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martes, 27 de agosto de 2013

El jardín japonés: el jardín seco o kare sansui, VII

El jardín seco de Daisen-in, segunda parte
Hoy completaré la serie dedicada al jardín seco japonés hablando del de Daisen-in, que inicié en el artículo anterior. Voy a comentar la composición de sus cuatro jardines como si me desplazara por su galería perimetral y diera la vuelta completa a la residencia del abad. Por ese motivo este artículo será un poco más extenso de lo habitual en este blog.

No puedo negar que, para el tipo de jardín de Daisen-in, lo más adecuado sería iniciar los comentarios partiendo del punto focal donde se origina toda la composición del conjunto, justo en la esquina formada por los patios norte y este. Sin embargo, he preferido realizar mi explicación como si estuviera caminando por la galería perimetral, es decir, empezando mi recorrido en el jardín norte y finalizándolo en el pequeño patio oeste.

El motivo de mi discutible decisión no es otro que intentar que el texto de este artículo sea lo más lineal y claro posible. Si tuviera que hacer el mismo análisis in situ, sin dudarlo un momento comenzaría por la estancia orientada al noreste y, después de retirar los shōji, me sentaría en los tatami y simplemente miraría el ”paisaje”, es decir, el jardín. Pero nuestra situación ahora es otra; así pues, veamos cada uno de esos espacios en el orden indicado.

Todas las fotografías que inserto de Daisen-in se realizaron durante el mismo día, excepto la última obtenida de internet. Como en Ryōan-ji, todas las tomé estando de pie, pero insisto que hay que considerar que el diseño del jardín se hizo teniendo en cuenta que su contemplación se debería realizar estando sentado en los tatami, como seguro hacían quienes visitaban al prior en su residencia.

Patio norte, lado oeste
Este sencillo patio consta de un tapiz de gravilla rastrillada que cubre toda su superficie y sobre el que se han dispuesto dos grupos de piedras y una camelia. El ambiente resulta muy sereno gracias a la limitación de elementos y al hábil recurso de ocultar la fachada del edificio anexo con unas cortinillas de bambú, unos sudare, artilugio que comenté en el artículo del 29 de mayo sobre arquitectura shinden.

Jardín norte, zona oeste, Daisen-in, s. XVI, Kioto. Foto: J. Vives.

La colocación de esas persianillas, equidistantes del alero y del terreno, hace que parezcan flotar en el aire, a la vez que convierten en más profunda la sombra que arroja la cubierta sobre la fachada. Una sencilla y delicada solución para ocultar hábilmente el muro y las ventanas del edificio colindante que, de otra manera, distraerían y restarían protagonismo al sencillo jardín.

Las rocas están distribuidas en dos grupos, uno de tres piedras y otro con dos, algo menores, que se encuentra más próximo a una camelia que al primero. Este arbusto, situado junto a la boca de un pozo, ofrece el contrapunto cromático a una composición de tonos neutros. A diferencia de Ryōan-ji, aquí las rocas no están rodeadas de musgo ni de ondulados anillos en la gravilla. Las rojas flores de la camelia indican la época del año en que se hizo esa fotografía.

El murete de color arcilloso, que se aprecia tras la camelia, separa este jardín del que voy a comentar a continuación, ambos situados frente a la fachada norte de la residencia del prior, pero de estructura completamente diferente.

Patio norte, lado este
Después de contemplar el sencillo jardín anterior, caminamos por la galería, atravesamos el pasadizo mencionado y llegamos a la zona en forma de “ele” donde se encuentra el verdadero centro de Daisen-in.

Jardín norte, zona este, Daisen-in, s. XVI, Kioto. Foto: J. Vives.

La composición de esta parte del jardín está relacionada directamente con el foco situado en la esquina mencionada y que se aprecia al fondo de la fotografía anterior. Aunque sería más adecuado iniciar el comentario en esta última zona, como indiqué al principio voy a seguir el recorrido por la galería.

En primer lugar se observa que, a diferencia de lo visto en la anterior fotografía, el patio queda limitado por una valla de color blanco que gira en la esquina prolongándose a todo lo largo del linde este. Es una forma de unificar la composición que permite que el perfil de rocas y plantas se recorte sobre esa superficie blanca como los trazos de un pincel impregnado de tinta china se recortan sobre el fondo del papel.

