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martes, 31 de mayo de 2016

Constantes en la arquitectura japonesa, tradición y modernidad, III

Asimetría y formas de generación 
En el artículo anterior  comenté que la arquitectura japonesa clásica se basa en unos principios muy diferentes de los de la occidental, y comenté uno de ellos: la asimetría. También dije en su último párrafo que utilizar ese concepto implicaba la aparición de sistemas de generación o crecimiento no basados en ejes o polos. Veamos a qué me refiero.

Generación y desarrollo
Hace quince días, vimos que en la Villa Imperial de Katsura en Kioto no se aplicó un método compositivo apoyado en ejes, sino en un tipo de crecimiento aditivo que prescindía totalmente de cualquier regla de simetría. Cada nueva ampliación de la residencia imperial, en total se hicieron tres, se adicionaba escalonadamente para no perjudicar la buena orientación de la anterior.

Ese sistema de crecimiento mediante retranqueos también se utilizó en otro de los edificios clásicos de Kioto, el castillo de Nijō. En la ilustración siguiente se aprecian los quiebros de los diferentes cuerpos que permiten que todos los pabellones disfruten de las orientaciones sur y oeste, así como de buenas vistas a su espléndido jardín.

Dibujo en perspectiva de Nijō, Kioto, s. XVII. 
Foto en Nishi Kazuo y Hozumi Kazuo: What is Japanese Architecture? Kodansha, 1985.

Pues bien, un tipo de desarrollo similar, sin basarse en ejes ni simetrías, se ha dado también en las ciudades japonesas. Hasta mediados de la centuria pasada, no existían en ellas avenidas que las vertebrasen linealmente, ni anillos que las expandieran concéntricamente, unos métodos muy empleados en Europa desde el Renacimiento y especialmente a partir del Barroco, en el siglo XVII, la época de construcción de la villa de Katsura y del castillo de Nijō.

En Japón, las grandes urbes no tuvieron un crecimiento axial apoyado en calles o bulevares, ni correlativo basado en una numeración continua. En Europa lo importante eran las líneas definidas por las avenidas, a las que se daba nombre. Por su parte, en Japón los cruces se convertían en lo fundamental, al mismo tiempo que las calles no recibían nombre alguno. En Occidente los edificios se han numerado siempre correlativamente, mientras que en Japón se ha hecho en función de su fecha de construcción. Parece que en la Europa clásica el espacio era el patrón que ordenaba el entorno. En el Japón tradicional ese papel lo desempeñaba el tiempo. Como estoy viendo que en este momento me estoy adentrando peligrosamente en un territorio que no es el mío, creo que debo dejarlo aquí.

Esas características, ausencia de nombre en las calles y numeración no correlativa de los edificios, son las causantes de la sorpresa y desconcierto del visitante occidental cuando debe orientarse o encontrar una determinada dirección en Tokio o cualquier otra ciudad japonesa. 

Compárense las dos fotos aéreas siguientes de Tokio y París. Resulta evidente que el desarrollo de la capital nipona se produjo por adición “orgánica” sin apoyarse en ejes o polos que lo vertebraran. En París, en cambio, se decidió utilizar un esquema focal de cuyo núcleo partían radialmente grandes avenidas. Ambos métodos de crecimiento urbanístico son más o menos coetáneos.

Foto aérea de los barrios de Yayoi y Nezu en Tokio. Foto: Google Maps.

Foto aérea de los alrededores del Arco del Triunfo en París. Foto: Google Maps.

Con la excepción de Kioto y Nara, capitales construidas según patrones ortogonales chinos en el siglo VIII, las urbes niponas y su estructura urbanística son el ejemplo más evidente del rechazo de la linealidad y la quiebra de lo correlativo. La mayor parte del tejido urbano en Japón es orgánico, fractal dirían algunos. Se ha formado a partir de células que han ido creciendo con su propio ritmo, asociándose unas a otras pero sin fusionarse, y numerándose no correlativa o espacialmente, sino temporalmente, pues, en el País del Sol Naciente, dos edificios colindantes no poseen necesariamente números consecutivos.

Con lo expuesto, creo que resulta obvia la diferencia entre los planteamientos tenidos en cuenta en el Japón clásico y los utilizados en la Europa renacentista. Pero, hablando del crecimiento, nos hemos topado, sin darnos cuenta, con un nuevo concepto: el de la subdivisión.

El módulo
La evolución o crecimiento orgánico de edificios y ciudades en Japón, dio lugar a una forma de desarrollo por adición en el que todo se creaba a partir de un conjunto de unidades de diferente nivel y que podríamos denominar módulos.

La estructura de pilares y vigas de madera de la arquitectura tradicional japonesa, respondía a unas medidas fijas y estandarizadas que estaban condicionadas no solo por la dimensión de los troncos empleados, sino especialmente por la de los tatami, verdadera célula generadora de todo el espacio arquitectónico. Henos aquí ante el componente nuclear del sistema constructivo en Japón.

A partir de lo que ocupaba un tatami, unos 90x180 cm, dependiendo de la región, se deducían todas las dimensiones de los edificios. Era un verdadero módulo integral que definía la superficie de las estancias y la altura de las puertas. Cuál es el origen o el por qué de esas medidas seguramente tuvo que ver con que se ajustaban bastante bien a lo que ocupa un hombre cuando se estira en el suelo para dormir.

