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martes, 1 de julio de 2014

Arquitectura japonesa: el castillo japonés, características

La arquitectura de los castillos japoneses, introducción
A finales del siglo XVI apareció en Japón una nueva tipología arquitectónica que desplazó a la religiosa que en épocas anteriores había dominado la actividad constructiva del país: eran los castillos japoneses. Corría el periodo Momoyama (1373-1603), unos años en los que la riqueza de los clanes dominantes se manifestaba en residencias repletas de pinturas doradas y la autoridad de los más poderosos en fortalezas imponentes que pretendían ofrecerles seguridad frente a posibles ataques de sus enemigos. Eran las décadas que precedieron a la unificación y pacificación de Japón, las de sus grandes castillos.

Orígenes
Hasta el siglo XVI la mayoría de los señores feudales habían construido fortificaciones de estructura de madera que poco se diferenciaban de las mansiones convencionales. Su seguridad frente a los ataques de clanes rivales se la proporcionaban unas discretas murallas y un foso de agua más o menos grande según su poder económico. En algunos casos, incluso lograban levantar sus discretas fortificaciones en la cumbre de alguna montaña, hecho que aumentaba su inexpugnabilidad, sobre todo teniendo en cuenta que el único armamento de largo alcance que existía en esos años era el arco y las flechas.

Sin embargo, con la llegada de los portugueses y españoles a mediados del siglo XVI, los japoneses descubrieron las armas de fuego y, en pocos años, aprendieron a fabricar trabucos y arcabuces, hecho que trastocó la pretendida seguridad de los antiguos fortines. Frente al nuevo armamento llegado de Occidente solo cabía, por un lado, cambiar las tácticas de combate y, por otro, mejorar la resistencia de las fortificaciones.

Oda Nobunaga (1534-1582) fue quien empleó por primera vez en Japón las armas de fuego. Eso ocurrió en 1575 durante su enfrentamiento con Takeda Katsuyori (1546-1582) en la batalla de Nagashino, acontecimiento relatado en la espléndida película Kagemusha de Kurosawa Akira.

También fue Nobunaga el promotor del castillo de Azuchi, pionero en la utilización de ciclópeas murallas que rodeaban el recinto donde se levantaba un impresionante torreón de siete plantas y en cuyo interior no se escatimaron medios para conseguir el ambiente más lujoso posible. El jesuita portugués Luís Fróis (1532-1597) comparó su esplendor con los monumentos más suntuosos de la Europa de la época. La foto siguiente muestra una vista lejana del castillo de Himeji, seguramente tan imponente como debía ser el de Azuchi.

Castillo de Himeji, 1609. Foto: J. Vives.

Tras el asesinato de Nobunaga en 1582 su castillo fue destruido totalmente. sin embargo, al año siguiente su sucesor, Toyotomi Hideyoshi (1537-1598) construyó en Osaka otra fortaleza que superaba en tamaño a la de Azuchi, una demostración de su pretendido poder . Pero su exhibición de dominio absoluto no se detuvo ahí y en 1586 mandó levantar un suntuoso palacio fortificado en Kioto, denominado Jurakudai, y en 1594 un impresionante castillo en Fushimi, en el sur de la capital. Ninguno de ellos ha llegado hasta nuestros días. Se calcula que entre 1580 y 1615 se erigieron por todo Japón casi un centenar de fortalezas que seguían el modelo de Azuchi.

Características
En los años momoyama la construcción de castillos en Japón alcanzó su máximo esplendor, tanto en lo que se refiere a sus sistemas defensivos como en su aspecto estético. Si nos centramos en los torreones principales, unos robustos muros de mampostería ciclópea con curvado talud cerraban totalmente su planta baja, de forma que en todo su perímetro y altura no había más abertura que la enorme y gruesa puerta de acceso. No existía en ellos ni una sola ventana que permitiera irrumpir en su interior subrepticiamente.

Por encima de ese imponente basamento, que podía tener más de diez metros de altura, surgía una construcción de varios pisos en los que no faltaban elementos decorativos, casi siempre situados en las cubiertas y muros hastiales, que manifestaban el poder del señor del feudo. Dado que toda su estructura era de madera, para aumentar su resistencia frente al fuego, se revestía exteriormente con una especie de revoco.

Elementos defensivos
A continuación voy a describir algunos de los elementos ideados para incrementar la defensa pasiva del bastión y que se encontraban tanto en el recinto exterior como en el castillo propiamente dicho.

Fosos
El primero de los sistemas defensivos de toda fortaleza era el foso. Lo que se pretendía con él era rodear la muralla exterior con un amplio espacio donde no hubiera nada tras lo que se pudieran ocultar los atacantes. En los castillos construidos en montañas ese foso podía ser seco, es decir, en vez de agua se rellenaba con barro fino extraído de los grandes arrozales vecinos. De esa forma resultaba casi imposible atravesarlo. Cuando la fortaleza se situaba en una llanura lo usual era llenarlos de agua, que podía alcanzar una profundidad de hasta ocho metros.

