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martes, 18 de junio de 2013

El jardín japonés: jardines del paraíso, I

Del jardín aristocrático al jardín budista japonés
En mi artículo del 17 de mayo comenté las características de los jardines de la nobleza del periodo Heian (para verlo clicar aquí). Toca ahora completar aquella visión hablando de otro tipo de jardín japonés coetáneo.

A finales del periodo Heian se forjó una imaginativa reinterpretación de los componentes de aquellos jardines aristocráticos y laicos que permitió transformarlos, con los debidos retoques, en parábolas del paraíso budista. Así fue como nacieron los conocidos como “jardines del paraíso” o “de La Tierra Pura”.  

Por esos años el budismo de las órdenes tendai y shingon ya se había extendido por todo el país. Sin embargo, el esoterismo de su doctrina y liturgia fue contestado por algunos monjes disidentes que proponían prácticas mucho más sencillas. Resumiendo mucho, y para no extenderme en explicaciones sobre la historia e iconografía budista (que prometo tratar otro día), de esa contestación nacieron nuevas sectas denominadas “de la Tierra Pura” o “amidistas”, así conocidas por confiar en la intersección del buda Amida como única forma de alcanzar la salvación y poder entrar en el paraíso, el Paraíso de la Tierra Pura.

Pues bien, en los recintos de algunos templos de esas congregaciones empezaron a construirse jardines no únicamente para el disfrute visual (que también), sino como alegorías del olimpo budista que proponían sus monjes. Según su doctrina, ese paraíso se encontraba en el oeste, más allá del mar que separaba nuestro mundo de la residencia de Amida, un palacio donde acogía a los fieles que habían alcanzado la perfección. Por ese motivo lo denominaron “Paraíso Occidental de la Tierra Pura”, o simplemente “Paraíso de la Tierra Pura”, en japonés Saihō no gokuraku no jōdō o de forma más abreviada Jōdō.

No se puede negar que los mitos y creencias forman parte del inconsciente colectivo de todos los pueblos, y el japonés no es una excepción. Al igual que en Europa, por muy agnóstica o incluso atea que sea una persona, inconscientemente asocia el paraíso a las alturas y el infierno a las profundidades de la tierra, en Japón ocurre algo semejante, aunque se sitúen en diferentes direcciones.

En mi artículo del 7 de mayo (para verlo pinchar aquí), comenté la facultad que los japoneses otorgaban a rocas y grava para señalizar espacios sagrados en los primitivos recintos sintoístas. Pues bien, en el siglo XII esa capacidad se extendió a todo un parque con caminos y un lago con islas y puentes.  Gracias a ese nuevo planteamiento, los jardines podían convertirse en una enorme alegoría del paraíso budista. Veamos cómo.

Simbologías o espejismos
Quiero aquí hacer un inciso. En mi opinión, no poca de la literatura sobre jardines japoneses que se apoya en su pretendido simbolismo peca, como mínimo, de ingenuidad. En la mayoría de los casos se trata de textos escritos por occidentales que se escudan en esas interpretaciones para ocultar su incapacidad para mostrarlos como lo que realmente son, preciosos pero simples jardines; eso sí muy diferentes de los europeos clásicos.

El asociar los jardines japoneses o algunos de sus componentes con simbologías de todo tipo, sean de paisajes imaginarios, animales míticos o incluso de conceptos filosóficos, reconozco que conlleva un notable esfuerzo de imaginación en muchos casos y que incluso puede resultar adecuado como introducción para aficionados noveles, pero no creo que sea un planteamiento que deba generalizarse y mucho menos que se quede ahí.

No tendríamos que caer en la trampa de recurrentes interpretaciones simbólicas, casi siempre sin fundamentar ni documentar debidamente, que más parecen ideadas para satisfacer la curiosidad de apresurados turistas. Todo puede justificarse a posteriori, pero eso no demuestra que los argumentos o razonamientos aplicados en ese proceso hayan sido empleados por su creador, a menos que haya pruebas o evidencias que lo certifiquen.

Un crítico de arte no se atrevería a interpretar los frontones de las iglesias renacentistas como una metáfora de la Santísima Trinidad, aunque quizás aceptaría que tres rocas de un jardín japonés simbolizan las islas de los inmortales. 

Resumiendo, conocer el “pretendido” simbolismo de un jardín japonés, como dicen los matemáticos, “no es condición necesaria ni suficiente” para disfrutar de su belleza. Aunque tener un mínimo de sensibilidad es “condición necesaria, pero no suficiente”. No se puede tener todo en este mundo; aunque quizás sí en La Tierra Pura.

Búsqueda del punto medio
Sin embargo, no se puede negar la existencia de ciertas leyendas, mitos o creencias, como se quieran llamar, que en épocas pasadas tenían un notable predicamento entre una población muy poco ilustrada y hábilmente adoctrinada tanto por congregaciones religiosas como por estamentos militares. Tampoco es de extrañar que esas ideas se emplearan para explicar ciertas realizaciones como jardines o edificios construidos por esas poderosas clases. Su magnificencia, sofisticación o excepcionalidad las situaba muy por encima del anodino mundo del pueblo llano y justificarlas de alguna manera era casi una necesidad.

