Hace dos semanas dejamos el tema de la pintura japonesa en
las obras en rollo y en concreto hablando del Heiji monogatari emaki. Hoy entraremos
ya en una de las épocas de mayor renovación y esplendor del arte japonés: los
siglos del XIV al XVI.
Durante el periodo Muromachi (1333-1573) surgió en Japón un nuevo estilo de pintura que utilizaba casi exclusivamente la tinta china, llamada en japonés sumi, y en la que solo en algunas ocasiones se aplicaban unos pequeños toques de color. Las obras realizadas con sumi se denominan sumi-e, término más o menos sinónimo de suiboku-ga.
Para más información sobre el sumi-e
El 9 de diciembre de 2014 publiqué el primer artículo de una serie de siete sobre la pintura con tinta china que enlazaba con otro en el que se mencionaba su relación con el budismo zen. Este enlace abre una pestaña independiente con esa primera entrada.
En esos años, el budismo zen estaba perfectamente asentado en Japón y ya era costumbre que los monjes de esa escuela importaran pinturas chinas para estudiarlas. De acuerdo con su doctrina, el intentar describir la naturaleza, tema por el que sentían una especial inclinación, estaba condenado al fracaso si solo se buscaba su reproducción exacta, por elaborada que fuera. En consecuencia, prefirieron sugerir antes que representar, abandonaron los colores empleados en épocas anteriores, se decantaron hacia el monocromatismo que proporcionaba la tinta china y sustituyeron los temas religiosos por los relacionados con el paisaje, las flores y plantas y las aves.
Dos precursores
La siguiente ilustración es un retrato de un monje zen llamado Daido Ichii (1292-1370) realizado por un correligionario y discípulo de nombre Minchō (1352-1431). A pesar de su reducido tamaño, esa obra es un buen precedente de lo que será la futura sumi-e creada por religiosos zen. Los trazos quebrados de las rocas adelantan los que años más tarde utilizará Sesshū. El ciervo aparece tratado con una suave veladura que da volumen a su cuerpo.
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| Atribuido a Minchō: Daido Ichii, tinta sobre papel, 47,0x16,2 cm, periodo Muromachi, 1394. Museo Nacional de Nara. Foto: web del museo |
La ilustración siguiente es de una obra creada por otro monje zen llamado Josetsu (1405-1496) como ayuda para la meditación. En el fondo, lo que se plantea en ella es una especie de kōan, un problema ilógico o irresoluble: ¿cómo se puede pescar un pez gato con una calabaza? En la parte superior de la pintura se añadieron posteriormente a su ejecución treinta aforismos de correligionarios del autor.
Josetsu, bonzo del templo de Shōkoku-ji en Kioto, fue uno de los primeros artistas de la sumi-e y maestro de Shūbun, entre otros. Su obra marcó el comienzo de la pintura japonesa con tinta china.
Para más información sobre los pioneros del sumi-e
El 6 de enero de 2015 publiqué el quinto artículo sobre la pintura con tinta china en Japón. Este enlace lleva a esa entrada.
El gran maestro
De entre los practicantes de la sumi-e destaca por encima de todos el también monje zen Sesshū Tōyō (1420-¿1506?), quien residió en China dos años aprendiendo la técnica de la pintura paisajística. Cuando volvió a Japón viajó por todo el país visitando un sinfín de lugares por los que deambulaba estudiando la naturaleza.
Aquí voy a insertar solo la reproducción de una obra de Sesshū, pues en su momento ya le dediqué un amplio artículo en este blog del que enseguida doy su enlace.
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| Sesshū Toyō: Paisaje, tinta y toques de color sobre papel, 80,5x32,8 cm, periodo Muromachi, s. XV. Museo Suntory de Kioto. Foto: web del museo. |
Sesshū utilizaba todas las posibilidades que le permitía el sumi-e: desde el incisivo y quebrado trazo hasta la suave y ondulada línea; desde la corta pincelada a la curva sin fin; desde las tenues aguadas ejecutadas con transparentes trazos a las densas superficies creadas con un pincel saturado de tinta. En sus obras, a menudo aparece el ser humano empequeñecido por la grandiosidad de la naturaleza, sumergido en un ambiente en continuo devenir, tal como él mismo experimentó en su peregrinaje por Japón durante sus últimos años de vida.
Para más información sobre Sesshū
El 20 de enero de 2015 publiqué un artículo sobre Sesshū que formaba parte de la serie dedicada a la sumi-e, la pintura japonesa con tinta china. Este enlace lleva a esa entrada.
Durante el periodo Muromachi, las obras paisajísticas alcanzaron un nivel artístico en el que predominaba una estructura vaga, flexible y poética que incluso rozaba la abstracción.
La pintura japonesa siempre mantuvo con la arquitectura una relación muy singular. Cuando en los años muromachi aparecieron las puertas correderas interiores, denominadas fusuma, se convirtieron enseguida en uno de los soportes preferidos por los pintores, al igual que los biombos que ya se utilizaban como divisorias interiores en el Periodo Heian.
Sin embargo, ese importante aumento de tamaño del soporte de las pinturas en fusuma
y biombos en relación con los precedentes en rollos o kakemono (pintura
para colgar) no parecía adecuarse a las sutilezas de los dibujos monocromos tan
frecuentes en esos formatos menores. Esa dicotomía coexistió durante años, durante los cuales mientras los monjes zen se decantaban hacia los pequeños tamaños, los artesanos laicos agrupados en escuelas se centraban en la decoración de grandes fusuma
y biombos.
Para más información sobre los fusuma
El 15 de mayo de 2013 publiqué un artículo sobre los sistemas de cerramiento en la arquitectura japonesa, los fusuma, shōji, amado y shitomi. Este enlace lleva a esa entrada.
De esas escuelas de artistas laicos hablaremos en el siguiente capítulo.