En Europa, primero, los griegos, luego, Vitruvio y, ya en el siglo XX, Le Corbusier intentaron sistematizar, cada uno a su manera, un canon o patrón que sirviera de unidad arquitectónica universal. Los japoneses también crearon un método modular que se aplicaba a todos los elementos arquitectónicos: a la sección de las columnas de madera, a la luz entre pilares, a la distancia entre durmientes y dinteles, a las medidas de los paneles correderos, etcétera. Con los siglos, ese sistema fue perfeccionado por los carpinteros nipones hasta extremos casi inverosímiles. Gracias a él, los interiores de los edificios de Japón resultan sumamente equilibrados, pues sus tres dimensiones quedan relacionadas armónicamente entre sí.

Takayama jinya, periodo Edo. Foto: J. Vives.

En la fotografía anterior se comprueba que la distancia entre pilares y paredes es un número exacto de tatami, cuya anchura coincide, casi siempre, con la de las puertas correderas. Por otro lado, la altura de las hojas de estas equivale a la unidad de medida básica, el denominado ken, es decir, la longitud de un tatami.

El tatami se utilizó tanto en las minúsculas habitaciones de las casas de té como en las enormes salas de los palacios o templos, y permitió estandarizar toda la arquitectura japonesa. Su empleo llegó a ser tan extendido que los carpinteros, quienes en realidad proyectaban y construían los edificios de madera, apenas precisaban planos. Su módulo bastaba para que, con solo indicar la superficie deseada de cada estancia, definida no por sus dimensiones, sino por el número de tatami que debía tener, se pudieran ejecutar completamente la estructura de pilares y vigas, los cerramientos correderos y los pavimentos del edificio. Es decir, todo a falta de rematar el tejado, levantar las escasas paredes de plementería y pavimentar los patios y zaguanes.

La cápsula
Kurokawa Kishō: Edificio Nakagin, 1972, Tokio. 
Foto: Wikimedia Commons.
Ese concepto general de modulación, presente en la arquitectura tradicional, se aplicó muy pronto en los primeros edificios de las vanguardias japonesas de los años setenta de la pasada centuria. Con la industrialización y los pioneros intentos de prefabricación, la célula bidimensional, el tatami, cedió el paso a la célula tridimensional, la cápsula.

El primer edificio residencial en el que se emplearon módulos prefabricados a gran escala en su construcción fue obra del arquitecto Kurokawa Kishō (1934-2007), quien en 1972 supo aprovechar la tecnología japonesa de la construcción naval y los sistemas de transporte de contenedores para levantar el edificio Nakagin en pleno centro de Tokio, un hito indiscutible de la arquitectura japonesa que hoy día se encuentra en peligro de desaparición.

Cada uno de sus módulos prefabricados era un pequeño estudio de menos de diez metros cuadrados, en el que venían incorporados de fábrica armarios, grabador de cinta magnetofónica, televisión, radio, teléfono, mesa, cama y un reducido aseo también prefabricado. La fotografía anterior del edificio Nakagin es del año 2013, cuando su estado de conservación era ya muy precario. La siguiente es de una réplica de una de sus cápsulas, construida con motivo de la exposición que dedicó el Museo Mori de Tokio al movimiento metabolista en 2011.

Réplica de la una cápsula del edificio Nakagin, Tokio. Foto: Flickr, usuario Simon Dubreuil.

Pero ya antes de ese hito, a finales de la década de los sesenta, se empezaron a manufacturar en Japón cabinas de baño prefabricadas que sólo había que encajarlas en la estructura del edificio y conectarlas a sus redes de instalaciones. Bañera, lavabo y paredes de material plástico formaban parte de dos cáscaras o caparazones, uno inferior y otro superior, que se unían en obra para formar la sala de aseo, una solución que fue muy común en los hoteles japoneses durante décadas.

La fotografía siguiente muestra el reducidísimo aseo de los apartamentos del comentado edificio Nakagin de Kurokawa. Las paredes, bañera, lavabo e incluso el inodoro están fabricados de material plástico y forman parte de las “carcasas” con las que se creó el baño, una cápsula dentro de otra, y que en la obra simplemente había que conectar a las redes de agua y desagüe de la torre.

Interior del aseo prefabricado del edificio Nakagin de Kurokawa, 1972. Foto: Jan Vranovsky, Parallel World.

Pero, como nos podemos imaginar, antes del edificio Nakagin, ya se habían hecho varios ensayos, especialmente en la Exposición Universal de Osaka de 1970, donde el mismo Kurokawa utilizó ese concepto de módulo o cápsula prefabricada en algunos edificios, como el que muestra la fotografía siguiente.

Kurokawa Kishō: Pabellón Takara Beautillion, Expo de Osaka, 1970. 
Foto en Nakawada Minami: Expo’70. Tokio: Diamondosha, 2005.

En la Exposición Universal de Osaka en 1970, se vieron varios pabellones en los se empleaba el concepto de cápsula. De todos ellos, el más claro conceptualmente fue el de Takara Beautillion, proyectado por el mencionado Kurokawa. Su estructura tridimensional estaba formada por elementos de seis brazos en forma de cruz que se unían unos a otros mediante unas placas circulares en sus extremos. Una vez montado el conjunto, se insertaban en los alvéolos las cápsulas pertinentes o unos paneles de cierre, según el caso. Su aspecto final daba a entender que podía ampliarse indefinidamente con solo ir añadiendo más módulos en los que encajar las cápsulas adecuadas.

Resulta interesante constatar que la práctica de subdividir un conjunto en otros menores e independientes, existe también en los métodos de aprendizaje del teatro clásico japonés, de las artes marciales, de la ceremonia de té y de otras especialidades artísticas niponas: todo es reducible a módulos, a los denominados kata.

En el siguiente artículo, dentro de dos semanas, seguiremos viendo otros rasgos de la arquitectura japonesa.