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martes, 24 de septiembre de 2013

Arquitectura japonesa: arquitectura budista, IV

Arquitectura budista japonesa: Hōryū-ji, segunda parte
La pasada semana solo pudimos cruzar el portón central del recinto oeste de Hōryū-ji y echar una ojeada a su claustro interior. Hoy vamos a contemplar con tranquilidad los edificios situados en ese espacio.

Una vez atravesado el gran portal flanqueado por los dos guardianes, lo primero que atrae nuestra atención es una impresionante pagoda y a su derecha el pabellón dorado.

La pagoda y el pabellón dorado (kondō) de Hōryū-ji, s. VII-VIII, Ikaruga. Foto: J. Vives.

Son dos edificios de madera oscurecida por los siglos cuya textura les otorga una presencia nada ostentosa a pesar de la imponente altura de la pagoda y del complejo sistema de vigas que soportan los aleros de ambas construcciones. En sus respectivos interiores pueden admirarse sendos grupos escultóricos de los siglos VII y VIII que comentaré en la prometida serie sobre escultura dentro de dos semanas.

La pagoda
Tanto por su función de relicario como sobre todo por su aspecto formal, la pagoda debe considerarse el elemento más emblemático de un templo budista. Sin embargo, con los años, su papel simbólico fue perdiendo importancia frente al pabellón dorado, en cuyo interior se custodiaban las principales imágenes religiosas de la congregación. Tras una época en la que las pagodas se erigían por su función representativa, poco a poco dejaron de construirse.

La pagoda de cinco pisos de Hōryū-ji es la más antigua de las existentes en Japón. Su pilar central se empotra en el terreno y, después de atravesar todos sus pisos, sirve de soporte a la aguja metálica que corona su cubierta. Ese remate (sorin), generalmente de bronce, se divide en varias partes. La central está formada por nueve anillos y es la de mayor tamaño. La altura de la pagoda de Hōryū-ji es de 25 metros y si se incluye ese elemento metálico supera los 32.

Sección de la pagoda de Hōryū-ji.
Foto: folleto del templo.
La pagoda de Hōryū-ji, s. VII-VIII,
Ikaruga. Foto: J. Vives.























Como se aprecia perfectamente en la foto e ilustración anteriores, la pagoda de Hōryū-ji  tiene la particularidad de que cada uno de sus cinco pisos es de menor superficie que el inferior. Esa disminución se refleja en su perfil y la hace aparecer más alta de lo que realmente es. En las pagodas construidas en periodos posteriores esa reducción es mucho menor. El tejadillo que vemos en la planta baja es una adición realizada en el periodo Nara (710-794).

Las diferentes cubiertas de las pagodas, a pesar de las barandillas y huecos de sus fachadas, no se corresponden con pisos, dado que solo constan de planta baja. En el interior de la de Hōryū-ji se encuentra un interesante grupo escultórico que representa escenas de la historia budista y que comentaré en la serie que publicaré tras finalizar esta sobre arquitectura.

El pabellón dorado
El pabellón dorado de Hōryū-ji está alineado con la pagoda formando un eje este-oeste paralelo a la puerta central de acceso. Se trata de una construcción que exteriormente aparenta tener dos pisos como el portón central, pero que una vez se accede a su interior se constata que solo se desarrolla en planta baja. Su cubierta principal, del tipo irimoya, es algo menor que la inferior, la cual, como la pagoda, incorpora un tejadillo construido en el periodo Nara para proteger las pinturas exteriores. El 1949 sufrió un incendio en el que se perdieron gran parte de sus pinturas murales.

El pabellón dorado (kondō) de Hōryū-ji, s. VII-VIII, Ikaruga. Foto: J. Vives.

En la pagoda y pabellón dorado de Hōryū-ji aparece ya el impresionante modelo estructural ideado para conseguir esa apariencia digna e imponente que exhiben los templos budistas japoneses. La importancia de las cubiertas inclinadas en la arquitectura tradicional de Japón es obvia a simple vista. En la mayoría de los casos, sus pronunciados voladizos proyectan una profunda sombra sobre las paredes de fachada, de tal forma que apenas se distingue su complejo sistema de vigas, ménsulas y cabios. Obsérvese que en las fotografías anteriores de la pagoda y el pabellón dorado resulta muy difícil apreciar la estructura que soporta sus aleros.

