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martes, 17 de mayo de 2016

Constantes en la arquitectura japonesa, tradición y modernidad, II

Primera constante: asimetría 
Tal como prometí en el anterior artículo, hoy empezaré a comentar algunas de las características más recurrentes en la arquitectura japonesa de todos los tiempos. Así pues comenzaré hablando de la más evidente de todas, la asimetría.

La transición de la simetría a la asimetría
En Japón, a partir del siglo XIII, aproximadamente, los recintos budistas primero y las residencias después comenzaron a abandonar los esquemas simétricos que proponían los modelos importados de China, país que hasta ese momento había sido su referencia cultural y técnica. El planteamiento chino para situar los diferentes pabellones de los templos consistía, primero, en aplanar el terreno donde se debía levantar el monasterio y, luego, construir sus edificios situándolos de forma ordenada siguiendo una alineación determinada o manteniendo una equidistancia respecto a un eje.

La ilustración siguiente es de la planta de Shitennō-ji, un templo construido en el año 593 en Osaka. Vemos claramente que los cuatro elementos que se encuentran en esa especie de claustro, se sitúan a lo largo de una línea. En la parte inferior, encajada entre los pasillos del claustro, vemos la puerta de acceso, a continuación se sitúa la pagoda, tras ella el salón donde se custodian esculturas de divinidades budistas y en el extremo norte, el pabellón de las prédicas, que también se conoce como salón de conferencias. Fuera del recinto, en el lado norte, se encuentran el almacén de los sutras y el campanario.


Planta de Shitennō-ji, Osaka, 593. Foto de fuente desconocida.

Ese tipo de esquema simétrico, adoptado por los primeros templos budistas construidos en Japón, comenzó a modificarse cuando se promulgó un decreto imperial que prohibía a las congregaciones de esa religión levantar sus edificios en la ciudad de Kioto. A partir de ese momento, los monasterios se vieron forzados a trasladarse a las zonas montañosas que rodeaban la capital.

Ante esa situación, los monjes prefirieron no modificar el relieve original de cada lugar, por lo que decidieron situar los pabellones de sus templos de una manera aleatoria y adaptada a la topografía de cada solar. Es decir, se prescindió definitivamente de las relaciones basadas en ejes, y solo se tuvo en cuenta la configuración del entorno natural y su vegetación. Había desaparecido la simetría como regla o canon que definía el emplazamiento ideal de los edificios. 

Pero no fue solo ese condicionante externo, el terreno, el que propició las distribuciones asimétricas. Mucho antes, cuando los primeros templos todavía se situaban en solares planos, los japoneses ya rompieron de forma sutil pero clara esos esquemas de origen chino basados en ejes de simetría. Eso se aprecia muy bien en la ilustración siguiente de la planta del templo Hōryū-ji, un poco posterior al comentado anteriormente de Shitennō-ji.

Planta de Hōryū-ji, Kioto, 670. Foto en Tomoya Masuda: Japón.
Ediciones Garriga, 1971.

Comparemos las plantas de las dos ilustraciones anteriores. En ellas se aprecia claramente cómo la pareja de elementos más importantes de un templo budista, la pagoda y el pabellón donde se custodian las imágenes, pasaron de estar situados sobre un eje central que unía todos los edificios, a separarse de él desplazándose cada uno a un lado de él.

Si se contempla únicamente el plano de la planta del templo de Hōryū-ji, puede pensarse que esa asimetría que comento resulta poco relevante. Sin embargo, si se observa la fotografía siguiente, en la que aparecen ese pabellón y la pagoda, se entenderá que resulta ser mucho mayor de lo que puede deducirse de la planta, dado que las pagodas siempre son más altas y estrechas que cualquier otro edificio 

Pagoda y pabellón de Hōryū-ji, Ikaruga, c. 670. Foto: J. Vives.

Pero ese planteamiento, que en un principio solo afectaba a la situación de los pabellones en un determinado terreno, se extendió poco a poco a las construcciones en sí mismas, es decir, a su estructura y a sus fachadas.

Hasta el siglo XIII, la arquitectura de los edificios residenciales de la aristocracia se basaba en una doble simetría, la longitudinal y la transversal, igual que ocurría con su distribución en el terreno. De ese tema, de las villas de la nobleza heian, hablé hace tiempo en varios artículos de mi blog. Una vez más, era el clásico modelo chino. Sin embargo, con el tiempo, primero se prescindió de uno de esos ejes de simetría y luego de los dos. El gusto nipón se había reafirmado como muy diferente del continental. A partir de ese momento, las leyes de la composición en la arquitectura japonesa nunca más se apoyaron en esquemas simétricos.

