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martes, 28 de junio de 2016

Constantes en la arquitectura japonesa, tradición y modernidad, V

Segunda constante: naturalidad, II, y otros conceptos 
En el anterior artículo comenté el concepto de naturalidad en la arquitectura clásica japonesa. Hoy voy a continuar hablando de la presencia de esa idea en la del siglo XX. Espero que este salto cronológico, de la época clásica a la moderna, no resulte confuso. El de hoy es el quinto capítulo de esta serie y el siguiente brinco no lo daré hasta el octavo, cuando a modo de recapitulación intente descubrir la presencia de las algunas de las constantes que estoy comentando en edificios contemporáneos.

Lo natural en el siglo XX
El gusto o preferencia por los elementos o materiales sin enmascarar o revestir, nacido en Japón durante los primeros siglos de nuestra era, todavía se manteniene hoy día. Ese concepto de lo natural también está presente en muchos de los edificios actuales. Quizás el caso más extremo y admirado sea el de Andō Tadao, un arquitecto de formación autodidacta que asombró al mundo en los años setenta con sus primeras viviendas de paredes y techos de un austero pero perfecto hormigón, uno de los materiales modernos por excelencia que se convirtió desde entonces en su sello personal; eso sí, siempre utilizado sin ningún tipo de revestimiento que lo enmascarase, es decir, mostrando su aspecto natural. Como ejemplo, sirva la vivienda que se muestra en la fotografía siguiente. Al igual que en casi toda la obra de Andō, en ella solo se emplean tres materiales: hormigón en paredes y techos, madera en los pavimentos y metal en la carpintería.

Andō Tadao: residencia Kidosaki, Tokio, 1986. Foto en GA Houses, nº 100. Tokio: A.D.A. Edita, 2007.

El hormigón
El empleo del hormigón en Japón merece un comentario aparte. Cuando finalizó la guerra mundial, la carestía de acero forzó que las obras institucionales se construyeran con ese material moldeable. Una de sus ventajas era que para su ejecución se podía contar con los hábiles carpinteros japoneses, cuyo oficio, desde muy antiguo, había alcanzado un nivel técnico elevadísimo. Su cualificación profesional permitió a la vanguardia de los años cincuenta y sesenta levantar algunos de los más emblemáticos edificios del panorama mundial, que no solo eran modernos y actuales, sino, además, “muy japoneses”. Uno de ellos, del arquitecto Tange Kenzō, se muestra en la ilustración siguiente. Para los interesados, hablé de esa obra en este artículo de mi blog.

Tange Kenzō: detalle de la Sede del Gobierno de Kagawa, 
Takamatsu, 1958. Foto: J. Vives.

En su día, ese edificio de Tange provocó primero la sorpresa y luego la admiración de sus colegas occidentales. Sus vigas de hormigón armado, a pesar de su indiscutible modernidad, rememoraban las de madera de los edificios budistas clásicos. A partir de ese momento, la arquitectura japonesa no dejó de estar presente en todas las revistas especializadas de Europa y América. Muchos críticos encasillaron esa obra en el denominado estilo brutalista, debido a su empleo del hormigón visto sin revestir. Sin embargo, su autor no lo veía así, pues lo que pretendía demostrar con ella era que la modernidad no estaba reñida con la tradición y que podía utilizar algunas de las características de esta última, como la franqueza en los acabados, es decir, la naturalidad, en un edificio rabiosamente contemporáneo.

Tradición y símbolos
Lo que había conseguido Tange no era solo superar la dicotomía tradición modernidad, sino demostrar que el lenguaje arquitectónico del siglo XX podía ser universal y regional al mismo tiempo. Las sutiles referencias a la ancestral herencia constructiva japonesa no impedían que su edificio fuese un producto cien por cien del momento. No eran ingenuas alusiones a elementos del pasado, sino consecuencia de la estricta aplicación de procedimientos modernos que, si bien en Japón se emparentaban con antiguos planteamientos, resultaban innovadores a ojos de los arquitectos occidentales.

Tange Kenzō: Pabellones olímpicos de Tokio, 1964. Foto: J. Vives.