Ese efecto se aprecia mejor en las siguientes fotografías, pero en esta zona ya se buscó distribuyendo adecuadamente arbustos y piedras. Insisto en que todas mis fotos están realizadas con un punto de vista demasiado alto para las intenciones del diseñador del jardín. Si hubiésemos situado la cámara solo a unos 70 u 80 cm del suelo habríamos obtenido la misma visión que tendría una persona sentada sobre los tatami, y el efecto comentado sería más evidente.

Otro de los rasgos de esta zona, que volveremos a encontrar más adelante, es el curioso aspecto de muchas de las piedras. Precisamente por ello, a no pocas se les han asignado nombres de simbología budista, aunque no existe evidencia de que esa fuera la intención del autor o autores del jardín.

Jardín norte, zona este, Daisen-in, s. XVI, Kioto. Foto: J. Vives.

En la fotografía anterior se muestran unas pocas de esas piedras de original apariencia. Como comenté en el primer artículo dedicado a Daisen-in, precisamente por su sorprendente forma estas podrían ser algunas de las traídas desde otros emplazamientos.

Obsérvese el oscuro color que adquieren al estar húmedas las piedras y guijarros más cercanos a la galería, y el contraste que se crea con las rocas más alejadas. Ese recurso es similar al que se emplea en la pintura: trazos densos y oscuros para los elementos cercanos y más transparentes y claros a medida que se alejan.

Vemos también que aparecen pequeñas zonas de musgo y que el rastrillado, debido a la abundancia de piedras, es complejo y con varias direcciones de sus ondas. Pero desplacémonos ya hacia la esquina de la galería.

Esquina entre los patios norte y este
Contemplemos ahora el verdadero centro del jardín de Daisen-in, la célula generadora de su composición que, esta vez sí, pretende emular, en tres dimensiones, la representación pictórica de un paisaje montañoso como los de las pinturas chinas tan admiradas por los monjes zen. Aquí no debe existir ningún reparo en asociar muchas de las rocas con elementos de la naturaleza, porque esa fue la intención de su autor.

En el lado izquierdo de la fotografía siguiente se aprecian dos enormes peñascos verticales con unas vetas blanquecinas. A sus pies aparece otra piedra. A la derecha, un poco más retrasadas y de menor tamaño, hay dos parejas de rocas escalonadas que se pierden bajo la sombra que arroja la frondosa camelia situada a sus espaldas. La gravilla cae por encima de los pedruscos.

Algo más cercanas, varias rocas de diferente tamaño salpican el lecho de gravilla. Por encima de esta vuela una laja uniendo dos de los peñascos. Las ondas de la gravilla pasan bajo el puente y dan un pequeño salto antes de ensancharse.

Jardín este, zona norte, Daisen-in, s. XVI, Kioto. Foto: J. Vives.

Las imágenes son obvias: Las cuatro piedras de tamaño medio delante de la camelia simbolizan dos escarpadas cumbres que se pierden en la lejanía entre la niebla, efecto rememorado con la sombra que proyecta ese arbusto. Los dos peñascos verticales representan enormes riscos mucho más próximos que los anteriores, de ahí la diferencia de volumen. En la colocación de todos esos elementos se ha tenido en cuenta su visible veteado blanquecino para que pueda interpretarse como una cascada.

Las piedras desperdigadas a los pies de los dos grupos anteriores crean una imagen muy adecuada si se intenta rememorar un paisaje escarpado. La gravilla obviamente representa el agua, primero naciendo y saltando por lejanas cañadas, luego superando pequeños obstáculos rocosos. Entre los dos márgenes del recién nacido arroyo se apoya un sencillo puente, la losa plana. Debajo de ella, la corriente de agua crea un pequeño oleaje al sortear un salto. El angosto torrente finalmente se ensancha.

Jardín este, zona norte, Daisen-in, s. XVI, Kioto. Foto. J. Vives.

En la fotografía anterior se aprecia perfectamente cómo se recortan sobre el revestimiento blanco de la valla el perfil de las dos rocas de la derecha y la silueta del pequeño pino. En primer término aparece una piedra de forma elíptica y superficie plana. Es otra de las rocas de singular aspecto que se encuentran en Daisen-in y que desde siempre han sido muy apreciadas.

