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martes, 23 de junio de 2015

Arquitectura japonesa: Katsura, III

La arquitectura de la Villa Imperial de Katsura, tercera parte
Después del anterior artículo sobre los pabellones de té de la Villa Imperial de Katsura, el de hoy lo dedicaré a comentar su conjunto residencial, arquetipo de la mejor arquitectura japonesa de toda la historia.

La visión de los arquitectos
El gran maestro de los arquitectos modernos japoneses, Tange Kenzō (1913-2005), a quien dediqué una amplia serie de artículos hace tiempo, escribió en el año sesenta del siglo pasado que esa aparente contradicción que comenté la semana pasada sobre el uso principesco de la villa y su extrema sencillez de acabados, no era más que la fusión perfecta del factor apolíneo del gusto aristocrático con el dionisíaco del popular, su síntesis dialéctica. Era la interpretación de un protagonista de la modernidad arquitectónica "clásica".

Veinte años más tarde, Isozaki Arata (1931-), arquitecto iconoclasta y colaborador de Tange en su juventud, extrajo de Katsura otras interpretaciones. En sus edificios vio una ambigüedad, no captada por su mentor, que era consecuencia, según él, de la mezcla de los dos estilos: el shoin, empleado tradicionalmente en las residencias de los samurai y abades budistas, y el sukiya, mucho menos formal y más flexible, utilizado en cierto tipo de casas de té y en las viviendas de la incipiente burguesía a partir del siglo XVII.

Pero los ejemplos de interpretaciones modernas de Katsura no se quedaron ahí, ni siquiera solo en Japón. El arquitecto alemán Bruno Taut (1880-1938) residió en el archipiélago nipón de 1933 a 1936 y durante esos años meditó y escribió sobre las impresiones que le había producido Katsura. Lo que intentó descubrir fueron los puntos de contacto que tenía su edificio residencial con el credo de la pionera arquitectura occidental de la época. En ese asunto fue un pionero indiscutible. Los trabajos de Taut sobre Katsura descubrieron a los mismos japoneses sus intemporales valores arquitectónicos. Aunque el tudesco no pudo profundizar, como sin duda hubiera deseado, en los laberínticos recovecos de la cultura japonesa, sí tuvo intuiciones muy certeras.

Tras la guerra mundial, Walter Gropius (1883-1969), liberado de su decanato en Harvard y después de un larguísimo viaje iniciado un año antes en Sudameríca, llegó a Japón en 1954 y visitó, como no podía ser menos, Katsura. El entusiasmo que le produjo su contemplación le llevó a escribir desde Kioto una postal a Le Corbusier en la que le decía “Apreciado Corbu, todo eso por lo que hemos luchado tiene su paralelo en la antigua cultura japonesa. …”. Es decir, afirmaba que los valores de Katsura estaban en perfecta sintonía con los que habían inspirado a la histórica Bauhaus.

Todo lo que dijeron Taut y Gropius y lo que han dicho Tange e Isozaki lo contrastaremos con lo que descubriremos la semana próxima, cuando contemplemos los interiores del conjunto residencial de la villa de Katsura, pero ahora acerquémonos y veamos su aspecto exterior.

La residencia imperial
Observemos de cerca cómo es el edificio principal de Katsura. No me canso de repetir que el palacio de la Villa Imperial de Katsura es, sin lugar a dudas, el gran paradigma de la arquitectura residencial japonesa de todos los tiempos, tanto por su valor estético como por lo innovador de sus planteamientos. Precisamente por ello fue tan admirada por todos los arquitectos occidentales del movimiento moderno y posteriores.

La mansión de Katsura es el resultado de tres fases construidas a lo largo de más de cuarenta años y denominadas shoin antiguo, shoin medio y goten nuevo.

El palacio de Katsura, s. XVII, Kioto. Foto: J. Vives.

