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martes, 24 de junio de 2014

Pintura japonesa: la yamato-e, V

El emakimono Gaki zoshi emaki, II
Después de haber comentado la semana pasada la pintura en rollo conocida como Gaki zoshi emaki que se conserva en el museo de Kioto, hoy prometo acabar esta espeluznante serie sobre las pinturas del infierno hablando del segundo emakimono custodiado en la pinacoteca de Tokio.

El rollo del Gaki zoshi emaki de Tokio
La pintura conservada en el Museo Nacional de Tokio tiene estas características:

Título: Gaki zoshi emaki
Autor: desconocido.
Medio: tinta y color sobre papel.
Fecha ejecución: siglos XII-XIII
Un rollo custodiado en el Museo Nacional de Tokio.
Medidas: 27x380 cm.
Composición: nueve pinturas, caligrafías perdidas.

El rollo de Tokio tiene actualmente los colores muy apagados y se diferencia del de Kioto por no tener caligrafías intercaladas entre las pinturas, dado que se han perdido, pero sobre todo porque su tratamiento es mucho más duro y desesperanzado que el del rollo de Kioto. Las escenas son aquí más realistas y crueles y su cromatismo mucho más oscuro, aunque no lo era inicialmente. La hambruna de los espectros se refleja en su inclinación a comer cualquier cosa, incluso heces humanas.

De nuevo recomiendo entrar en la página del museo de Tokio para ver en detalle esta obra. Su enlace directo es este.

El comienzo del relato, siempre en el lado derecho, muestra una escena cortesana en el interior de una mansión de nobles ataviados con sus característicos sombreros y lujosos kimono. Ese fragmento no lo he insertado aquí, pero puede contemplarse en el enlace de la pinacoteca tokiota. Como vimos en el Genji monogatari emaki el día 22 de mayo de 2013, se ha “retirado” el techo del edificio para poder ver la escena que se desarrolla en su interior. Se trata de una fiesta, algo cuyos excesos podrían conducir a lo que muestra la obra a continuación: hambrientos espectros que expían su gula en ambientes mucho menos refinados.

Veamos una de sus desoladoras escenas, no apta para personas sensibles.

Escena tercera del rollo de Tokio. Foto: Wikimedia Commons.

La fotografía anterior es de la escena tercera, la más escatológica de todas. En ella vemos a los escuálidos fantasmas esperar pacientemente a que los pobres ciudadanos realicen sus necesidades para saciar su mortal hambre. Obsérvese cómo sus figuras están tratadas de forma muy diferente a las de los humanos, representados con tonos más claros y cubiertos con la vestimenta adecuada, excepto el niño que está haciendo sus “cosas” en plena calle. Los espectros aparecen desnudos, con huesudos miembros, hinchadas barrigas y expresión simiesca. La impertérrita cara de los vivos contrasta con la expresión ansiosa de los fantasmas.

Escena cuarta del rollo de Tokio. Foto: Wikimedia Commons.

La foto anterior corresponde a la escena cuarta, en la que se representa la “visita” de los fantasmas a un cementerio. Su hambre no tiene límites. En un escueto paisaje con unos montículos o túmulos y las características lápidas y linternas de los camposantos budistas, vemos a famélicos espectros recogiendo huesos y calaveras en búsqueda de alimento.

Como me parece que la sesión de hoy está resultando demasiado siniestra, prefiero no extenderme demasiado. De momento, no creo que dedique más artículos a temas semejantes, aunque hay que reconocer que la técnica del dibujo de estas obras es de un nivel altísimo. Otra cuestión son las lecciones que casi siempre han querido darnos las religiones.

Para acabar con mejor sabor de boca inserto una pintura budista un poco anterior cronológicamente hablando, pero mucho  más arcangélica.

Atribuido a Eshin Sozu: Amida y 25 bosatsu, siglos XI-XII, tinta y color sobre seda.
Tríptico 211x422 cm. Kongōbu-ji, Kōya-san, Wakayama. Foto: Wikimedia Commons. 

La ilustración anterior es de un tríptico que representa el descenso del buda Amida. Ese tipo de pinturas se denominan en japonés raigō-zu. En esta obra vemos a Amida acompañado por sus angélicos acólitos en diferentes actitudes festivas, una escena realmente reconfortante después de lo visto hasta ahora. 

Su composición se apoya en una gran envolvente curvilínea que enmarca a unas figuras en las cuales predominan los trazos ondulados. Mientras las líneas que rodean a los bosatsu son rojizas, el vestido de Amida se decora con diseños dorados. El sonriente cortejo celestial, que toca diversos instrumentos musicales, otorga a la obra su serena y beatífica atmósfera.

Espero que con este postre nos haya quedado un mejor sabor de boca. La próxima semana cambiaré de especialidad y volveré a hablar de arquitectura. Hasta entonces.