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martes, 17 de septiembre de 2013

Arquitectura japonesa: arquitectura budista, III

Arquitectura budista japonesa: Hōryū-ji, primera parte
Finalmente y después de los dos artículos previos sobre arquitectura budista japonesa, hoy hablaré de Hōryū-ji, uno de los complejos arquitectónicos más notables de Japón, tanto por su enorme valor histórico como por su descomunal interés artístico. Debo hacer notar que la importancia de Hōryū-ji no solo se debe a su arquitectura, sino también a los cientos de objetos de todo tipo que custodia, desde pinturas murales, en papel o seda; esculturas en bronce, cerámica o madera; y un larguísimo etcétera.

Hōryū-ji es un templo budista que data de finales del siglo VII y se encuentra en la localidad de Ikagura, en los alrededores de la ciudad de Nara.

En Hōryū-ji no solo pueden estudiarse algunos de los edificios construidos en madera más antiguos del planeta, o incluso uno de los mejores ejemplos de arquitectura budista china (sí he dicho bien: china), sino que varias de sus construcciones son de una perfección formal sin parangón en Occidente. Ni las coetáneas basílicas paleocristianas italianas ni las iglesias visigóticas españolas superan a Hōryū-ji en equilibrio formal o claridad estructural, es decir, en simple y llanamente belleza.

Orígenes
El budismo se introdujo en Japón, aproximadamente, a mediados del siglo VI, pero no fue hasta principios de la centuria siguiente, en el año 607, cuando se fundó Hōryū-ji.  En el 670 un incendio destruyó los edificios del templo, pero una década más tarde ya se habían vuelto a levantar parte de ellos. Esos son los que pueden contemplarse en la actualidad. Como centro promovido por el príncipe regente Shōtoku Taishi (574-622), Hōryū-ji siempre disfrutó de protección imperial, por lo que la conservación de su patrimonio fue más cuidada que la de muchas otras congregaciones.

Por otro lado, como he comentado frecuentemente en mis artículos que ocurría con los jardines japoneses, también respecto a Hōryū-ji existen lagunas en su historia que han dado lugar a discrepancias entre los expertos. De cualquier modo, mi enfoque es simplemente conformarnos con lo que ha llegado hasta nuestros días, disfrutarlo, analizarlo e intentar conocer el entorno en el que se pudieron levantar monumentos de tamaña magnitud.

Lógicamente, con una vida que supera largamente el milenio, Hōryū-ji no solo fue reformando, remodelando e incrementando su patrimonio arquitectónico con nuevos edificios, sino que durante siglos consiguió acumular una ingente cantidad de objetos artísticos, en muchos casos provenientes de otros templos que no tuvieron tan buena suerte frente a guerras e incendios.

El complejo de Hōryū-ji
La pagoda de Hokki-ji, s. VIII, Ikaruga. Foto: J. Vives.
El monasterio de Hōryū-ji consta de diferentes tipos de construcciones. Las más importantes están situadas en el interior de dos solares independientes denominados recinto oeste y recinto este y separados unos cuatrocientos metros. Ambos espacios quedan cerrados por una valla, a la que se adosa un corredor a modo de claustro.

Extramuros de esos dos espacios, pero dentro de los terrenos del monasterio, se distribuyen diferentes edificios destinados a dormitorio, comedor, cocina, baño, biblioteca, almacén, etcétera. Además, existen otros recintos menores que a su vez forman congregaciones de la misma orden. Todas esas construcciones ocupan una superficie de 300x600 metros aproximadamente.

Aunque también existen otros templos asociados a Hōryū-ji situados a varios kilómetros distancia, como es el caso de Hokki-ji, a veces transcrita como Hōki-ji, donde se conserva una pagoda de principios del siglo VIII que aparece en la fotografía anterior, yo me concentraré en los recintos este y, sobre todo, en el oeste de Hōryū-ji.