El rastrillado de la superficie de gravilla indica la dirección de la corriente, hacia el sur. Hay que remarcar que el torrente que nació a los pies de la cascada, y que vimos caer entre los peñascos en la esquina de esta zona, se ha bifurcado en dos sentidos: uno, el que estamos viendo en esta foto y otro el que se dirige hacia el oeste y que comenté en primer lugar. Sin embargo, allí, las numerosas rocas impedían que la superficie de gravilla fuera tan extensa como aquí, algo que diferencia los dos ambientes e impide la monotonía visual.

El entarimado que aparece en la esquina inferior derecha de la foto corresponde a la mampara que separa las dos zonas del jardín este: la que acabo de comentar y la que veremos a continuación. En él se aprecia un ligero arqueado que emula el ojo de un puente atravesado por el río de gravilla.

Patio este, lado sur
Siguiendo nuestro recorrido por la galería en dirección sur, encontramos la mampara mencionada. En ella, una ventana de forma acampanada, característica de la arquitectura de los templos zen, queda adosada a un estrecho entarimado de unos 60 cm de ancho que paradójicamente no conduce a ninguna parte. Solo sirve de mirador. Gracias a esa divisoria se produce un cambio en la representación paisajística del jardín y se interrumpe la continuidad que podía haber tenido.

Desde su entarimado y sentados en un estrecho banco junto al ventanal acampanado, podemos contemplar desde otro punto de vista (el ortodoxo sería desde el interior del edificio) tanto el foco central del jardín (los altos peñascos de la esquina) como, a través de la ventana, el fragmento que comento a continuación.

Jardín este, zona sur, Daisen-in, s. XVI, Kioto. Foto: J. Vives.

En la foto anterior se aprecia la ventana acampanada de estilo zen en el murete que divide la composición del patio este. Por debajo de la mampara, se simula un pequeño salto de agua. La roca en medio del lecho de gravilla tiene una forma que recuerda la de una barcaza.

La presencia de ese murete divisorio ha sido, y es, motivo de discusiones entre estudiosos y especialistas. Parece ser que en fecha no determinada, pero posterior a la construcción del jardín, se decidió crear esa especie de mirador “en medio” del paisaje, dándole una forma ligeramente arqueada, semejante a un puente, para que la gravilla discurriera por debajo de su tarima.

Posteriormente, y también sin conocerse con precisión cuándo, se retiró esa mampara para lograr en ese lado del jardín una continuidad visual semejante al de una pintura en rollo, como las que comenté los días 2 de mayo4 de mayo y 22 de mayo. Ese estado se mantuvo hasta finales de los años cincuenta del pasado siglo, cuando se realizaron excavaciones arqueológicas que demostraron su antigua existencia. Tras ello se decidió reconstruirla tal y como puede verse hoy día, pero se originó una polémica.

Unos especialistas piensan que esa mampara interrumpe el discurso paisajístico que ofrecía originariamente el jardín. Otros consideran que permite una lectura desde otro punto de vista, además de crear una transición entre las dos zonas, muy diferentes entre sí tanto por el número de rocas y plantas como por la anchura del cauce de gravilla, un arroyo en la primera parte y un amplio río en la segunda. Una vez más la controversia está servida.

Jardín este, zona sur, Daisen-in, s. XVI, Kioto. Foto: J. Vives

 En la anterior foto se aprecia perfectamente una de las rocas más famosas de Daisen-in debido a su prominente parte delantera que recuerda la proa de una embarcación. Las piedras con forma que barca siempre fueron muy buscadas en Japón y pueden encontrarse en algunos jardines. Hay que remarcar que ninguna roca empleada en un jardín seco debe tallarse o manipularse para variar el aspecto que tenía en la naturaleza. Perdón, debo matizar esa afirmación: eso solo fue cierto hasta que llegaron los “modernos” en los años 1950, pero esa es una historia que comentaré otro día.

También aquí el perfil de las rocas y arbustos se recorta sobre el fondo blanco de la valla, que actúa como la nieblilla en las pinturas paisajísticas. Para que esas piedras sugiriesen  boscosas cumbres de forma efectiva, fue necesario incluir algún elemento que proporcionara la sensación de lejanía gracias a su adecuada escala. Eso se consiguió con los minúsculos arbustos de ramas y follaje mínimos que aparecen junto a las piedras.

