes, Amida parece inmerso en una luz dorada. El cortejo celestial tocando sus instrumentos musicales otorga a la obra su serena y beatífica atmósfera.
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| Atribuido a Eshin Sōzu: Amida
y veinticinco bosatsu, color sobre seda, tríptico de 211x422 cm, entre los siglos XI y XII, Kongōbu-ji, Kōya-san, prefectura de Wakayama. Foto: Wikimedia Commons. |
Más información sobre la pintura del periodo Heian
El 22 de mayo de 2013 publiqué en este blog un artículo consagrado a una de las obras maestras de la pintura de los años heian: el Genji monogatari emaki. Este enlace permite visionarlo en una pestaña independiente, así como desde él ir a las siguientes entradas en las que se comentan otras pinturas.
Con esto finaliza este artículo. En el siguiente hablaremos de la pintura en la época Kamakura.