Un ejemplo de ese rechazo del equilibrio y la armonía basados en la simetría lo encontramos en la Villa Imperial de Katsura en Kioto, a la que dediqué hace ya varios meses unos artículos. El complejo residencial de Katsura se construyó, entre 1615 y 1663, en un parque de unas siete hectáreas en el que se levantaron varias casas de té, algunos quioscos, una capilla budista y la vivienda para el hermano del emperador de la época. 

Los edificios de Katsura son un verdadero compendio de soluciones estructurales, de tratamiento de los materiales, de formas de cerramiento y de relaciones con el jardín, que en algún momento han sido utilizadas en la arquitectura japonesa posterior. Pues bien, todas ellas se apoyan en la radical negación de la simetría.

Gracias a los escritos de los años treinta del siglo XX del mencionado Bruno Taut, que comenté en el anterior artículo, los edificios de Katsura entraron a formar parte de los monumentos más valorados de todo el planeta. El arquitecto alemán pudo constatar que los japoneses habían construido una villa que era la plasmación de muchos de los objetivos que sus colegas occidentales estaban buscando a principios del siglo XX. Si era cierto que uno de los planteamientos que repudiaban los arquitectos modernos euroamericanos en esa época era el de la simetría, en Katsura se ponía de manifiesto que ese mismo rechazo existía en Japón desde hacía casi trescientos años. Veamos cómo.

Asimetría japonesa frente a simetría europea
En las dos ilustraciones siguientes se compara la planta de la Villa Imperial de Katsura en Kioto con la del palacio Barberini en Roma. Son obras casi coetáneas. Contemplándolas se aprecia que en la primera no existe ningún tipo de simetría, ni transversal ni longitudinal, mientras que en el palacio romano resulta obvio todo lo contrario, un eje central vertebra su distribución.

Planta de la villa imperial de Katsura, Kioto, 1615-1663. 
Foto en Tomoya Masuda: Japón. Ediciones Garriga, 1971

Planta del palacio Barberini, Roma, 1633. Foto de fuente desconocida.

Katsura se construyó en tres fases a lo largo de casi cincuenta años y tanto la segunda como la tercera ampliación se integraron en la anterior creando un escalonado o retranqueo. De esa forma, cada una de las nuevas alas no impedía que la previa siguiera disfrutando de buena orientación y vistas al jardín.

Si cotejamos las dos fotografías siguientes de ambos edificios, todavía resulta más clara esa voluntad de componer la fachada del palacio italiano a partir de una estricta simetría, mientras que en el japonés nunca se recurre a ella. 

Villa Imperial de Katsura, Kioto, 1615-1663. Foto: J. Vives.

Palacio Barberini, Roma, 1633. Foto: Wikimedia Commons.

Es bien cierto que, por esos años, tanto en Italia como en el resto de Europa, se construían iglesias y palacios con fachadas y distribuciones marcadamente simétricas; sin embargo, hay que remarcar que en la arquitectura vernácula, la popular, la de los pueblos, ocurría lo contrario. Casi nunca en las casas de la gente corriente se tuvieron en cuenta reglas compositivas como la simetría. En muchos casos, aunque obviamente no en todos, el haber huido de ese tipo de corsés teóricos generó entornos muy agradables.

Pero a partir del siglo XX, en la arquitectura “culta” occidental se empezó a no utilizar la simetría para distribuir las habitaciones o componer las fachadas. Es más, se llegó a considerar que si un arquitecto proyectaba sus edificios basándose en ella, era una muestra de su falta de imaginación. Tanto en Europa como en América, poco a poco, dejó de utilizarse la simetría como regla para diseñar tanto plantas como alzados. No hace falta poner ejemplos de esa tendencia, basta con pensar en cualquier obra de Frank Lloyd Wright, Walter Gropius, Le Corbusier, Mies van der Rohe, Alvar Aalto y demás pioneros de la arquitectura moderna.

Pero volviendo a Japón, el hecho de prescindir de las relaciones de simetría cuando se construían edificios representativos, como en el caso de la villa de Katsura, obligaba a utilizar otros métodos de composición, como hemos visto en su planta escalonada. De ahí surge el sistema de generación de su arquitectura y también del crecimiento de sus ciudades no basado en ejes o polos, un tema que trataré en el siguiente artículo dentro de dos semanas.