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martes, 15 de julio de 2014

Arquitectura japonesa: el castillo japonés, Himeji

La arquitectura de los castillos japoneses: Himeji
El castillo japonés de Himeji es el más completo ejemplo que ha llegado hasta nuestros días de arquitectura feudal en Japón. Construido en un promontorio y levantado sobre robustos muros de piedra ciclópea, su perfil resulta no solo inconfundible, sino de una prestancia innegable. Precisamente por su impresionante aspecto ha sido utilizado innumerables veces en películas japonesas de época.

Castillo de Himeji, 1609. Foto: J. Vives.

Historia
La construcción del castillo de Himeji se llevó a cabo entre 1601 y 1613 bajo las órdenes de Ikeda Terumasa (1565-1613). En esos años, los Tokugawa necesitaban controlar los límites que separaban los territorios controlados por su clan y los de sus antiguos enemigos derrotados en la batalla de Sekigahara en 1600.

El bastión principal de Himeji, formado por tres torres conectadas entre sí, se finalizó en 1609, pero hasta 1613 se siguió construyendo otras estructuras repartidas por su recinto así como algunas murallas exteriores. En un principio, se tenía previsto comunicar su gran foso con el Mar Interior mediante canales, para así facilitar el transporte de todo tipo de suministros hasta el castillo. Sin embargo, ese objetivo no se llevó a cabo debido a la muerte de Terumasa.

La importancia de Himeji no solo radica en su enorme torreón, sino en el conjunto de foso, murallas y corredores que protegían a un verdadero pueblo levantado en su interior. En la ilustración siguiente se muestra una reconstrucción de Himeji en su época de mayor esplendor, cuando tras sus murallas se levantaban innumerables edificaciones.

Reconstrucción del recinto original de Himeji. Foto: Wikimedia Commons.

Características
El núcleo principal de Himeji, denominado honmaru y donde se levanta su gran torreón, es la zona más elevada de todo su recinto y mide casi 100x100 metros, mientras que su espacio amurallado tiene una superficie de unos 1800x1400 metros. A pesar de que la mayoría de sus construcciones perimetrales no han sobrevivido, Himeji es el mayor de los castillos que existen hoy día en Japón, aunque en su tiempo le superaban en tamaño los de Nagoya, Osaka y Edo.

Debido a su emplazamiento en la parte más alta de una colina de unos 50 metros de altura, en su época, el perfil del castillo de Himeji dominaba visualmente toda la planicie, mostrando su majestuoso porte como símbolo indiscutible de poder y autoridad en un periodo en el que ya se había logrado pacificar al país.

Después de la majestuosa presencia de su blanco torreón, el elemento más impresionante de Himeji es su laberíntico conjunto de corredores flanqueados por murallas e interceptados periódicamente por enormes portones. Los bruscos cambios de sentido de esos estrechos pasos estaban pensados para desorientar a los hipotéticos atacantes y conducirles a unos patios donde quedaban acorralados en el momento en que se cerraba la puerta por donde habían accedido a ese espacio sin retorno. Una vez ahí se convertían en fácil presa de los arqueros apostados tras las aspilleras en lo alto de los muros. Ese era el mejor sistema defensivo de Himeji.

Castillo de Himeji. Foto: J. Vives.
Castillo de Himeji, 1609. Foto: J. Vives.

En la fotografía de la izquierda se aprecia uno de los numerosos corredores que discurren entre altos muros. Obsérvese que no puede verse el final del camino debido al giro que se produce unos metros más adelante. En la foto de la derecha aparece uno de los portones que interceptan esos pasillos y cierran los patios, a donde los hipotéticos atacantes llegaban completamente desorientados después de haber realizado varios cambios de dirección en su avance.

En concreto, uno de esos corredores se convertía en una verdadera ratonera debido a que, una vez obligado a dar un brusco quiebro en su marcha, el enemigo se encontraba frente a un muro ciego sin abertura alguna. Obsérvese en las anteriores ilustraciones las aspilleras distribuidas a lo largo de la parte alta de los muros y por encima del talud de piedra.

En su tiempo, Himeji tenía unos 84 portones con sus respectivas torres defensivas que interceptaban su laberíntico sistema de corredores, pero actualmente solo existen dieciséis.

Los pasillos exteriores de Himeji se crearon pensando en los arcabuces y mosquetes que ya se fabricaban en Japón. Debido el relativamente corto alcance de esas armas de fuego y a su no excesivo poder destructivo, sus elementos defensivos lo convertían en un bastión suficientemente seguro, aunque no lo era frente al potente fuego de un cañón. Sin embargo, aunque los cañones eran conocidos por haber sido introducidos por los occidentales, no se fabricaban en Japón debido a que los artesanos de la época no dominaban la técnica de la fundición.

Gracias a esa limitación armamentística, los castillos japoneses pudieron mantener su porte elegante y sofisticado como símbolo de autoridad, sin sentir la necesidad de aumentar la seguridad pasiva del propio edificio frente al poder destructivo de los cañones, algo que sí ocurrió en Europa.

Muchos de los rasgos del castillo de Matsumoto, que comenté en el artículo anterior, están presentes en Himeji a mayor escala. Su foso es enorme y queda lejos de la zona interior protegida por murallas y laberínticos pasillos, los cuales, hoy día, en vez de desorientarnos, como se pretendía hacer con los enemigos, nos permiten disfrutar de la visión del gran torreón desde un sin fin de puntos de vista diferentes. 

Castillo de Himeji, 1609. Foto: J. Vives.