En otro de los proyectos más emblemáticos de Tange, la piscina y pabellón olímpicos de Tokio construidos en 1964, también pueden rastrearse ciertas referencias a elementos de la tradición japonesa. En este caso, esas relaciones son aún más sutiles, y gran parte de ellas se encuentran en su cubierta, como no podía ser menos en un país donde los tejados de los edificios clásicos más representativos desempeñan un importante papel en su aspecto general.

El gran techo de la piscina olímpica se soporta con unos gruesos cables suspendidos de dos gigantescos soportes de hormigón separados más de cien metros. Las estructuras de este tipo tienen siempre una curvatura bastante pronunciada, como puede apreciarse en los puentes construidos con esa técnica. Sin embargo, Tange redujo ligeramente la de su piscina para que exteriormente resultara no excesivamente prominente, algo que hubiera aplastado visualmente al edificio. El resultado final fue una cubierta de suave pendiente que la emparentaba con los tejados de los templos budistas.

Tange Kenzō: Piscina olímpica de Tokio, 1964. Foto: J. Vives.

Nandaimon de Hōryū-ji, 670, Ikaruga, Nara. Foto: J. Vives.

En las dos fotografías anteriores se aprecia el importante papel que desempeña la cubierta tanto en ese edificio de Tange como en una de las puertas de entrada al recinto budista de Hōryū-ji. De ambos hablé en sendos artículos de mi blog, en este del primero y en este del segundo.

Por otro lado, Tange parafraseó en su piscina un componente singular de la arquitectura prebudista nipona: los chigi. Los chigi son esos elementos en forma de V que aparecen en los extremos de la techumbre en los edificios sintoístas, y que si bien en un principio no eran más que la prolongación de sus vigas, con los años se convirtieron en verdaderas alegorías de un lugar sagrado. En la foto siguiente se aprecian los chigi en las dos cubiertas que aparecen por encima de la valla exterior del gran santuario de Ise-jingū.

Ise-jingū, reconstruido cada 20 años desde el siglo VIII. Foto: J. Vives.

Lo que hizo Tange fue colocar unos elementos estabilizantes también con forma de V en los puntos de apoyo de los cables que sustentaban su cubierta. Esos soportes parafraseaban aquellos chigi y su referencia a las deidades de los santuarios. En la piscina olímpica, simbolizaban la presencia de los flamantes dioses del deporte, quienes durante los días de la competición, igual que los kami, se mezclaban con el pueblo.

Tange Kenzō: Piscina olímpica, 1964, Tokio. Foto: Carlos Zeballos en Mi moleskine arquitectónico.

Un detalle a tener en cuenta es que en el sintoísmo también ciertos humanos pueden convertirse en divinidades, algo que la sociedad moderna parece hacer con sus ídolos populares. De ahí que el guiño del arquitecto no sea gratuito. Tange fue el primer japonés en recibir el prestigioso Premio Pritzker de Arquitectura en 1987.

Con este artículo, creo que queda claro que no solo existen influencias budistas en el arte y arquitectura japonesas- El sintoísmo ejerció y sigue ejerciendo un influjo no menos importante en las costumbres y gustos del pueblo nipón. En concreto, la inclinación hacia las cosas naturales y sencillas ya se detecta en el aspecto de los objetos empleados en los ritos sintoístas.

Ofrendas sintoístas.
Foto: Wikimedia Commons.
Altar budista en Daikaku-ji, Kioto. 
Foto: J. Vives.



















En la religión nativa japonesa se utilizan preferentemente piezas de madera sin barnizar y recipientes de cerámica blanca, esto último impensable en la ceremonia de té, un rito protocolizado por monjes budistas. Compárese las dos fotografías anteriores de objetos empleados en ritos sintoístas y budistas, para constatar la gran diferencia. Mientras los primeros son sencillos, de colores claros y naturales, los segundos parecen recargados con sus dorados y tonos oscuros.

En el siguiente artículo trataré de otra de las constantes de la arquitectura japonesa: la indefinición. Será dentro de quince días.