Distribución de los edificios
En la ilustración siguiente se aprecia la distribución del mencionado recinto oeste, el mayor y más importante desde el punto de vista artístico. Se trata de un espacio cerrado por una valla a la que se adosa un corredor cubierto, a modo de claustro, interrumpido en su lado sur por un gran portón de acceso y en el norte por el pabellón de rezos. En el interior de esa especie de patio se encuentran la pagoda y el salón dorado.

Planta del recinto oeste de Hōryū-ji, s. VII-VIII, Ikaruga. Dibujo: J. Vives.

En el dibujo anterior se indica la situación inicial de la pared norte del recinto antes de que se desplazara para permitir el acceso a la sala de rezos desde su interior. Con anterioridad a esa modificación, tanto ese pabellón como el campanario y almacén de sutras quedaban fuera del claustro.

Antigüedad
Todos los edificios del recinto oeste, pabellón dorado, pagoda, almacén de sutras, campanario y puerta central, se reconstruyeron tras el incendio del año 670, por lo que se estima que datan de un periodo comprendido entre el 680 y el 710. Sin embargo, el salón de rezos es del 990. A partir del siglo XI, Hōryū-ji fue creciendo por la incorporación de pequeñas congregaciones que se iban levantando en sus proximidades.

Puerta central
El acceso al recinto oeste de Hōryū-ji se realiza a través de un gran portón central construido sobre veinte pilares de madera, repartidos en cuatro líneas, que soportan una doble cubierta. Esas columnas tienen un ligero éntasis (variación de su diámetro a lo largo de la altura), un detalle frecuente en los edificios religiosos de esta época.

La puerta central (chūmon) de Hōryū-ji, s. VII-VIII, Ikaruga. Foto: J. Vives.

Una de las características de este gran portón es su doble tejado, un rasgo que veremos en muchos edificios budistas japoneses a lo largo de toda la historia. La verdadera cubierta, la superior, es del tipo irimoya, una tipología que expliqué en mi artículo del 29 de mayo.

En los dos intercolumnios laterales aparecen sendas imágenes de aspecto belicoso que pueden resultar chocantes para visitantes occidentales desprevenidos. Esculturas semejantes a estas las encontraremos en muchos templos budistas e incluso también en santuarios sintoístas.

Guardián de la puerta central de Hōryū-ji, 711,
arcilla, 379 cm de alto. Foto: J. Vives.
Guardián de la puerta central de Hōryū-ji, 711,
arcilla, 379 cm de alto. Foto: J. Vives.





















Se trata de dos divinidades budistas cuya misión es proteger el recinto del templo y por ende a los creyentes que atraviesen su puerta central. Su actitud agresiva solo muestra su decisión en la misión que tienen encomendada y únicamente deben de temerles las fuerzas malignas.

Ya he dicho en otra ocasión que tendré que dedicar algún artículo a explicar mínimamente la escultura japonesa y el panteón budista. Prometo hacerlo cuando concluya esta serie, dentro de tres semanas

Una vez atravesada la gran puerta, y ya bajo la protección de sus corpulentos guardianes, accedemos al interior del recinto oeste de Hōryū-ji.

El claustro
Un corredor cubierto se extiende a ambos lados del portón central, rodeando totalmente a un gran espacio de unos 80x80 metros. Es como un enorme claustro o soportal adosado a un muro blanco en el que quedan incrustadas sus columnas exteriores. Una discreta celosía de listones verticales de sección cuadrada, situada en todos los paños entre pilares, filtra las vistas hacia el exterior a la vez que tamiza los rayos del sol.

El claustro (kairō) de Hōryū-ji, s. VII-VIII, Ikaruga. Foto: J. Vives.

Sin embargo, nuestra mirada se dirige inevitablemente hacia el centro de ese gran patio, es allí donde aparece un pabellón y una impresionante pagoda. Pero este artículo ya empieza a ser demasiado largo y creo que será mejor hablar de esos edificios la semana próxima. Así pues, hasta entonces.

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