En la foto anterior aparece el conjunto residencial tal y como se contempla cuando nos vamos aproximando a él después de haber bordeado el estanque y pasado por los diferentes pabellones que comenté en el artículo anterior.

Poco antes de encontrarnos con su enigmática fachada, calificativo que le aplico porque resulta muy difícil verla con sus paneles correderos abiertos, un pequeño desvío en el camino nos encuadra la vista de un puente arqueado, con ondulados bordes de musgo y un suave escalonado de grava, por el que se accede a la mayor de las islas del estanque, donde se encuentra la capilla budista llamada Onrin-dō. Es lo que se muestra en la siguiente fotografía

El puente que conduce a la capilla Onrin-dō de Katsura, s. XVII, Kioto. 
Foto: J. Vives.

Finalmente, tras el largo paseo, podemos contemplar la villa de cerca. Está cerrada con los blancos shoji. Su interior no puede visitarse y los concienzudos trabajos de mantenimiento y rehabilitación impidieron durante años incluso ver siquiera sus fachadas exteriores. En esta ocasión, al menos, podemos apreciar su elegante y sencilla estampa en la fotografía siguiente. 

Los dos shoin y el goten de Katsura, s. XVII, Kioto. Foto: J. Vives.

El conjunto de las tres fases del palacio de Katsura tiene una planta escalonada. En la foto anterior, en primer plano y a la derecha, aparece el shoin antiguo. En el cuerpo central, algo más retrasado y en el centro del encuadre, se encuentra el shoin nuevo con el pabellón de música. Finalmente, a la izquierda y algo más alejado se ubica el nuevo goten, destinado principalmente a las estancias más privadas del regio inquilino.

En la ilustración siguiente de la planta todo el conjunto, las alas que aparecen en la parte superior derecha y central del plano son las dependencias de los sirvientes y los servicios como cocina y demás. La pequeña construcción aislada en la parte inferior derecha es el pabellón Gepparō que comenté la semana pasada. El resto del edificio corresponde a la zona propiamente residencial con sus tres fases fases escalonadas que se muestran en la foto anterior.

Planta de la villa de Katsura, s. XVII, Kioto.
Ilustración en Tomoya Masuda: Japón. Editorial Garriga, 1971.

En las fachadas del palacio residencial destaca el color oscuro de la madera de los pilares y vigas que contrasta con el blanco del papel de los shōji correderos, una combinación que para no pocos estudiosos recuerda los cuadros de Mondrian o los edificios de Rietvelt. Pero claro, Katsura se construyó casi trescientos años antes.

En su nivel inferior, en realidad una simple cámara de aire que permite salvar el pequeño desnivel del terreno y, sobre todo, aislar la vivienda de la humedad del suelo, los pilares de madera vuelven a recordar los que Le Corbusier denominaba "pilotis", es decir, las columnas de hormigón sobre las que levantaba sus edificios, dejando abierta y sin paredes su planta baja.

La cubierta de Katsura de corteza de ciprés tiene diferente altura, forma y orientación en cada una de las fases. Precisamente, ese es uno de los elementos que proviene de las construcciones rurales japonesas, con sus humildes techos de paja, o de los santuarios sintoístas, con sus rústicos faldones de cortezas. Aquí podemos constatar cómo se incorporan perfectamente en un edificio de aire aristocrático.

Para ir acabando, me gustaría comentar algunas soluciones que se observan en el palacio de Katsura y que son recurrentes en toda la arquitectura japonesa. Como ya he dicho, todas sus habitaciones se levantan del terreno para evitar humedades. Por otro lado, sus prominentes aleros y amplias galerías impiden que los rayos de sol penetren en su interior durante el estío. Finalmente, se debe remarcar que el quiebro de las fachadas de la villa permite que cada sala disfrute de vistas diferentes del jardín, una óptima ventilación en verano y una buena insolación en invierno. 

La semana próxima finalizaré esta serie dedicada a la Villa Imperial de Katsura comentando algunos de sus espacios interiores.