Foso del castillo de Matsumoto, 1597. Foto: J. Vives.

En la foto anterior se muestra el foso del pequeño pero elegante castillo de Matsumoto. En este caso el agua llega hasta los pies de la torre.

Murallas
Los recintos de las fortalezas, dependiendo de su tamaño y de la capacidad económica del señor feudal, se dividían en varias zonas, tres como máximo, cada una de ellas rodeada por una muralla. Tras la más interior, llamada honmaru, se levantaba el torreón principal, donde se suponía debía trasladarse el señor en caso de que se produjera un ataque. En las áreas exteriores, pero todavía protegidas por murallas, se distribuían la mansión habitual del gobernador del feudo, almacenes, talleres y residencias de los servidores. Con los años, alrededor de los castillos se fueron formando verdaderos núcleos urbanos.

Murallas del castillo de Kumamoto, 1610. Foto: J. Vives.

La construcción de las murallas se hacía después de haber excavado los fosos que las rodeaban. De esa forma se aprovechaba la tierra extraída de dos maneras diferentes. En primer lugar, se creaban grandes plataformas sobre las que se levantaba el torreón principal para que fuera visible desde lejos y su perfil destacase aún más por encima del resto de construcciones. A continuación, sobre los taludes de esas explanadas se colocaban grandes piedras que los estabilizaban y les otorgaban su característica presencia. En la fotografía anterior se aprecian los imponentes muros del castillo de Kumamoto, que en algunos puntos superan los veinte metros de altura, y cómo su torreón destaca por encima de ellos.

Otra manera de utilizar las tierras procedentes de la excavación del foso era emplearlas para rellenar el interior de una muralla exenta revestida conenormes mampuestos. En este caso, dependiendo de la altura, su grueso podía superar fácilmente los dos metros. Una forma de demostrar el poder y solvencia de un señor feudal era utilizar en ellas mampuestos ciclópeos del mayor tamaño posible. En el castillo de Osaka se encuentran algunos que llegan a pesar decenas de toneladas que todavía pueden verse hoy.

Torreones
Base del torreón del castillo de Hikone, 1575. Foto: J. Vives.
Ya he comentado que la pared exterior de la planta baja del bastión principal de un castillo se revestía totalmente con enormes piedras dándole forma en talud ligeramente curvo. La razón de la inclinación y curvatura tanto de las murallas como de esas paredes de los torreones era simplemente aumentar su estabilidad, dado que a mayor altura su enorme peso obligaba a ampliar más y más su base. Como dije, para incrementar la seguridad, en esa especie de zócalo pétreo no existía ninguna ventana y su única abertura era el portón de entrada.

En la fotografía de la derecha del castillo de Hikone se aprecia su basamento de piedra sin abertura alguna. En este caso dada su pequeña dimensión, su perfil no es muy inclinado. Como en este caso, todos los torreones japoneses dan la sensación de tener un piso menos de los que realmente tienen, dado que en su planta baja no aparece ninguna ventana. Obsérvese los elementos decorativos en las cubiertas y las molduras doradas en los tejados de la zona alta.

Aspilleras y ladroneras
Las aspilleras son las aberturas practicadas en una pared para poder disparar a través de ellas de forma segura flechas o armas de fuego. La ladronera o matacán es un cuerpo en voladizo, a modo de tribuna, pensado para echar, a través de unas trampillas escamoteables, piedras o líquidos contra el hipotético enemigo que intente escalar el talud de la base. Ambos elementos se encuentran en los castillos japoneses al igual que en los europeos, aunque el aspecto de estas últimas es diferente.

Aspilleras del castillo de Himeji, 1609. Foto: Wikimedia Commons.
  
En la fotografía anterior se aprecian las aspilleras situadas en uno de los muros de los pasillos del castillo de Himeji. Su diferente forma se adaptaba al tipo de arma, fuese un arco o un arcabuz. Obsérvese que interiormente todas tienen un perfil mayor que en el centro del muro. Eso permitía una amplia zona de barrido para el disparo, al tiempo que el soldado quedaba protegido del alcance de las armas del exterior, dado lo improbable de que una flecha o bala atravesara el pequeño hueco interior.

Ladroneras del castillo de Matsumoto, 1597. Foto: J. Vives.
En la ilustración de la izquierda puede verse una especie de pequeña tribuna que sobresale por encima de la esquina del muro de piedra. Es una ladronera que permitía echar piedras o simplemente fustigar a los hipotéticos atacantes que intentaran escalar ese basamento, para lo cual tenía una trampilla en la zona inferior.

Bien creo que después de esta pequeña introducción ya es momento de comentar al menos un par de los castillos japoneses más notables que han sobrevivido a guerras e incendios. Pero eso lo dejo para el siguiente artículo.

Ah, si no lo habéis visto aún, os recomiendo acceder a este otro artículo donde he insertado un corto montaje fotográfico sobre castillos japoneses.

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