Mi opinión es que no debemos dejarnos seducir por cantos de sirena a estas alturas de la historia de la humanidad. Hoy día podemos disfrutar de la belleza de un jardín japonés sin necesidad de recurrir a que en sus rocas se represente a las islas de los inmortales, el monte Hōrai, una grulla o una tortuga. Ciertamente, todos esos elementos forman parte del patrimonio mitológico japonés, pero pienso que debemos verlos como una pequeña fracción de un entorno en el que existen otros muchos factores y en el que aquéllos no tienen que ser inevitablemente determinantes.

Por otro lado, la libertad, independencia, espíritu crítico y capacidad de ruptura de los artistas y creadores de cualquier época y especialidad son señas de identidad que los diferencia de nosotros, mediocres mortales incapaces de crear algo realmente original y subyugante. Eso es ser artista, independientemente de que sea jardinero, pintor, escultor, arquitecto, escritor, actor, músico, etcétera.

Los creadores siempre han utilizado las ideas o asociaciones más insólitas como fuente de inspiración de sus obras, pero el resultado final, generalmente, no refleja esos inicios. Si no fuera así, se demostraría que no ha habido proceso creativo, sino que solo se ha realizado una copia o simple plasmación de aquella “muleta” o modelo inicial.

Toda esta prolija digresión será de aplicación aún más claramente cuando hable de los jardines secos más adelante, después de finalizar este apartado sobre los jardines del paraíso.

Jardines del paraíso
Volviendo a lo que realmente nos ocupa, si las nuevas sectas budistas predicaban que el paraíso donde residía Amida se encontraba en el mar, hacia el oeste, más allá del horizonte; resultaba muy sencillo rememorar ese enorme océano con un pequeño lago y el lugar donde se encontraba la residencia del buda salvador, con una isla en el estanque. En ella bastaba con construir un hermoso edificio y colocar en su interior una o varias imágenes de divinidades budistas para que la alusión al Paraíso Occidental de la Tierra Pura, la residencia de Amida, fuera completa.

A partir de esa sencilla y lógica asociación, muy adecuada para convencer a sencillos fieles, las prédicas de los monjes podían continuar tejiendo interpretaciones más o menos claras de lo que contemplaban los visitantes de tales jardines. En primer lugar, la visión del paraíso, es decir, de la isla y el pabellón con la estatua de Amida, se obtenía mirando precisamente hacia el oeste desde la orilla opuesta del estanque. Los caminos proporcionaban diferentes vistas del parque, igual que en la vida real se experimentan situaciones diversas, alegrías y desencantos. Finalmente y con algo más de imaginación, los puentes que conducían a los islotes podían incluso simbolizar los obstáculos que debían vencer los creyentes para alcanzar la salvación. Quizás, con estas dos últimas interpretaciones, llevados por su afán proselitista, iban ya demasiado lejos.

El Pabellón del Fénix, Byōdō-in, 1052, Uji, Kioto. Foto: J. Vives.

En la foto anterior se aprecia una vista del pabellón del Fénix del Byōdō-in, ejemplo de un jardín del paraíso que comentaré con más detalle en el siguiente artículo. Resumiendo mucho, el agua del estanque simboliza el inmenso océano donde, más allá de su horizonte, se encuentra el Paraíso Occidental y el palacio donde reside Amida, es decir, la isla donde se levanta el pabellón que custodia su imagen.

Justificación de su simbolismo
Después de mi, quizás excesiva, crítica al simbolismo de los jardines japoneses, como mínimo, debería justificar que en el caso de los denominados del paraíso algunas alegorías no resultan en absoluto arbitrarias. Mi razonamiento se basa en cuatro puntos; el primero parte del entorno europeo.

En las basílicas cristianas la orientación de la nave principal debía ser, siempre que fuera posible, este-oeste. Es decir, que su construcción tenía que hacerse de acuerdo con los cánones que marcaba la liturgia.

Algo semejante ocurrió con el budismo de la Tierra Pura. Su doctrina dictaba que el paraíso se encontraba más allá del horizonte marino, en el oeste; hecho que, como mínimo, aconsejaba situar en esa orientación los pabellones que custodiaban las divinidades budistas.

Por otro lado, ya vimos que desde tiempos inmemoriales, los japoneses otorgaban al entorno natural una importancia que superaba el simple respeto o admiración. De ahí proviene su afición a crear jardines como una respetuosa réplica o incluso homenaje a la madre naturaleza.

Además, ya vimos que en los jardines de la nobleza heian el estanque era un elemento imprescindible, algo que no resulta extraño en un país como Japón con un copioso régimen de lluvias.

Así pues, parece lógico que un  lago se utilizara como réplica del gran océano que separaba nuestro mundo del Paraíso Occidental. De esa idea nacieron los jardines denominados del paraíso, caracterizados precisamente por tener un lago y un pabellón situado en su orilla oeste.

Llegado a este punto y dado que esta introducción ha resultado un poco larga, dejo para el siguiente artículo el hablar ya del Byōdō-in. Será dentro de una semana, hasta entonces espero que mis sufridos lectores empiecen a sentirse reconfortados por la fugaz visión del paraíso de Amida que han podido tener hoy. Prometo que en el próximo artículo abriré las puertas de su olímpica residencia.

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