Estructura de los aleros
La forma de construir los amplios voladizos tan característicos de la arquitectura de Japón fue variando a lo largo de su historia. Si bien los primeros edificios budistas japoneses seguían escrupulosamente los modelos chinos, con el paso de los siglos fueron introduciéndose en su estructura variaciones que generaron tipologías muy singulares. Mientras algunas soluciones se convirtieron en representativas de determinadas épocas, otras podían definir la orden religiosa del templo en cuestión. Sin embargo, todas ellas revelaban la gran pericia y meticulosa técnica de los carpinteros japoneses, cualidades que siguen demostrando hoy día cuando se contempla cómo ejecutan las obras de rehabilitación de edificios antiguos.

Si no somos estudiosos compulsivos de los modelos estructurales, difícilmente distinguiremos las sutiles variaciones que existen entre edificios levantados en épocas diferentes o entre los consagrados a las diversas sectas budistas. Sin embargo, en mi opinión, eso no debería resultar un obstáculo para apreciar la belleza que emana de la majestuosa presencia de la mayoría de los templos japoneses.

Sin entrar en tecnicismos, intentaré explicar mínimamente el sistema empleado en Japón para conseguir voladizos importantes en los tejados usando únicamente vigas de madera.

Detalle de la pagoda de Hōryū-ji. Foto: J. Vives.
Cinco tipos de hijiki.






















Como se aprecia en la fotografía de la izquierda, sobre la cabeza de los pilares aparece una especie de brazo con forma de pata de rana invertida. Pues bien, ese fue el elemento principal que permitió a los carpinteros japoneses construir impresionantes voladizos solo con vigas de madera y hacerlo de una manera brillante, casi diría que espectacular. Además, ese tipo de brazo, conocido con el nombre de hijiki, podía encajarse sobre los pilares en dos direcciones perpendiculares.

A lo largo de los siglos ese elemento fue evolucionando, primero colocándolo en varias “capas” para aumentar su vuelo, luego dándole las formas más variadas y finalmente decorándolo con imaginativas tallas. En la ilustración anterior de la derecha se han dibujado cinco fases de la evolución de ese ingenioso artilugio a partir del más simple de un solo nivel.

Todo ese sistema estructural fue complicándose notablemente a medida que se iban superponiendo varios de esos “brazos-ménsula” para aumentar el vuelo de la cubierta. En la fotografía siguiente del Byōdō-in, construido unos 200 años más tarde que Hōryū-ji y que comenté el 25 de junio, se muestra una solución con dos niveles de "brazos-ménsula".

Detalle de las ménsulas "en dos capas" del alero del Byōdō-in, Uji. Foto: J. Vives.

En la foto anterior se aprecia cómo los dos niveles de ménsulas permiten colocar, paralelamente a la fachada, unas pequeñas vigas que soportan los cabios de la cubierta. Las cabezas de estos últimos son las que imprimen ese carácter singular a los tejados japoneses. Precisamente para acentuar ese efecto, sus testas suelen pintarse de blanco, como se aprecia en la fotografía siguiente.

La gran puerta de Chion-in, 1619, Kioto. Foto: J. Vives.

En la foto anterior de la majestuosa puerta de Chion-in, destaca en primer lugar la fuerte sombra que arrojan los enormes voladizos de sus tejados y luego el puntuado blanco de las testas de los cabios que sobresalen casi hasta el borde del alero. Es una elegante forma de manifestar discretamente la complejidad estructural del impresionante portón.

Lo que me interesa remarcar es que los sistemas estructurales de tejados y voladizos en Japón se fueron complicando y sofisticando técnica y ornamentalmente a lo largo de los siglos, hasta crear verdaderos fuegos artificiales en madera, auténticas exhibiciones de su complejidad estructural e incluso, en algunos casos, del decorativismo de sus tallas, como se aprecia en la fotografía siguiente.

Kakuon-ji, Kamakura. Foto: J. Vives.

Pido disculpas si este artículo ha terminado siendo demasiado técnico, pero se debe tener en cuenta que el papel representado por los tejados en toda la arquitectura clásica de Japón ha sido enorme. La prestancia y, sobre todo, el “enraizamiento” en el terreno de los edificios japoneses son consecuencia, en gran parte, de sus impresionantes cubiertas inclinadas y de su sofisticado y preciso sistema estructural.

Para recuperarnos un poco de la aridez de esta sesión, pienso que lo mejor es tomarnos un descanso. La semana próxima volveremos de nuevo a Hōryū-ji.

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