En la foto anterior se muestra el elaborado trabajo de carpintería realizado para conseguir el importante vuelo de sus tejadillos. Precisamente, su dimensión obligó a emplear cartelas que se revistieron con una especie de revoco para protegerlas del fuego, al igual que se hizo con las fachadas.

Construcción
La construcción de Himeji refleja una sofisticación técnica muy elevada, especialmente teniendo en cuenta que su estructura es únicamente de madera. Sus 400 años de vida resistiendo tifones y terremotos así lo demuestran. Desde el punto de vista arquitectónico, y aunque parezca paradójico, Himeji debe mucho a los edificios del templo de Hōryū-ji y en concreto a su pagoda, de la que hablé en este artículo.

Comenté ese día que las pagodas tenían un pilar central que atravesaba todos sus pisos, pero lo que no dije en ese momento fue que esa columna, generalmente tallada a partir de un solo tronco, era el elemento más importante de su compleja estructura y el que le otorgaba su resistencia, o mejor debería decir su adecuada flexibilidad y trabazón frente a los terremotos tan frecuentes en Japón.

Pues bien, en Himeji, casi mil años después, se utilizó ese mismo sistema, aunque mucho más sofisticado, para crear un torreón que superaba en veinte metros la altura de la pagoda de Hōryū -ji y ocupaba unos 900 m² frente a los escasos cincuenta del edificio budista. 

En el gran torreón de Himeji, los maestros carpinteros adaptaron la ancestral técnica de las pagodas a las especiales características que debía tener una fortaleza de semejante tamaño. Para ello, en vez de un solo pilar, levantaron dos enormes columnas que permitían trabar adecuadamente todas las vigas de sus siete pisos para otorgar a todo el conjunto una gran estabilidad frente a los fuertes movimientos horizontales que provocan los terremotos.

Alzado y sección del torreón de Himeji. Ilustración: Bunka-chō, Kokubo jūyō bunkasai.

En la ilustración anterior se pueden ver los dos pilares que arriostran toda la estructura del torreón de Himeji. Uno de ellos se extrajo de un solo tronco de más de 24 metros de altura, mientras que el segundo está formado por tres piezas ensambladas con una técnica impresionante. Ambos atraviesan cada planta permitiendo que sus respectivas vigas, al unirse a ellos, formen una gigantesca malla muy trabada pero flexible al mismo tiempo. 

Ese tipo de construcción reacciona igual que un bambú: se dobla ante un fuerte viento, pero recupera su verticalidad una vez deja de soplar. Así actúan las estructuras de madera en las pagodas y en Himeji cuando las sacude un terremoto.

Fachadas
La fachada de Himeji es totalmente blanca por haberse revestido con un enlucido de ese color tanto sus paredes como los elementos de madera de su estructura, una eficaz forma de protegerla contra los incendios. Incluso las tejas grises están rejuntadas con mortero blanco para evitar que el viento las arranque. 

Pero la innegable funcionalidad de esas dos soluciones no impidió que también se utilizaran inteligentemente para otorgar al castillo una presencia casi teatral, un hecho que demuestra el valor simbólico que se consideraba debía tener un edificio que representaba el poder y solvencia de un gran señor feudal.

Castillo de Himeji, 1609. Foto: J. Vives.

Sin lugar a dudas, Himeji es el más majestuoso de los castillos japoneses por sus dimensiones, por sus abundantes huecos y celosías, por la profusión de hastiales decorados y por su reducido pero elegante cromatismo.

Por cierto, las cubiertas onduladas de esos hastiales decorativos muestran una clara influencia de los tejados de estilo chino introducidos en Japón en el periodo Heian (794-1185) y que pueden verse en muchas de las grandes puertas de los templos budistas, como el de la fotografía siguiente. Otra prueba más del trasvase de soluciones técnicas y decorativas entre la arquitectura religiosa y la feudal.

La sanmon de Kencho-ji, 1754, Kamakura. Foto: J. Vives.

Aunque el portón del templo de la fotografía anterior es posterior a Himeji, esa solución de ondular tanto el extremo como la parte central del alero de una cubierta ya se conocía desde muy antiguo en Japón; aunque no ha llegado hasta nuestros días ninguna construcción de los primeros ejemplos así construidos. Durante el periodo Edo muchos monasterios budistas incorporaron en su recinto alguna puerta con tejado de ese estilo, conocido como karahafu. Obsérvese en la siguiente fotografía que en Himeji también se crearon tejadillos ondulados que se alternaban con los hastiales triangulares. 

Castillo de Himeji, 1609. Foto: J. Vives.

Una vez llegados a la gran plaza central, como ya he dicho de nombre genérico honmaru, el imponente torreón principal exhibe con esplendor sus más de 45 metros de altura. La impresionante visión del castillo de Himeji desde cualquier punto de vista es una muestra de la autoridad que emanaba de los grandes señores de la época.

La gran arquitectura feudal japonesa, nació y se desarrolló en poco más de sesenta años, desde 1576, cuando Nobunaga construyó Azuchi, hasta 1638, fecha de la finalización del castillo de Edo. En ese corto lapso de tiempo, algunos de los más elaborados recursos técnicos y formales de la arquitectura budista se aprovecharon para levantar las construcciones más imponentes de la historia japonesa. Un interesante ejemplo de trasvase técnico y estilístico entre diferentes tipologías.

Interior del castillo de Himeji, 1609. Foto: Flickr, usuario: LaMaPhoto.

Con este artículo dedicado a Himeji doy por finalizada esta corta serie consagrada a los castillos japoneses. La próxima semana seguiré hablando de arquitectura, pero esta vez de arquitectura moderna. Por primera vez en este blog, publicaré una colección de artículos dedicada íntegramente al arte japonés del siglo XX. Hasta entonces.