Con todos estos recursos, no solo se logra que las rocas parezcan remotas cumbres surgiendo de un verde valle (su base de musgo), sino que unas casi escuálidas ramitas produzcan la sensación de ser enormes árboles colgados al borde de un distante precipicio al borde del río.

No cabe duda que la complejidad de la zona central de Daisen-in tuvo que exigir de su autor o autores una extraordinaria pericia técnica y una elevada capacidad artística. Sigamos nuestro recorrido por la galería.

Patio sur
Nada más girar hacia la derecha nos encontramos en la amplia fachada sur. Se ha producido un inesperado cambio. Ya no estamos frente a un estrecho jardín como los vistos hasta ahora, ni aparece valla alguna que cierre el espacio. Nos topamos con un enorme mar de gravilla rastrillada sin arbusto ni roca alguno. Dos setos bajos escalonados marcan el único límite de todo el rectángulo. Tras ellos una densa barrera de árboles logra que su follaje oculte cualquier signo del mundo exterior, del que a estas alturas ya nos hemos olvidado.

Del suave rastrillado de gravilla surgen dos enigmáticos conos. No busquemos en ellos demasiadas simbologías, serán todas subjetivas. Su razón de ser puede parecer algo prosaica, pero lo único que demuestra es la capacidad de los japoneses para convertir los elementos más triviales en algo enigmático y estimulante.
  
Jardín sur, Daisen-in, s. XVI, Kioto. Foto: J. Vives.

La función de esos conos no es otra que esperar el momento de reponer el lecho de gravilla. El estar ahí, justo donde se necesitará tenerla a mano en su momento, es muy práctico desde todos los puntos de vista.

Insisto, lo realmente interesante es la capacidad que ha demostrado el pueblo japonés para transformar una conveniencia funcional, un objeto simplemente práctico en un elemento compositivo relevante y sugerente. Otra de las lecciones de Daisen-in, aunque esta vez no es invención suya. Esa misma solución ya se utilizaba en los recintos sintoístas, de los que hablé en mi artículo del 7 de mayo, y sigue empleándose, como se aprecia en la foto siguiente.


Kamigamo-jinja, Kioto. Foto: J. Vives.

En la fotografía anterior aparecen dos altos conos de arena frente a uno de los pabellones del santuario sintoísta de Kamigamo en Kioto. Su función, al margen de interpretaciones subjetivas, no es otra que el disponer de recebo cerca de donde se debe extender periódicamente para mantener el terreno siempre en buen estado.

En este caso, dado que el suelo del recinto es de arena, no de gravilla, los conos también lo son, lo que permite que tengan mayor altura que los vistos en Daisen-in. Pero volvamos a Daisen-in para acabar nuestro recorrido en el jardín oeste.

Patio oeste
Este estrecho patio-jardín es una prolongación del anterior, sus mismos setos y árboles, su mismo bordillo de granito y sus mismas losetas negras colocadas a 45 grados. Un sencillo tapiz de gravilla y nada más. Eso es lo que se puede ver desde las estancias de la residencia del prior que se abren en esa dirección. Es el silencio final tras una densa experiencia visual.

Jardín oeste, Daisen-in, s. XVI, Kioto. Foto: Loren Madsen, Flick.com

Con esto doy por concluida la visita a Daisen-in y la serie que he dedicado a los jardines secos. Espero que con mis comentarios se hayan aclarado algunas ideas respecto a los famosos kare sansui japoneses, una tipología que parece ponerse de moda en Occidente entre diseñadores, arquitectos y jardineros en pos de algo nuevo.

No es la originalidad lo que debe buscarse cuando se crea un jardín seco, sino el ancestral lenguaje de la naturaleza, el que se encuentra en rocas y plantas, ese que tan bien han entendido los japoneses y que nos resulta tan difícil de dominar. Nosotros, los occidentales, quizás deberíamos contentarnos simplemente con contemplarlos, y si deseamos construir uno, busquemos un maestro jardinero japonés.

La semana próxima comenzaré una nueva serie, esta vez dedicada a la arquitectura budistaSi te ha gustado esta, puedes suscribirte a las nuevas que iré publicando, hazlo por correo o  RSS. Mira en la parte superior derecha de esta página.

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