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martes, 1 de octubre de 2013

Arquitectura japonesa: arquitectura budista, V

Arquitectura budista japonesaHōryū-ji, tercera parte
Con el artículo de hoy daré por finalizada esta serie sobre el más representativo paradigma de la primera arquitectura budista japonesa: Hōryū-ji.

El pabellón de rezos
Como ya he dicho anteriormente, el pabellón de rezos de Hōryū-ji es la construcción más moderna de las del recinto oeste y data del año 990. Inicialmente, tanto ese edificio como el campanario y el almacén de sutras se encontraban fuera del actual patio, en el lado norte. No obstante, en cierto momento se reformó la valla, desplazándola para incluir esas dos pequeñas construcciones de dos pisos en sus esquinas y el pabellón de solo planta baja en el centro. En el dibujo que inserté en el primer articulo dedicado a Hōryū-ji se marcaba a puntos por dónde discurría inicialmente el corredor que cerraba el recinto por el norte.

El pabellón de rezos (kōdō) de Hōryū-ji, 990, Ikaruga. Foto: J. Vives.

Curiosamente, y a pesar de que ese dibujo no lo refleja, el pabellón de rezos no está exactamente alineado con el lado norte del claustro. Es decir, su fachada forma un pequeño ángulo respecto a este que no es apreciable in situ a simple vista.

Obsérvese en la fotografía anterior del pabellón de rezos la suave curvatura de los faldones de su tejado, una característica de los edificios budistas. Por otro lado, la elegante elevación de las esquinas de esa cubierta, del tipo irimoya, hace que el edificio quede muy bien "enraizado" en el terreno, otro rasgo recurrente en la arquitectura japonesa.

El campanario y el almacén de sutras
Las dos ilustraciones siguientes son de las esquinas noroeste y noreste del claustro, donde se encuentran dos edificios idénticos y simétricos: el almacén de los sutras y el campanario. Como dije, en el siglo VII ambos estaban situados fuera del claustro.

El almacén de sutras (kyōzō) de Hōryū-ji,
s.VIII,  Ikaruga. Foto: J. Vives.
El campanario (shōrō) de Hōryū-ji, s.VIII,
Ikaruga. Foto: Wikimedia Commons.

En la fotografía de la derecha se aprecian perfectamente los brazos con forma de pata de rana invertida sobre la cabeza de los pilares. También se observa que son más sencillos que los de la foto de detalle de la pagoda del templo que inserté en el artículo anterior.

El Yumedono
La fotografía siguiente es del patio interior del recinto este de Hōryū-ji, en cuyo interior solo se levanta un edificio, el  pabellón denominado Yumedono. Como ocurría en el recinto oeste, también aquí se cierra con un claustro, aunque de mucho menor tamaño. Ese tipo de construcción con forma octogonal puede verse también en otros templos budistas de Japón.

El Yumedono de Hōryū-ji, 739, Ikaruga. Foto: J. Vives.

Comentario final
El recinto mayor de Hōryū-ji rompe el típico esquema simétrico chino. En los templos budistas de ese país la pagoda, el edificio principal y la puerta central se alineaban siguiendo un eje norte-sur. Los japoneses iniciaron en Hōryū-ji un camino sin retorno que les llevó hasta el polo opuesto respecto a los modelos procedentes de China. Muy pronto, decidieron alinear la pagoda y el pabellón en dirección este-oeste, para manifestar claramente la asimetría respecto al portón de entrada y al claustro del recinto. Ese fue el caso de Hōryū-ji.

Pero poco a poco, y a medida que en Japón los templos se fueron construyendo en laderas de montañas en vez de en terrenos planos, la disposición de sus edificios empezó a romper radicalmente cualquier esquema preestablecido, fuese simétrico o no. A partir de ese momento, los diferentes pabellones comenzaron a distribuirse más de acuerdo con la topografía de su entorno que con patrones geométricos. 

La notable claridad y gran sencillez cromática del recinto de Hōry-ji fueron aspectos muy apreciados por los primeros occidentales que lo descubrieron en los finales del siglo XIX. Su aspecto actual resulta ciertamente muy moderno. Toda la madera de pilares, vigas, barandillas o cualquier otro elemento es de color natural, sin pintar y, a causa de su antigüedad, muy oscura. Sin embargo, en sus orígenes debía de estar pintada de rojo, tal y como todavía lo está el interior del pabellón dorado. Los paños de las paredes son blancos; las tejas, grises; el pavimento del claustro, de cerámica del mismo tono y, finalmente, todo el gran patio central está cubierto de fina gravilla. Solo unos pocos árboles crean el contrapunto a un conjunto austero que contiene dos de las cumbres arquitectónicas del patrimonio japonés: la pagoda y el pabellón dorado.

Con este artículo doy por finalizada la serie sobre los comienzos de la arquitectura budista japonesa. La semana próxima cambiaré radicalmente de tema, ¿cuál será? Di varias pistas en los anteriores artículos, pero para saberlo con certeza basta con clicar aquí.

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